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EDITORIAL

Tormenta sectaria en Irak

Actualizado el 26 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Estados Unidos desbancó a una dictadura sunita para dar paso a un gobierno autoritario de mayoría chiita y amigo de Irán.

El examen de la región apunta a la realidad de que las confrontaciones de inspiración sectaria se han agudizado.

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Esta última semana fue de las más cruentas registradas en Irak al cabo de una década desde la invasión norteamericana y la conexa caída del régimen de Saddam Hussein. Centenares de muertos y heridos signan cada día los enfrentamientos entre chiitas y suníes, así como sus aliados, en esta cruenta escalada. Es una amenaza que subyace tercamente en los tejidos del sistema regional.

El examen de la región apunta a la realidad de que las confrontaciones de inspiración sectaria se han agudizado. Tanto Irak, como Siria, Líbano y el norte de África han tenido como su principal fuente de inestabilidad a Irán, motivador y mecenas de las corrientes más radicales del chiismo en esa parte del mundo. Al parecer, Irak necesita cuidados intensivos de emergencia para no caer de plano en tiendas persas.

La evolución del fenómeno en Irak es aleccionadora. Durante el mandato Saddam, la minoría sunita (alrededor del 30 % de la población) mantuvo preponderancia en la maquinaria política oficial. En cambio, la mayoría chiita (65 %) era discriminada y reprimida. La antigua colonia británica obtuvo su independencia en 1932 para ser regida por una monarquía. En 1958, un golpe militar liquidó al rey Faisal II e impuso una dictadura de vocación izquierdista y vinculada con la URSS. El Partido Árabe Socialista Bath incrementó su poder institucional como partido único y uno de sus dirigentes, Saddam Hussein, fue escogido como presidente en 1979.

En los primeros años de su mando, Saddam liquidó a sus adversarios en la cúpula política y consolidó un régimen despótico que destacó en el ámbito árabe. Más adelante, y siempre con su impulso totalitario, no dudó en asesinar a miles de sus conciudadanos recurriendo incluso a las armas químicas con las que ya contaba en aquellos años. Así, con mano dura y criminal, rigió como dictador durante dos décadas.

Cabe destacar que, desde los inicios de su dictadura, Saddam demostró una proclividad obsesiva por las aventuras internacionales. En sus desmanes, hizo uso sin frenos de un ejército con más de 600.000 efectivos y dotado de modernos arsenales. La más extravagante de sus andanzas armadas fue temprano en su gestión, cuando sus fuerzas avanzaron sobre una zona fluvial y petrolera en disputa con su vecino Irán.

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La nueva República Islámica era ya regida por el Ayatolá Khomeini, figura no dada a contemporizar con súbditos ni adversarios. La respuesta a las tentativas iraquíes fueron combates abiertos entre las dos superdictaduras de Levante que desembocaron en una cruenta y prolongada guerra. Los inmensos costos de esta confrontación en nada inhibieron los apetitos de Saddam por las armas de destrucción masiva. Una planta de desarrollo atómico en Ozirak, donde se completaba un reactor nuclear, había sido eliminada por la aviación israelí en 1981.

Al concluir la guerra con Irán, en 1988, Irak puso sus ojos en Kuwait, la potencia petrolera vecina, la cual pasó a ocupar militarmente en 1990. Una batida de Estados Unidos a la cabeza de una coalición bendecida por la ONU acabó con la ocupación iraquí. Siguieron años de desarrollo de armas químicas, ajetreos con la ONU y los inspectores de la agencia internacional de asuntos atómicos. Toda esta configuración enmarcó la invasión norteamericana en el 2003, y la azarosa ocupación que siguió hasta finales del 2011. Saddam fue derrocado, detenido, juzgado y liquidado poco después.

Washington decidió promover en Irak un régimen democrático y representativo. El proyecto culminó con el surgimiento de un gobierno controlado mayormente por chiitas amigos de Irán. Con la partida de Estados Unidos, la paz en Irak ha dado paso a una ola de atentados y choques armados con frentes sunitas. Es, sin duda, una extraña historia: Estados Unidos desbancó a una dictadura sunita para dar paso a un gobierno autoritario de mayoría chiita y amigo de Irán.

Este lamentable desenlace ha atraído renovada atención a raíz de la guerra en Siria, satélite de Irán, donde una dictadura alauita –rama chiita– se tambalea por el empuje de una insurgencia sunita y respaldada por potencias occidentales. Lo más llamativo es que en Siria han convergido Irán, Irak, los terroristas libaneses de Hezbolá y Rusia, para frenar lo que ya luce inevitable. Siria, entre tanto, persiste en su papel de tránsito de fondos y municiones iraníes para Hezbolá en Líbano. Por su parte, Irak tutela ese tránsito facilitando incluso el de aeroplanos.

Toda esta historia demuestra cómo la inestabilidad política derivada del sectarismo se derrama a través de las fronteras. Es una epidemia altamente contagiosa que mantiene en vilo a países importantes de aquellos rincones, con serias repercusiones en el comercio y las finanzas mundiales.

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