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Literatura

Tentados por la palabra

Actualizado el 09 de enero de 2011 a las 12:00 am

A dos manos Algunos de los más importantes pintores de Costa Rica cultivaron la literatura

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                         (1935), óleo del escritor y pintor  Carlos Salazar Herrera (1906-1980).Paisaje Campestre
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(1935), óleo del escritor y pintor Carlos Salazar Herrera (1906-1980).Paisaje Campestre

No es raro que pintores y artistas plásticos cedan a la tentación por la palabra. Aunque en apariencia lejanas, la imagen plástica y la imagen literaria tal vez no lo sean tanto. La metáfora, imagen literaria por excelencia, es solo la relampagueante construcción de una figura “plástica” en nuestra conciencia: un rebaño de estrellas, el desasosiego del mar, las ruinas de tus ojos' Desde este punto de vista, escribir es simplemente dibujar con palabras en la mente del lector.

De quienes cultivaron con acierto ambos lenguajes, Miguel Ángel Buonarroti tal vez sea la figura paradigmática, aunque el británico William Blake también sobresale por su vocación de pintor y poeta. Las cartas de Vincent van Gogh a su hermano Teo revelan asimismo la capacidad de Vincent de servirse de la palabra, aunque no fueran escritas con fines propiamente literarios.

Sin duda, menos frecuente es que los escritores se aventuren al dominio de la expresión plástica, aunque hay excepciones, como Federico García Lorca con sus célebres dibujos o Ernesto Sabato y sus pinturas de la vejez.

Innumerables escritores han dejado constancia, en sus textos, de su fascinación por el arte plástico. Para no ir lejos, mencionemos la crítica plástica del gran poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas y los ensayos de Eunice Odio sobre la plástica mexicana.

En Costa Rica son varios los artistas plásticos que han cultivado de manera sistemática la expresión literaria, hasta el punto de que es imposible establecer la preeminencia de una vocación sobre la otra. Entre ellos destacan Max Jiménez (1900-1947), Carlos Salazar Herrera (1906-1980) y Francisco Amighetti (1907-1998), nacidos todos en el primer decenio del siglo XX.

Más recientemente, otros artistas plásticos también se han aventurado al mundo de las letras. Mencionemos a Otto Apuy (narrativa), Xila Chanto (poesía), Ricardo Ulloa Garay (narrativa breve y poesía), Rolando Garita (poesía), José Miguel Rojas (poesía) y Virginia Pérez-Ratton (poesía), aunque probablemente haya muchos más.

Hace poco, la editorial de la UNED publicó un volumen de cuentos del pintor costarricense Manuel de la Cruz González Luján (1909-1986), libro destacable por la calidad de los textos y también porque estos habían permanecido inéditos. Alí Víquez, prologuista del volumen, refiere que resultaron infructuosas sus averiguaciones para trazar el rastro del manuscrito y determinar por qué los cuentos se mantuvieron inéditos.

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La mayoría de los cuentos están datados por su autor entre los años de 1955 y 1956, y fueron escritos en Maracaibo, Venezuela. Con una sola excepción, todos se refieren a la realidad costarricense.

La publicación de este libro acrece aquel grupo de “escritopintores” costarricenses nacidos en la primera década del siglo pasado y le confiere mayor diversidad.

Quizás no se haya enfatizado suficientemente en el hecho de que este notable grupo de creadores cultivase continuamente la expresión literaria y la expresión plástica, y menos aún se han indagado las influencias, cruces y determinaciones que puedan existir entre estos dos lenguajes, en cada caso particular y en todos ellos.

Expresionismo. Los contornos del expresionismo están acaso mejor perfilados en las artes plásticas que en la literatura, pero se ha señalado muchas veces el influjo expresionista en la narrativa de Jiménez y de Salazar Herrera: esa condensación de las imágenes exacerbando algunos rasgos, ese afán deliberado por introducir la subjetividad del creador en la obra –subjetividad crispada, exasperada–, esa renuencia a crear una imagen literaria como mero reflejo o “copia fiel” de la realidad.

En sus textos narrativos, Jiménez y Salazar Herrera abordan ante todo la realidad del campo y del campesinado costarricense. Con trazos gruesos y precisos, dibujan un mundo cruel, donde a veces asoma la ternura (Salazar Herrera), pero donde prevalecen los atavismos y la bestialidad (Jiménez).

Por su lado, la obra plástica de Jiménez es asimismo coherente con la estética expresionista, en tanto que las xilografías de Salazar Herrera denotan ese mismo influjo, aunque atemperado y dulcificado, como ocurre en sus magistrales cuentos. Además de sus cuentos y de su cuasinovela El jaúl , Jiménez fue autor también de dos libros de poesías: Gleba y Quijongo .

Como el romanticismo, el expresionismo, exagera la subjetividad del creador que irrumpe en la obra (plástica o literaria) hasta ocupar a menudo el primer término.

En cambio, la sensibilidad romántica encuentra consuelo y desfogue en la ensoñación con otros tiempos y culturas –o bien en una mirada bucólica sobre el campo y lo rural–, mientras que tales consuelos han desaparecido en la sensibilidad expresionista, dominada por un ánimo escéptico y sombrío. Todo ello lo percibimos con claridad en la obra de Jiménez y de Salazar Herrera.

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Al igual que Jiménez, Amighetti cultivó –como escritor– tanto la narrativa como la poesía, aunque su obra en prosa es de naturaleza autobiográfica. La poesía de Francisco Amighetti se distancia ostensiblemente de la sensibilidad expresionista y nos lleva a menudo a un terreno reflexivo y apacible.

No es extraño que, en sus poemas, Amighetti aborde temas relacionados con su quehacer plástico. Así, el poeta canta al grabador y, muchas veces, el grabador se pone al servicio del escritor, ilustrando sus libros de viajes y sus poemarios. Al igual que Amighetti, Salazar Herrera y Jiménez ilustraron sus libros, tendiendo un puente y estableciendo un diálogo entre las dos formas de expresión.

Aunque la poesía de Francisco Amighetti se aparta en líneas generales del expresionismo y adopta un tono más íntimo y más equilibrado, su obra plástica, en general, tiende a encuadrarse dentro de esa estética. Así, podemos hablar del influjo expresionista sobre este grupo de “escritopintores” costarricenses nacidos en la primera década del siglo XX.

...y Manuel de la Cruz. Diferente es el caso de Manuel de la Cruz González Luján porque sus escritos se publicaron recientemente, y también porque el contraste entre su expresión plástica y los cuentos recién conocidos no puede ser mayor.

A diferencia de sus coetáneos, en su plástica, González se aparta decididamente del expresionismo.

En principio, el expresionismo y la abstracción geométrica se encuentran en las antípodas, habida cuenta de la preeminencia de lo puramente formal y la virtual anulación del sujeto implícitas en la abstracción, especialmente en la geométrica (desde luego no puede decirse esto del expresionismo abstracto de un De Kooning ni de las obras que en esta tesitura creó Felo García).

Lo mismo que la narrativa de Jiménez y de Salazar Herrera, González aborda, en sus cuentos, la realidad del mundo rural y campesino de la Costa Rica de la primera mitad del siglo XX. El retrato que de ella nos ofrece es coincidente con el de sus coetáneos pues González resalta su carácter opresivo y brutal, atávico y bestial.

En sus cuentos, el autor revela una capacidad notable para servirse de la palabra con fines literarios. También se nota un conocimiento profundo de la psicología y el habla de sus personajes, y de las estructuras narrativas, casi siempre trastocadas en su temporalidad con propósitos expresivos.

Al igual que Salazar Herrera en sus cuentos, González Luján roza en los suyos la frontera del expresionismo, sin cruzarla como sí lo hará Max Jiménez en sus obras narrativas.

La obra literaria de estos “escritopintores” se diferencia de la estética propiamente realista que cultivará la mayoría de los escritores de la llamada “generación del 40”, particularmente Carlos Luis Fallas, Adolfo Herrera García y Fabián Dobles.

Como anotó certeramente Álvaro Quesada Soto, en los libros de todos ellos encontramos dos versiones diferentes de la crisis del proyecto liberal-oligárquico de las primeras décadas del siglo XX: una crispada por el claroscuro expresionista, la otra insuflada por el llamado épico a la revolución socialista.

A la distancia de medio siglo, las diferencias que hay entre esas dos versiones tienden a desdibujarse y las semejanzas ganan relieve. Al fin, en la narrativa de Joaquín Gutiérrez se sintetizan y conjugan ambas visiones.

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