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Actualizado el 10 de octubre de 2012 a las 12:00 am

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Dos casos, dos enseñanzas: educadores pensionados y proyectos de obra pública. El Gobierno ha propuesto eliminar un cobro injusto a docentes retirados. De este modo, se rebajan los aportes de los educadores jubilados a su régimen de pensión. Este proyecto cuenta con un financiamiento seguro, que beneficiará a 38.000 pensionados del régimen transitorio de reparto del Magisterio Nacional. Asimismo, favorece a 14.000 educadores con ingresos inferiores a 439.000 colones.

Se trata, como expresó la presidenta Chinchilla, de poner fin a “una injusticia histórica”, pues este régimen de reparto, con cargo al presupuesto nacional, exige la cotización más alta para cualquier trabajador de la Administración Pública. Así, esta solución, pacífica y certera, arranca uno de los tantos tumores enquistados en el Estado que no requieren actos de violencia o huelgas para resolverse, sino sencillamente buena voluntad y razonabilidad en su aplicación.

¿Por qué se postergó por tanto tiempo esta solución? ¿Por qué mantener, sin razón, una situación anómala que solo malestar acarrea a ambas partes? He aquí uno de los misterios de la Administración Pública. Lo mismo cabe decir sobre los fideicomisos de obra pública, “un calvario” que lleva ya tres años. Se trata, según información del lunes pasado, de 12 proyectos de gran envergadura, cuya realización, pronta y cumplida, significaría una fuerte inyección económica y social para el país.

“Las dificultades, como dice la nota de este periódico, han venido una tras otra”. La primera surgió en mayo del 2009 y se ha prolongado por tres años en el seno de Sugeval, Conassif y otras entidades públicas, en busca de la mejor normativa posible, que pide “un período de maduración que lleva tiempo” y el acuerdo de diversos actores.

Para un lego en la materia esto es incomprensible frente a un conjunto de proyectos de gran alcance, cuya realización inyectaría desarrollo económico y social, y, mejor aún, lo estimularía moralmente al país. Precisamente en este déficit de resultados concretos y visibles radica una de las causas del desánimo que, con razón o sin ella, se palpa en el país. Esta visión negativa, nutrida también en los prejuicios y la política, ha comenzado a cambiar. Esta es la hora de actuar, como lo señalan diversos indicadores positivos.

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Uno de los problemas centrales de nuestro país es todo lo referente a la infraestructura vial. El mal viene de lejos. Sus elementos agravantes han sido la mala gestión política, la corrupción y la ausencia de liderazgo. Este Gobierno se encuentra en una encrucijada feliz. Frente a una herencia maléfica tiene a mano recursos financieros para dar el salto. El secreto está en el aprovechamiento supremo del tiempo.

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