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Actualizado el 26 de junio de 2012 a las 12:00 am

Viaje memorableaquel, salvo el paso infernal por el cabo Hatteras...

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Desde Boston, regresé de vacaciones por dos meses en junio de 1948. Nuestra Costa Rica apenas salía del drama de la guerra civil, la revolución de Figueres. Yo tenía 19 años. Después de dos años de no venir a la patria y ya sereno el panorama político, quería ver a la familia, mi casa, los aguaceros, los amigos, las montañas.

Íbamos a viajar juntos por mar de regreso a Costa Rica para cultivar el ocio por dos meses: el estudiante de Harvard Luis Sequeira, de música José Luis Marín Paynter y yo. Como don José Marín Cañas, le tenía pavor al avión, no quería que su hijo Pepe Luis volara desde Boston hasta San José. Se consiguió la información de la Panamá Line y, con ella en mano, convenció a mi padre de que lo mejor es que los muchachos se vengan juntos por mar. Una línea marítima norteamericana de pasajeros navegaba de Nueva York a Panamá y viceversa, en una travesía de cinco días sin escalas. Nuestro barco desde Nueva York, echaría anclas en Colón; viajaríamos a la capital por tren y, de ciudad de Panamá a Costa Rica sin remedio, teníamos que encaramarnos en un avión.

Viaje memorable aquel, salvo el paso infernal por el cabo Hatteras, punta aguda y disonante, disparada hacia el este sobre el Atlántico en el estado de Carolina del Norte. El barco se mecía como una poltrona desvencijada y, como es consecuente con estas circunstancias, un intenso mareo amarró a la litera del camarote a la mayoría de los pasajeros –más de doscientas personas– que vomitábamos rítmicamente y nos quejábamos al unísono. Pasado el cabo Hatteras de infausta memoria, poco a poco la serenidad y el embrujo cálido del mar Caribe nos devolvieron la confianza en el barco, en el capitán y, por supuesto, en la vida.

Como éramos tres jóvenes, el encargado del comedor, especie de ujier tieso y almidonado, decidió, sin molestarse en consultarnos si quiera, sentarnos en una mesa de cuatro y acomodar, en la cuarta silla, a una señora naturalmente desconocida. Para tres mozalbetes de escasos veinte años, darse cuenta con horror de que en la mesa asignada, “nuestra mesa”, ya sentada y sonriente nos esperaba una dama mayorzona, fea, dentuda y con ricitos, fue como haber recibido de golpe el castigo divino por los más inconfesables pecados juntos de toda nuestra adolescencia.

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Truly Duly. Nos volvimos a ver con esa mirada rápida y fulgurante que se conoce como de inteligencia equivalente a ¡qué tirada!, avanzamos hacia la mesa tratando de reponer nuestra compostura, saludamos a la señora, nos presentamos y explicamos acerca de nuestra nacionalidad, de nuestros estudios y designios y esperamos a que ella nos extendiera sus credenciales. La dama en cuestión, hasta ese momento muy atenta a nuestras exposiciones, empezó a hablar con una agradable y bien modulada voz y a contarnos de su vida y de la razón por la que se hallaba en este barco que compartíamos, el barco y ahora la mesa, por el resto de la travesía. Su nombre no lo olvidaré jamás porque era una mujer jovial y comprensiva que se convirtió, rápidamente, en la mejor como inolvidable compañera de los tres. Gertrudis Duly era su nombre. Nos pidió, eso sí, que la llamáramos simplemente Truly. Entonces era Truly Duly. ¡Cómo olvidar nombre semejante! Vivía y trabajaba en Washington en una oficina de gobierno. Iba de vacaciones a Panamá. Se encontraría ahí con unas compañeras que no quisieron viajar por mar, como no había querido ella viajar por avión. Nunca había salido de los Estados Unidos. Panamá era la gran aventura de su vida y estaba gloriosamente excitada e ilusionada con la odisea.

–Ustedes tres, ticos maravillosos –como nos llamó al final de la travesía– son, estoy segura, el buen augurio de lo que me espera.

Tiempo después recibí una postal desde Washington de Truly Duly. Su travesía fue feliz, pero, como me lo decía en la tarjeta, nosotros, nuestra buena compañía y amistad, habían sido lo mejor de su viaje. Nunca volví a saber de Truly Duly.

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