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Actualizado el 28 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

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¿Justicia, conciencia y verdad? En medio del regocijo de Navidad, de los festejos populares en San José y del advenimiento del nuevo año, 2013, la primera de estas tres palabras sagradas –la justicia– habló, la semana pasada, desde el Tribunal de Apelación de Sentencia, de Goicoechea. El perenne y avasallador murmullo de la segunda –la conciencia– solo fue escuchado y lo será por siempre por siete personas en dicho tribunal. La tercera–la verdad– triunfó como tecnicismo legal, pero nada ni nadie la despojará como expresión de la realidad y de la conciencia.

Según las últimas noticias, la justicia seguirá haciendo su labor, de la mano del Ministerio Público, hasta que caiga definitivamente el telón. La conciencia, incansable y terrible taladro, solo acaba con la muerte, y la verdad, luz y emanación divina, fundamento de la libertad, traspasará con nosotros las fronteras de lo infinito.

Sin esta, sin la verdad, cuya realidad alimenta e ilumina la conciencia, todo es falsedad y cinismo. Sin ella reptamos en la mentira.

Quisiera ahondar en la conciencia moral, el tesoro más devaluado en el mundo actual y el bien más cercano a nosotros, causa, al desviarse, de nuestros males y, al mantenerse recta, sostén de nuestros triunfos. Y ¿qué mejor que echar mano de lúcidos pensadores, de diversas tendencias y confesiones, como prueba y garantía de su universalidad, así como de su imparcialidad?

Vivir en la contradicción –dice Tolstoi– con la razón propia es el estado moral más intolerable. Y Cicerón declara: “Mi conciencia tiene para mí más peso que la opinión de todo el mundo. La conciencia, nos enseña Víctor Hugo, es la presencia de Dios en el hombre, y el poeta y dramaturgo inglés John Gay proclama que el regalo más valioso que se les puede dar a los hijos es desarrollar la conciencia, el mejor plan de estudios y la más sólida garantía para los valores éticos.

Numerosas citas se pueden acumular para demostrar la trascendencia de la conciencia moral, cuya definición no puede ser más simple: la capacidad de discernir entre el bien y el mal, conciencia de los valores éticos, de lo que se debe hacer y de lo que no se debe hacer. Nada más. ¡Qué triste vida arrastran aquellos que, por acallarla o por ficción, suprimen todo sentimiento de culpa, de remordimiento o de arrepentimiento! Van por la vida con su máscara, sin responsabilidad frente a sí mismos y a los demás, sin dignidad y sin la alegría de vivir.

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En síntesis, el cinismo.

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