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Tiranos y duelos

Actualizado el 10 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Entre momiasy malos olores,no falta quien llore a los tiranos

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El 5 de marzo de 1953, hace exactamente 60 años, se anunciaba en Rusia el fallecimiento del autócrata comunista Iósif Vissariónovich Dzhugashvili,autodenominado desde años atrás‘Stalin’ –porque stal evoca al acero–, una de las muchas falsificaciones de que se rodeo en vida.

Anuncio, porque su muerte se había dado no menos de dos días antes, con lo que la falsedad de su vida parecía seguirlo al más allá. El ínterin entre su fallecimiento y la noticia, lo habían utilizado sus secuaces en las intrigas que siguen siempre al deceso de un tirano, dirigidas a ver quién se queda con su poder.

En las calles de Moscú, mientras tanto, las multitudes se apiñaban para ver al "Padre de los Pueblos" en su féretro, a tal punto que varios cientos resultaron heridos o murieron en el tumulto y el desorden, entre un llanto y una histeria colectiva que ni el mayor aparato policíaco del planeta pudo encausar ni reprimir.

El cadáver, embalsamado, fue expuesto durante días para que las gentes venidas de todos los rincones del totalitario imperio rojo, rindieran el último adiós, agradecido, a quien los había oprimido como jamás zar alguno lo había hecho antes.

Luego, la expuesta momia sería introducida en una urna de cristal –como ya Stalin había hecho con la de Lenin, su traicionado mentor– y expuesto en un mausoleo en la Plaza Roja' necrófilo espectáculo que solo acabó cuando se aceptaron en voz alta y se hicieron públicos los crímenes contra los pueblos bajo la férula de aquel de quien sus fanáticos dijeron también en su momento: “Stalin es el pueblo”.

En otro tiempo, otro tirano, esta vez venezolano, falsificó también algunos de sus datos vitales y, por supuesto, también se aplazó el anuncio de su muerte mientras se acomodaban un poco las facciones que quedaban a su paso.

Una vez en el poder –después de traicionar vilmente a su mentor, Cipriano Castro–, Juan Vicente Gómez gobernó Venezuela con mano de acero, de 1908 hasta su muerte en 1935. Dueño de vidas, haciendas y conciencias, y bolivariano ferviente, según su insistente afirmación, aprovechó un equívoco registro de nacimiento para hacer coincidir el suyo con el del Libertador, con lo que celebraba sus cumpleaños oficiales el 24 de julio, lo mismo que aquel.

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Fallecido según los datos disponibles, el 15 de diciembre de 1935, su muerte no fue anunciada por los malandrines que le rodeaban sino el día 17, fecha para la que su cadáver comenzaba ya a apestar' pero que afortunadamente era también la del deceso de Bolívar. Así, otra falsificación haría coincidir a ambos ‘padres de la patria’ más allá de la vida.

Luego, la farsa continuó con un imponente funeral de Estado, faraónico acontecimiento al que las multitudes acudieron a llorar al corrupto tirano que los había gobernado como un hacendado maneja su feudo, derecho de pernada incluido' más, todavía ¡Goméz era Venezuela!

Parafraseando a Hegel, decía Marx –en El dieciocho brumario de Luis Napoleón Bonaparte– que todos los grandes hechos y personajes de la historia se producen dos veces, mas una como tragedia y otra como farsa.

De ese decir, sin embargo, parece que no han aprendido nada ni los “marxistas” ni los “pueblos” a los que aquellos dicen representar, pues la historia, sobre todo en esta América nuestra, como una noria, parece seguir dando vueltas entre farsas y tragedias.

Quizá por eso, aún hoy, y así sea entre momias y malos olores, no faltan multitudes que lloren a los tiranos.

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