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Tonduz el desconocido

Actualizado el 08 de marzo de 2009 a las 12:00 am

  Sabio tenaz El suizo Adolphe Tonduz fue el iniciador de la botánica científica en Costa Rica

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Tonduz el desconocido

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El 14 de junio de 1889, comenzó otra vez la vida de Adolphe Tonduz, cuando llegó a Puntarenas desde su Suiza natal, a la que nunca volvería. Dos días después se encontraría en la estación de tren de San José con su jefe y amigo, el sabio Henri Pittier.

Pittier había llegado con un contrato de profesor del Liceo de Señoritas. Más tarde fusionaría el incipiente Museo Nacional con el Instituto Meteorológico; también organizaría un servicio geográfico y uno botánico en el Instituto Físico-Geográfico, y fue su primer director, de 1889 a 1904. Esta iniciativa se menciona como el inicio de la ciencia moderna en Costa Rica.

En los años siguientes, Pittier, Tonduz y otros recorrieron los caminos de la Costa Rica rural de fines del siglo XIX, que suministraron valiosos datos geográficos, etnográficos y meteorológicos; con ellos elaborarían el primer mapa moderno del país. Sin embargo, su obra más perdurable (y rentable) fue la colección de especímenes botánicos, hoy albergada en parte en el Herbario Nacional.

En el recién fundado Instituto Físico-Geográfico, Tonduz manejó uno de los primeros inventarios sistemáticos de plantas en todo el trópico del Nuevo Mundo. Él recolectaba y secaba las muestras de plantas; luego las identificaba, preparaba y conservaba. Además, mantenía correspondencia con los principales botánicos de Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.

Esa correspondencia, casi innumerable, se conserva en el Museo Nacional. Nos revela cómo –pese a las limitaciones en el desarrollo de los sistemas de información–, el Servicio Botánico se mantenía al día con los principales centros de investigación del mundo. Así, estableció nexos con el Jardín Botánico de Berlín, el Jardín Botánico de Ginebra (entonces Herbier Boissier) y el Museo de Historia Natural de París, entre otros.

Entonces, la botánica sistemática (el estudio de la biodiversidad) fue punta de lanza en las ciencias modernas y caldo de cultivo para el desarrollo de otras disciplinas biológicas. En 1859, Charles Darwin había empleado mucha información zoológica y botánica para su revolucionaria obra El origen de las especies por medio de selección natural .

A fines del siglo XIX había terminado en Europa la época precientífica de la botánica, cuando la investigación fue desarrollada por aficionados, como pastores, farmacéuticos o juristas, quienes, en su tiempo libre, recolectaban y estudiaban plantas.

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A partir de 1840 habían aparecido botánicos profesionales, con formación académica, entre los cuales destacó Jean-Balthazar Schnetzler (1823-1896), profesor de Pittier y Tonduz en Lausana (Suiza).

Algo así ocurría en el decenio de 1890 en la “Suiza Centroamericana” con los botánicos suizos Tonduz, Paul Biolley y Pittier, así como con el alsaciano Karl Wercklé. Ellos exploraron el territorio en búsqueda de plantas, desde la frontera norte hasta las entrañas de Talamanca. Su principal producto fue un herbario (biblioteca de plantas secas) que no tuvo parangón al sur de los Estados Unidos, en opinión del botánico norteamericano Paul Standley.

No todo fue dorado. Tonduz conservaba uno o dos ejemplares en del Museo Nacional. El resto del material iba al Real Jardín Botánico de Bruselas, Bélgica. No era para menos pues, en ese entonces, el director de dicho jardín era Théophile Durand, gran amigo y colaborador de Pittier en Suiza.

Las plantas “exóticas” eran toda una afición en los círculos cultos y científicos de Europa, así como en los Estados Unidos. Las series de muestras botánicas de plantas secas se vendían a centros botánicos y a adinerados amateurs .

En tanto estuviera a sueldo del Gobierno de Costa Rica, a Tonduz se lo autorizó a enviar especímenes únicamente a Bruselas (Bélgica). Una vez allí, se etiquetaban los especímenes como recolectados solo por Pittier y Durand y se distribuían a centros y especialistas interesados en la oferta.

Por ello, Pittier y Durand recibieron la mayor parte del crédito (y del dinero) de la recolección de nuevas especies, y muchos nombres de plantas se dedicaron a ellos dos. De igual manera, el nombre de Tonduz fue descartado como coeditor del primer compendio de plantas de Costa Rica: Primitiae Florae Costaricensis .

Al ver el robo material e intelectual que sufría, Tonduz publicó en Ginebra una serie de relatos de viajes y nuevos registros botánicos, titulados Herborizaciones en Costa Rica . Estos relatos pintorescos y francos son una rica fuente de datos históricos, de la naturaleza y los paisajes, y también son observaciones del carácter de la gente. Tal vez por haberse publicado en Suiza y en un francés erudito, esos escritos han pasado casi inadvertidos en Costa Rica.

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Tonduz fue siempre polémico. En uno de sus informes, Exploraciones botánicas en Talamanca (Instituto Físico-Geográfico, 1895), denunció el maltrato que sufrían los indígenas de Talamanca:

“Durante esta permanencia mía, suficientemente larga, he podido constatar que Shirores era el verdadero centro de Talamanca: centro comercial ante todo, naturalmente, pero también lugar de cita para todos los indios que allí acuden con entera confianza. Hasta el gran sacerdote de Talamanca, tan receloso y desconfiado, no ha puesto dificultad en servirse de la hamaca de Rodríguez. No hay día sin que grupos de indios, compuestos de hombres, mujeres y niños, con sus inevitables perros y a veces con sus chanchos, no vengan a cambiar la zarzaparrilla o el hule contra objetos de primera necesidad.

”El indígena llega a esta hacienda con placer pues sabe que en este lugar jamás se ha maltratado, engañado o robado a ninguno de sus hermanos. Y de veras que, en el año de 1895, la conducta del hombre bueno que es el señor Rodríguez, molestado por filibusteros de la peor especie, era para conmoverle a uno.

”No me detendré aquí en las miserables intrigas de los tiranuelos que, por tener graduación militar o empleo civil, creen que todo les está permitido, y habían transformado la región de Talamanca en la verdadera Calabria de la República. […] El Gobierno puso dichosamente término al lastimoso estado de las cosas que entonces existía”.

Tras su salida del Instituto Físico-Geográfico en 1904, Pittier y Tonduz trabajaron para Minor C. Keith en la vertiente caribe. Pittier partió luego hacia Washington, al Smithsonian Institute; en 1919 emigró a Venezuela, donde murió en 1950 y sigue siendo un icono.

Tonduz siguió varios años más aquí y volvió intermitentemente al Museo. Su trabajo como botánico se combinó con el de fitopatólogo pues investigó enfermedades del café y de otros cultivos. Con la Primera Guerra Mundial, en 1914, la correspondencia con Europa disminuyó y empezó una mayor presencia de los científicos norteamericanos.

Tonduz realizó periódicamente trabajos para la Sociedad Nacional de Agricultura. Después de 1917 desaparecieron los rastros de su correspondencia. De los relatos escritos por Otón Jiménez, su discípulo, se puede pensar que, durante esos años, Tonduz estuvo sumido en el alcoholismo y la pobreza.

En 1921, por intermedio del ingeniero J. E. Van der Laat, Tonduz fue contratado por la Sección de Patología de la Dirección General de Agricultura de Guatemala. En ese año obtuvo el puesto mejor pagado de su vida, que no duró mucho pues murió el 19 diciembre, a los 60 años.

Al partir, Tonduz dejó un legado que hizo, de nuestro país, la cuna de la botánica tropical. Sus escritos –aún poco conocidos– hacen revivir el nacimiento de la Costa Rica moderna.

EL AUTOR ES BOTÁNICO, PROFESOR EN LA SEDE DE SAN CARLOS DEL ITCR Y PROFESOR ASOCIADO DE LA UNIVERSITY OF SOUTH FLORIDA.

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