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Actualizado el 19 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

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La presidenta de la República, Laura Chinchilla, le ha pedido al gabinete “más entrega para su segundo tiempo”, en la celebración del 191 aniversario de la independencia nacional. Asimismo, le solicitó “dar pruebas concretas y fehacientes de una renovada voluntad de entrega y servicio al país”, por cuanto “si a lo que hacemos hoy le sumáramos tan solo un porcentaje, un poquito de fuerza, de entusiasmo y de compromiso, no hay la menor duda de que muchas cosas mejorarían”.

Así es. No deben ser palabras vanas. Además, estas palabras deben abarcar no solo los grandes y medianos proyectos, visibles y tangibles, sino también “las aparentemente pequeñas cosas”, sobre todo aquellas cuyo objetivo son los pobres, los más necesitados, sin valimiento ni sindicato que los ampare, sin voz ni capacidad de chantaje o de meter miedo a los funcionarios.

De estos grupos y personas están llenos los periódicos, pero, al parecer, los ojos pasan sobre estas noticias rutinariamente, como cosa sabida, como si esa tuviese que ser la realidad.

Sin embargo, esas “aparentemente pequeñas noticias”, como de cajón, son las que, en última instancia, conforman la realidad, la dura realidad de la gente pobre y necesitada de una mano amiga o voluntariosa, que, frecuentemente, con un solo gesto, con una simple palabra, puede resolver, si quisiera, un problema humano. Un problema humano, esa es la cuestión suprema, que requiere tener sentido de lo humano.

Esta exhortación presidencial debe inspirar a todos los jerarcas, a todos los funcionarios, altos y pequeños, y, sobre todo, a quienes componen el ejército de los “mandos medios”, ahí donde se encuentra el motor o el atasco, la vibración o la indolente rutina, el impulso o la rémora de la función pública.

Los ejemplos abundan. La semana pasada la prensa informó de que “Fonabe (Fondo Nacional de Becas) entregó 175 millones en becas mal asignadas”, entre el 2010 y el 2011, según lo reveló una auditoría del Ministerio de Trabajo, y detectó fallas como ausencia de folios, documentos sin firmar, becas injustificadas y declaraciones de ingresos sin llenar. Estas becas favorecen a los estudiantes pobres y, como tales, constituyen materia sagrada.

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El desorden es tal que varios centros educativos dieron la voz de alerta sobre becas injustificadas, pero Fonabe no actuó. En el período 2008-2009, la Contraloría hizo sonar la alarma, pero el desorden continuó.

La rutina es la muerte del alma. Cuando se hace siempre lo mismo, sin espíritu, sin amor, sin control ni sanción, o, sin sentido de lo humano, cuando el funcionario repara en el número o en el expediente y no en la persona, de carne y hueso, que se encarna en él y que es la razón de ser del Estado y de la función pública, todo se descamina y se trastorna.

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