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Actualizado el 05 de octubre de 2012 a las 12:00 am

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Desde que Beatriz Ferreto fue nombrada presidenta de la Asociación de Profesores de Segunda Enseñanza (APSE), ya se sabía lo que ocurriría: obstruccionismo, confusión, huelgas, irrespeto.

Además, le cupo en suerte a esta dama ejercer, de nuevo, su mandato “sindical” con un equipo de dirigentes prontos a obedecer su consignas y a realizar sus planes político-ideológicos en forma sumisa y acrítica. Este ha sido, desde una perspectiva ideológica y política, esto es, no costarricense, un año fructífero para los promotores de una educación pública decadente. Con excepción del ministro Garnier y de algunos de sus colaboradores, secundados por algunos padres de familia, este ha sido un año triste. La sociedad costarricense se niega, por temor o indiferencia, a reaccionar con hidalguía ante la manipulación sindical y las pretensiones de un grupo marxista soterrado en la educación pública.

¿Será que no sabemos leer o no entendemos lo que leemos o, según nuestro estilo, nos refugiamos en la indiferencia? Solo así se entienden algunos hechos en extremo graves en la educación publica que han pasado inadvertidos. Primero, la reciente proclama de APSE como partido político, una aberración antisindical. Segundo, la declaratoria de una gran huelga nacional para este año que arrase con todo. Tercero, la confesión de Beatriz Ferreto como una comunista beligerante desde la cuna, lo que exige una distinción, es decir, el derecho democrático a confesarse y actuar como férrea comunista, pero, eso sí, a no mezclar esta ideología y el anunciado partidarismo político como la guía de APSE o de la educación pública del país, cuyos valores y principios difieren radicalmente de los suyos. Se trata de una cuestión de ética y de congruencia.

El obstruccionismo de APSE ha sido constante contra las normas y posiciones del MEP, desde la búsqueda de lo mejor para nuestros estudiantes, en el orden académico, hasta la oposición a dar cuenta de la asistencia honrada a un congreso, considerada por el presidente del Sindicato de Educadores (SEC), Gilberth Díaz, como intimidación ministerial. Este proceder negativo y destructivo ha sido constante. En el campo de la educación pública representa un desafío contra la educación y la familia.

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El sindicalismo tico, principalmente el originado en los sindicatos poderosos (por su número, no por su calidad), y en los relacionados con la educación pública exigen atención diáfana del Estado. Es su deber. Los dirigentes de APSE, ANDE y SEC se han descaminado ideológica, intelectual y culturalmente, y están causando un daño a la educación pública.

También en este campo tan sensible estamos llegando tarde.

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