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Actualizado el 31 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

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31 de diciembre del 2012, último día del año, que se nos fue como un suspiro' Última columna. Mañana será otro día y el inicio de otro año. ¿Cuántos podrán, dentro de un año, en un día como hoy o como mañana, hacer la contabilidad de su vida y cuántos no podrán porque se les acabó el tiempo y han de dar cuenta de cada uno de sus días y de cada una de sus horas? Esa es la cuestión.

Al finalizar el año, volvemos la mirada atrás para juzgar los acontecimientos que hemos vivido o desvivido y con ellos y en ellos, los personajes o actores del drama o del sainete humano. Luego, emitimos un juicio sobre unos y otros, generalmente con dureza, por cuanto creemos que nuestros errores o desaciertos durante el año han dependido de los demás. Es decir, nos cuesta realizar la práctica del examen de conciencia objetivo seguida del dolor de los pecados para culminar en un proceso sincero de rectificación (propósito de enmienda), una vía que se aprende en la niñez, pero que también es propia de la ciencia. La fe y la razón se dan la mano.

En este proceso o trilogía moral –examen de conciencia, dolor de los pecados y propósito de enmienda– sobresale la virtud de la humildad o leal reconocimiento de nuestras fallas, propio de todos los campos de la vida. Su antítesis es la soberbia o el cinismo, propia de quien se considera justo o inmaculado, que en la política produce las peores aberraciones. Si la humildad conduce al perdón y a la verdad, la soberbia y su compañero, el cinismo, conducen a otro tipo de perdón. No el perdón leal y sincero de quien, en verdad, ha sido objeto de ultrajes, de parte de sus enemigos, sino el perdón fundado en la falsedad, el cinismo y la corrupción, repartido publicitariamente con frialdad que estremece.

La inocencia, cuando es hija de la verdad real, no de un mero tecnicismo, de la indolencia o del paso del tiempo, es firme y gozosa, aun cuando haya prevalecido la injusticia. Los ojos y las palabras poseen una elocuencia virtuosa.

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Pues bien, conviene hacer en este fin de año un leal examen de conciencia, no para juzgar a los demás o para repartir falsos perdones, desde el podio de la soberbia o el cinismo, sino para juzgarnos a nosotros mismos. Pareciera que nuestro país necesita un baño personal de sinceridad y de verdad, pues la corrupción y el cinismo nos ahogan, máxime cuando los malos ejemplos y las aberraciones provienen de las altas esferas de la política.

Nuestro pueblo es bueno. Es deber de todos conservarlo en sus valores y principios, así como saber distinguir entre los lobos, que levantan cátedra de decencia y de moral, y las ovejas, necesitadas de guías valerosos.

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