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Actualizado el 10 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

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El nuestro es un país de contrastes. Pareciera que esta es una realidad universal. No nos importa, con todo, ahondar en los problemas ajenos, sino en conocer su naturaleza, en atender lo nuestro y en procurar salir adelante. Más que el desahogo de la crítica, siempre necesaria, nos ha de movilizar la intensidad del mejoramiento. No avanzar es retroceder.

Bueno, y ¿por qué no avanzamos con más celeridad y, por el contrario, por qué, teniéndolo todo para escalar cimas más altas y atacar los problemas más agudos que nos afligen, más bien nos “enclochamos”? ¿Por qué, como decía el sábado la columna Letras de cambio, deLuis Mesalles, “nos movemos tan despacito”, siendo, como es, que la naturaleza y la historia nos han regalado tantas ventajas?

La respuesta está en manos de los expertos. A quienes no lo somos nos compete hurgar en algunos hechos. En primer lugar, el futbol, la actividad más gustada por más de un siglo. Si lo que más nos gusta, no atiza nuestro orgullo y anhelo de crecer, ¿qué será en lo que, aun siendo necesario, no nos cautiva? Esta es una cuestión indispensable tras la penosa presentación de nuestra Selección Nacional de Futbol, el viernes pasado, frente al seleccionado mexicano, en busca de la clasificación para el Mundial en Brasil. ¿Cómo, ante un honor de esta magnitud, ofrecimos una disposición tan triste y deprimente?

¿Por qué “nos movimos tan despacito”? Esta pregunta ofrece respuestas técnicas, culturales, psicológicas e intelectuales. Y ¿por qué, en cambio, “nos movimos” con tanta celeridad y responsabilidad frente al terremoto del jueves pasado? Son dos asuntos de naturaleza distinta, pero ambos se mueven por un solo motor: la voluntad, en el futbol por el placer y el honor futbolero, y ante el terremoto por el deber y la solidaridad humana.

Resulta curioso, asimismo, que el tipo de juego del seleccionado en la media cancha –el crisol de un equipo– se parezca tanto, por su lentitud y confusión, a nuestra actitud ante los grandes problemas nacionales, en cuanto a la infraestructura, la torturante tramitomanía y, en general, la toma de decisiones inaplazables, que comprometen seriamente nuestra “clasificación” ante el reto dramático de la competitividad.

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¿Por qué, pues, no convertir nuestros envidiables valores éticos sobre la solidaridad humana, como ha quedado demostrado en horas de sufrimiento y calamidad, en poderosa fuerza moral e intelectual frente a los retos de la educación técnica, la infraestructura, las reformas políticas, la reforma del Estado, el combate de la pobreza y otras desventuras que nos tienen aherrojados?

Pareciera que la fórmula se llama voluntad inteligente, nuestra media cancha.

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