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Actualizado el 11 de noviembre de 2012 a las 12:00 am

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Ya se ha comentado todo cuanto se podía sobre las elecciones del martes en EE UU. Incluso lo malos que resultaron algunos vaticinadores, entre los cuales hay quienes, tras haber pifiado desde todos los ángulos, siguen sin dar el brazo a torcer y empeñados en demostrar que sus predicciones habrían sido correctas si no hubiera sido porque en Anchorage, Alaska, el sol no se mostró en todo el día y el domingo anterior la selección nacional de badmington de Kenia -según ellos la verdadera patria de Obama- derrotó a la de Zimbabwe. Todo eso resulta tan divertido como saber que entre los fundamentalistas religiosos partidarios de Romney, más de uno jura que los huesos de dinosaurio fueron colocados por Satanás en los sitios donde los científicos los encuentran, con el fin deliberado de desacreditar la historia de Adán y Eva.

Muy cómica nos resultó la idea de que al día siguiente alguien pudo despertar sin encontrarse en los espejos. Pensamos en un alto funcionario del gobierno costarricense, a quien se le ocurrió -algo bastante extraño, nos parece, dada su investidura oficial- convertirse en el maratónico narrador y analista de lo que estaba saliendo de las urnas en el gran país del Norte y, cuando pese a su evidente y noble deseo de que ganara Romney, admitió que sí, que Obama había superado la barrera de los 270 votos electorales y era el Presidente electo, cayó en estado de delectación interpretativa: convencido, a pesar de que todavía no todos los votos estaban contados, de que el voto popular sí lo había ganado el candidato republicano, entró en una serie de consideraciones que lo llevaron casi a poner en duda la legitimidad del nuevo mandato de Obama. Solo que, como se revelaría finalmente, la apresurada conclusión del comentarista oficial resultó falsa puesto que, en efecto, el porcentaje de votos recibido por Obama fue superior al mágico 50%.

Obsérvese que, al hacer tan ligero y, en su caso, imprudente comentario, el funcionario tico no se percató de que la “deslegitimación” que según él significaba para Obama su reelección con menos de la mitad de los votos emitidos les caía también, como una maldición vudú, por ejemplo al Presidente electo de México y a casi todos los presidentes de Costa Rica de las últimas tres décadas, incluida, desde luego, la ilustre jefa de quien hablaba, la Presidente Chinchilla. Ciertamente, el jocoso incidente carece de importancia pero bien vale la pena presentarlo como una nueva joyita del folclor político local. O como una trivial confirmación del dicho según el cual, para hablar y comer pescado mejor con dentadura postiza.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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