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Actualizado el 09 de enero de 2013 a las 12:00 am

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La Iglesia católica ha tomado posición en forma directa y clara sobre el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que le exige al Estado costarricense reactivar la fecundación in vitro (FIV). Este fallo, según el Vaticano, “redefine arbitrariamente el momento de la concepción y debilita la defensa de la vida prenatal”.

Por otra parte, agrega el papa Benedicto XVI, “en Occidente se encuentran lamentablemente muchos equívocos sobre el significado de los derechos del hombre y los deberes que le están unidos. Los derechos se confunden con frecuencia con manifestaciones exacerbadas de autonomía de la persona, que se convierte en autorreferencial, ya no está al encuentro con Dios y con los demás y se repliega sobre ella misma buscando únicamente satisfacer sus propias necesidades”. Estos dos temas: la dignidad de la persona humana desde su concepción y la trascendencia de los derechos humanos, hoy politizados, son parte esencial de la doctrina de la Iglesia católica. Esto quiere decir que, por su origen y trascendencia, no puede ceder un ápice en esta materia. En ello va la cultura misma de Occidente y un valor básico y universal de la dignidad humana.

Por esta razón y porque el Estado y ningún sistema jurídico está por encima de los valores y principios esenciales del ser humano, no cabe crítica o descalificación de la Iglesia católica o de cualquier otra denominación religiosa. Tampoco cabe censura contra el Gobierno de la República por aceptar este fallo de la CIDH. No hay contradicción en ello. Estamos en un sensible límite fronterizo que solo puede resolverse y encauzarse por el valor ético del respeto y la tolerancia, lo que no inhibe la defensa pública –y respetuosa– de las posiciones.

Hay trances en la historia en que los principios y valores básicos de la persona humana nos llaman aun a dar la vida en su defensa. La historia abunda en la grandeza de los mártires en el orden religioso y también político. Mártir significa testigo. Esta diferencia, hoy, en cuanto a la FIV, entre la Iglesia católica, o diversas denominaciones religiosas, y el Estado nos convoca al respeto, la prudencia y la libertad, bien entendida, no a la lucha o a la violencia. Este equilibrio no es signo de cobardía, sino de respeto a una realidad humana. El respeto al otro –respeto, una palabra más potente que tolerancia– cuesta más que el dominio o la agresión.

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La forma como Costa Rica manejó esta diferencia de conceptos y de prácticas, en el caso de la FIV, dice mucho de su grandeza. Si es de toda necesidad que haya instituciones y personas que defiendan los principios y valores humanos sin transigir, también debe respetarse a los que piensan diferente. Este término medio es la paz.

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