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Actualizado el 11 de junio de 2010 a las 12:00 am

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¿Por qué me gusta el futbol? Me lo han preguntado y respondo. Cada uno tiene su propia respuesta y, en vísperas de la Copa del Mundo en Sudáfrica, conviene ventilarla.

Primero, por su sencillez o simplicidad: un espacio razonable, 22 jugadores formales o, en las mejengas, menos o más, los suficientes, según el caso, para una competencia o diversión entretenida; dos marcos o dos piedras, una bola, unas cuantas normas, un árbitro profesional, cualquier vecino o nadie, y un tiempo limitado (90 minutos) o ilimitado, según el estatus adoptado. Por ello, sin complicaciones, se jugó en Egipto, en China (inventores de la pelota) y en la Edad Media. Los romanos lo llevaron a las Islas Británicas, donde adquirió carta de ciudadanía, desde donde se extendió por todo el mundo.

Segundo, por las razones anteriores es un juego libre, popular, barato, democrático y socializador, al punto que no faltaron dirigentes comunistas celosos que pretendieron quisieron prohibirlo. Tercero, por su simbología lúdica nos devuelve el estado de niñez. Según Edgar Morin, en artículo publicado ayer, el futbol no nos aliena. Es, más bien, poesía colectiva. Cuarto, no tiene sexo, no le importan las clases sociales y en él armonizan los intelectuales y los analfabetos.

Quinto, el futbol articula dos potencias determinantes del ser humano: la libertad o capacidad creativa, y la solidaridad o juego de conjunto, sin las cuales no hay progreso (ni futbol). Un equipo se mide por este ensamblaje. Así entendido, es escuela de valores. Sexto, en el plano personal, el futbol exige la coordinación de mente y músculo (cuerpo y espíritu) que se desarrolla en la previsión y en la precisión en el servicio para culminar en el inmediato desplazamiento encadenatorio del juego (triangulación, por ejemplo). De aquí la mejor definición del futbol: movilidad (mejor que velocidad) inteligente. Pensamiento que se juega, lo llama Kundera.

Séptimo, el futbolista posee tres recursos físicos: el cuerpo (el futbol es danza), la bola (que supone dominio o técnica) y el espacio (explotable con la movilidad). Se juega con los tres y no solo con la bola. Así, el futbol es ciencia y arte, lo que exige estudio y práctica intransigente bajo la guía de un profesional).

Octavo, el futbol culmina en el gol, su éxtasis, que no se improvisa. En el futbol el gol se construye, se enhebra, se teje, poco a poco, a lo largo y ancho de la cancha, sin la opresión y velocidad del basquetbol, que menoscaba el disfrute, ni la lentitud del beisbol, que lo entrecorta. Noveno, el futbol, como la vida, siempre ofrece otra oportunidad.

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