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Tolstói a los ciento dos años

Actualizado el 09 de diciembre de 2012 a las 12:00 am

Creador genial Gigante de la literatura, deja un legado perenne también en la ética

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Tolstói a los ciento dos años

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Al amanecer del día domingo 20 de noviembre de 1910, al final de un ramal ferroviario, después de una insensata huida, refugiado en un cuartucho que funcionaba como la estación del tren, en el pequeño y perdido pueblo en la Rusia occidental llamado Astapovo, moría el conde León Tolstói, de ochenta y dos años.

El célebre autor de obras cumbres de la literatura universal, como Ana Karénina, Guerra y paz, Resurrección, La muerte de Iván Ílich ', se había fugado de su casa y hacienda Yasnaia Poliana (Claro del Bosque) para buscar liberación y paz. El escritor era un anciano enfermo, de ojos alucinados, que huía de su mujer, de su familia y de la sociedad. Era víctima de su enorme capacidad para contemplar, analizar y tratar de comprender el mundo, la conducta del ser humano y, desde luego, de sí mismo.

Su absurda lucha iba a ser una larga y frustrada búsqueda en torno a la razón de la vida: “¿Qué significa esta dualidad que siento en mí, y por qué existe?”. Todo su potencial de escudriñar la supervivencia, en medio de angustiosos razonamientos acerca de la conducta de las curiosas criaturas que somos los habitantes de este planeta, ensombrecieron su casi siempre atormentada existencia.

Peregrinaciones. Cuando joven, Tolstói se sintió en alguna ocasión ateo para luego, más tarde, creer y amar a Jesucristo sin profesar religión alguna. Sus preocupaciones existenciales lo habían comprometido a prodigarse con los campesinos de Yasnaia Poliana , los “mujiks”. Se vestía como ellos, hacía sus zapatos, trataba de educarlos, de enseñarles a leer y a escribir. Construyó y estableció escuelas para los niños. Ahí comienza su época como pedagogo.

Tolstói era un amante apasionado y ardiente de la vida, pese a sus dudas existenciales y a los cotidianos disgustos y malestares consigo mismo, con su mujer y con su familia. Con su esposa, Sofía, tuvo trece hijos, ocho de los cuales lo sobrevivieron.

Para muchos escritores, artistas e intelectuales de la época, ir a visitar al conde León Nicoláievich Tolstói a Yasnaia Poliana era una especie de obligación, de peregrinaje, de misión imprescindible.

Un hombre con la capacidad y la conciencia para declarar: “La ciencia y el arte son tan necesarios como el pan y el agua; y aún más necesarios”, debía atraer y fascinar a sus colegas. Era imprescindible ir a conocerlo, verlo, conversar con él y oírlo.

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Mantenía correspondencia con Mahatma Gandhi, gran admirador suyo; ambos se enviaban libros. Al joven escritor Máximo Gorki, Tolstói lo recibía para debatir con él. Posteriormente, en los años 30, Gorki, llegaría a ser presidente del sindicato de escritores soviéticos.

Una fotografía a la par del escritor y dramaturgo Antón Chéjov da testimonio de la visita que le hizo Chéjov en 1902. Chéjov, de cuarenta y dos años, estaba a solo dos años de su muerte por tuberculosis en 1904. Tolstói alcanzaría los ochenta y dos.

Drama y fuga. León Tolstói murió buscando la serenidad y posiblemente la certeza de la existencia de Dios: “¡Señor, despiértate en mí, alumbra mi vida!”. Sus angustias existenciales lo llevaban a escribir frases como esta en su diario, en el que anotaba sus reflexiones cada noche antes de acostarse.

La Iglesia Ortodoxa en Rusia era vigilante de los pasos del mundialmente célebre escritor, y cada avance suyo era objetado y celosamente analizado. Tolstói era refractario a la Iglesia y la atacaba con dureza. Desde tiempo atrás, las autoridades eclesiásticas habían hecho todas las diligencias posibles para excomulgarlo y azuzaban en su contra.

Por fin, en 1900, el Consistorio del Santo Sínodo, poder supremo de la Iglesia Ortodoxa, emitió un decreto que declaró a Tolstói enemigo de la Iglesia y prohibió, en caso de su muerte, “toda oración, servicios fúnebres y misa por el reposo de su alma”.

Hacia el final de su vida Tolstói quiso, mediante un testamento, donar los derechos de autor de su cuantiosa y divulgadísima obra literaria (unos noventa tomos publicados) a los campesinos de su patria. Con ello, habría despojado de herencia a su mujer y a sus hijos.

Tenía un discípulo, Tchertkov, que lo apoyaba en esa decisión, y ello ocasionó el conflicto que desató una feroz guerra familiar y un intenso drama. Esta grave situación aceleró la resolución de su huida.

La historia de su fuga a las cuatro de la madrugada a ninguna parte, de su familia y de Yasnaia Poliana al final de su vejez, sigue asombrando y conmoviendo a todo aquel que se entera de ella.

Con un muy buen guion cinematográfico basado en el libro del escritor norteamericano Jay Parini, para el reciente centenario de la muerte de Tolstói se realizó una notable película: La ultima estación , en la que se dramatiza la tan célebre como patética escapada de su casa y de su familia.

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El arte y la palabra. Christopher Plummer hace el papel del escritor, y la gran Helen Mirren, el de la desdichada Sofía, la esposa de Tolstói El notable joven actor escocés James McAvoy, interpreta el conflictivo rol del secretario de Tolstói, angustiado testigo del drama final de la vida del escritor.

No podré olvidar jamás lo que me contó don Pepe Figueres acerca de su emocionada visita a Yasnaia Poliana . Don Pepe quiso hacer un encuentro con el mundo de su admiradísimo Tolstói. Recuerdo la descripción de don Pepe de la casa (hoy museo), las habitaciones y el estudio, así como de algunos rincones de la antigua residencia.

Recuerdo muy bien su turbado relato acerca del crujir de un peldaño de la escalera de madera de la mansión. Más tarde, recorrería el bosque cercano a la casa donde por su voluntad está enterrado León Tolstói

Don Pepe me contó que había permanecido un largo rato meditando en silencio, junto a la modesta sepultura (un montículo de tierra) que se halla rodeada y ensombrecida por un bosque de abetos.

Tolstói decía que el arte está en todos los lugares:

“El arte penetra toda nuestra vida; lo que nosotros llamamos arte, teatros, conciertos, libros, exposiciones, no es más que una ínfima parte del arte: nuestra vida está llena de manifestaciones artísticas de toda especie; desde los ojos del niño hasta los oficios religiosos. El arte y la palabra son los dos órganos del progreso humano. El uno hace la comunión de los corazones y la otra de los pensamientos”.

Fue paradójica la vida de este gigante escritor y filósofo: existencia torturada y llena de contradicciones, exhibió cambios profundos de conducta –como su enfrentamiento con la vida y, sobre todo, consigo mismo–. El gran aporte de León Tolstói a la literatura fue tan nuevo en su época como de insospechados alcances para todos los tiempos.

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