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Actualizado el 31 de agosto de 2012 a las 12:00 am

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Nos preocupa –no solo a este columnista, sino a muchas personas y sectores– el enfrentamiento entre el Estado y la jerarquía de la Iglesia católica y otras confesiones religiosas, acerca de la educación sexual en el sistema educativo nacional.

Las declaraciones de la Conferencia Episcopal en estos días han sido particularmente severas. No pretendo referirme al fondo del asunto, esto es, a la su razón o sinrazón de los obispos o del Ministerio de Educación Pública. Me preocupa hondamente el tema, por su alcance y naturaleza, y, sobre todo, por la división que se palpa entre el Estado y la Iglesia católica o las diversas iglesias, o bien, en el seno mismo de estas. Y, aun cuando la Sala Constitucional, con buen juicio, expresa que corresponde a los padres de familia, en el caso de sus hijos, autorizar la recepción o no de dichos cursos, este homenaje a la libertad no resuelve el enfrentamiento ni tampoco la confusión que se ha creado acerca de un asunto capital: los valores y principios esenciales en este tipo de enseñanza.

La educación sexual, creo, no es una mera técnica. Es un asunto inseparable de la dignidad humana, cualquiera sea el credo religioso de las personas. Hasta hoy, ha prevalecido la división en cuestión tan principal y, al parecer, esta discordia continuará en el marco educativo y fuera de él. ¿Le conviene al país este enfrentamiento, cuya consecuencia puede ser la pérdida de una oportunidad en extremo valiosa para orientar a los niños y a los jóvenes –y ¿por qué no también a los padres de familia?– frente a una realidad que ha hecho crisis, compleja y dramática, pero inevitable, como lo comprueba la historia actual? Y ¿puede separarse esta cuestión esencial del papel de la familia en la formación de los jóvenes y en el desarrollo de un país?

La familia, dice nuestra Carta Magna, constituye el núcleo de la sociedad. Por consiguiente, la educación sexual y la familia deben estar en el centro de las preocupaciones sociales y del Estado. La ruptura de este núcleo de valores y de principios se encuentra en el corazón de la crisis de la humanidad, al punto que ahora se da por descontado el máximo relativismo y anarquía. Vemos, sufrimos, pero no reaccionamos.

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Diversos sectores del país, religiosos o no, han denunciado un hecho muy grave: la ausencia de diálogo social, respetuoso y concreto, frente a esta cuestión insoslayable, inseparable de la formación y educación de niños y jóvenes, así como de los deberes de los padres de familia, con criterios correctos y aceptados. Se trata de salvar y fortalecer lo esencial y lo humano en medio de la barbarie, de la indiferencia y del cinismo actuales.

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