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Actualizado el 01 de octubre de 2012 a las 12:00 am

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Posiblemente esta columna arranque risas al diputado Justo Orozco, del partido Renovación Costarricense, o le sea totalmente indiferente. Está en su derecho. Lo cierto es que no es la primera vez que este diputado desafía a la opinión pública, a sus correligionarios y a quienes todavía creemos –¡oh ilusos!– en el valor ético de la sensibilidad política o, lo que es lo mismo, en el respeto a la gente y a las leyes.

Ante el desmoronamiento ético de no pocos funcionarios y políticos, aliados o no con personajes de la sociedad civil, los escandalillos del diputado Orozco, el justo, parecen risibles. Uno de estos es la eventual comisión del delito de peculado por haber usado un vehículo de la Asamblea Legislativa para asistir a actividades político-electores de su partido, lo que han hecho otros, que conllevan, de ser culpable, 12 años de cárcel. La cuestión de fondo es, sin embargo, la siguiente declaración: “El legislador aceptó que asistió a las asambleas cantonales de Buenos Aires y Osa, en Puntarenas, en un carro de la Asamblea Legislativa, a pesar de que el reglamento legislativo lo prohíbe”.

Manifestó, asimismo, que “aprovechó otras diligencias en la zona sur que le quedaban en el camino para usar el vehículo” para concluir luego: “Yo no veo pecado en esto. Se están ahogando en un vaso de agua”. Si esta expresión es censurable en un dirigente religioso, también lo es, por el mal ejemplo y el cinismo que la envuelve, en un legislador, cuyo partido se llama Renovación Costarricense. No hay renovación política posible si alguien se erige en juez y parte, o bien, como en este caso, en autor de las normas morales y en juzgador de sí mismo.

En el Eclesiástico se lee: “El que es fiel en lo poco, también lo será en lo mucho”. A contrario sensu, el que es infiel en lo poco, también lo será en lo mucho. El diputado Orozo debe saber, como asiduo pastor evangélico, que este es el camino del pecado capital de la soberbia: yo, yo, yo, con desprecio de las normas objetivas. Esta es también la vía de los dictadores: el gobierno de las personas –del yo– y no, como debe ser, el de la ley.

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Un día de estos un alto funcionario dijo: “Para eso me eligieron. Por eso, puedo hacer lo que yo quiera”, proclama de un desprecio absoluto por el Estado de derecho y por su propia investidura, a imitación del diputado Jorge Angulo, cuyo cinismo ha alcanzado las más altas cumbres de la política.

¿Por qué ocurre esto? Por desprecio de los valores éticos y, peor aún, por falta de sensibilidad moral, aquella voz de la conciencia que nos avisa a tiempo antes de caer o antes de inventar normas propias acomodaticias, encarnadas en una de las expresiones más despreciables y peligrosas en la política: “No ahogarse en un vaso de agua”.

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