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Actualizado el 03 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

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Don Enrique Obregón Valverde suele darnos, desde Opinión de este periódico, sesudas, valientes y frescas lecciones sobre la democracia. En él habla la sólida formación académica, la vasta experiencia, la prudencia –esa virtud que tanta falta nos hace y tanta falta le hace al mundo– el saber político, la hombría de bien y, por supuesto, la integridad moral.

El Partido Liberación Nacional (PLN) no se hubiera descaminado ni apachucado ni se hubiera convertido en una maquinaria electoral sin alma y sin corazón si, en las horas oscuras o dudosas, hubiera contado con un consejo de sabios para iluminar y convocar al orden y a la legalidad. El PLN abunda en mujeres y varones de talla, capaces de esta tarea de contención y fortalecimiento, pero, poco a poco, la cizaña invadió el trigal y regó la mala semilla, el temor invadió los espíritus animosos y los malos ejemplos –sí, los malos ejemplos– de los llamados a construir y a señalar el camino dispersaron la grey. Unos pocos, sin embargo, permanecieron en sus puestos y han dado la lucha. Su combate decisivo tendrá lugar en las próximas elecciones.

El lunes, don Enrique Obregón, como en otras muchas páginas visionarias, ha mirado con ojos certeros y hablado con palabra justa y correcta. Acerca de la defenestración por 38 diputados del magistrado Fernando Cruz, de la Sala Constitucional, llamó al orden y a la prudencia contra el exceso verbal. Y dijo: “Pienso que aquí no se ha golpeado la independencia del Poder Judicial, ni se han tambaleado los cimientos de la democracia, ni se ha puesto en peligro el proyecto político ideológico que hemos aceptado los costarricenses y, menos, es posible sostener que se está enterrando la patria”. Desde hace meses, por cierto, una legión de costarricenses la está enterrando con sus falacias y exabruptos. “Aquí –agrega don Enrique– no hay crisis institucional, pero sí de inteligencia política”, sobre todo cuando la Asamblea traslada sus potestades al Poder Judicial. Lo que hay aquí, en Costa Rica, dice don Enrique, es “un gran enredo” que, en otras columnas, he llamado confusión. Enredo significa “entrelazar de manera desordenada y accidental hilos, cabellos, cuerdas, cables o cosas parecidas” que, en el plano intelectual, quiere decir confusión de palabras y de conceptos; esto es, una especie de Babel, cuyo desenmarañamiento o desenredo, en procura de la recta razón, requiere humildad y hasta la ayuda de lo alto.

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No es mi ánimo desestimar la honrosa defensa popular del Poder Judicial, en estos días, pero sí recordar que la democracia se hunde en la desmesura, el protagonismo y la imprudencia de los llamados a actuar y hablar con sabiduría, sobre todo en tiempos “enredados”.

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