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Actualizado el 27 de agosto de 2012 a las 12:00 am

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Si uno aparta los ojos, aunque sea fugazmente, del mundanal ruido de la política o, al menos, sabe buscar en ella de buena fe, de seguro encontrará motivos para vencer el desánimo. La correntada de la desesperanza, en la que no pocos sectores están inmersos, solo puede acarrearnos calamidades. No se trata de forzar el optimismo o de ocultar la realidad, sino de mantener vivo el espíritu de lucha.

Bertolt Brecht, dramaturgo y poeta alemán, escribió: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos. Pero hay los que luchan toda la vida, esos son los imprescindibles”. La vida de los hombres sobre la Tierra –dijo el santo Job– es lucha. Y lucha perseverante. La historia humana lo proclama día a día. Hay pueblos luchadores y pueblos indolentes.

La Nación nos narró recientemente algunos trazos de la vida de Lucrecia Chinchilla Díaz, a quien sus padres la sacaron de la escuela cuando cursaba el quinto grado, aduciendo que “era una alcahuetería para mujeres”. Sin embargo, sus ansias de superación fueron superiores a la miopía paterna. Al cumplir 18 años, se inscribió en el Proyecto de Educación para Adultos de San Juan de Dios de Desamparados, donde obtuvo el bachillerato para matricularse luego en la UCR y en la UNED, donde se graduó como licenciada en Docencia del Inglés y llegó a dirigir el Centro Integrado de Educación de Adultos. Estaba casada, tenía dos hijos. Tardó ocho años. “Ahora las personas –dijo– no tienen excusa para no estudiar: están los institutos, se puede estudiar en la casa, ir llevando una materia tras otra'

En nuestro país seis de cada 10 trabajadores (1.194.000 en total) carecen de título de secundaria. En los países desarrollados el 90% de los trabajadores tienen por los menos secundaria completa. Este porcentaje, según el experto Juan Diego Trejos, se columpia entre el 70% y el 80% en los países con los que Costa Rica quiere competir. Un rezago terrible, pese a las oportunidades que el Estado y la empresa privada ofrecen. El reportaje de este periódico enumera varias, en espera de que los trabajadores toquen sus puertas.

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Si estos datos sorprenden y duelen, más angustian las oportunidades que se están perdiendo y la forma como estamos comprometiendo seriamente nuestro futuro. Si los trabajadores desean estudiar y si hay oportunidades abundantes, algo, pues, está fallando en la promoción y la organización de estos cursos. La rutina, se ha dicho, es la muerte del alma y de los pueblos. La lucha, por el contrario, es la llave del progreso y de la sabiduría. Hay que provocar un gran incendio nacional de entusiasmo.

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