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Siria: nada nuevo, la eterna tragedia

Actualizado el 25 de junio de 2012 a las 12:00 am

El fracaso de la ONU responde una vez más a los intereses de las potencias

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Siria: nada nuevo, la eterna tragedia

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Las noticias que recibimos de los acontecimientos en Siria son cada vez más alarmantes y trágicas. Por mucho menos, países de la región como Egipto, Túnez y Libia, lograron deshacerse de gobiernos que, finalmente por la presión popular y diferentes grados de intervención internacional, fueron destituidos.

La gran tragedia en Siria es humana, cuya magnitud y duración parecieran no ser suficientes para una acción contundente de la comunidad internacional que, a través de la ONU, no ha logrado generar un cese de hostilidades. Más bien, durante la presencia de la ONU en el país, se han generado dos de las matanzas más crueles, en Al Haula (108 muertos, 49 niños) y en Homs (92 muertos, 32 niños).

El fracaso del liderazgo de la ONU para mediar en los conflictos internacionales responde una vez más a los intereses de las diferentes potencias, que no han logrado consenso en el Consejo de Seguridad para una condena unánime a las atrocidades cometidas por el régimen sirio contra su propia población y para encontrar una solución definitiva al conflicto. En el mejor de los casos las condenas de la ONU han resultado en un saludo a la bandera.

Lamentablemente, esta situación en Siria no es nueva. En el año 1982 Hafez Al Assad, padre del actual presidente Bashar al Assad, reprimió violentamente protestas en Homs con un saldo de más de 30.000 muertos. La represión del régimen actual alcanza ya los 13.000 muertos, 500.000 desplazados internos y 73.000 refugiados.

La complejidad de la situación hace muy difícil lograr una solución a corto plazo, sobre todo por la composición étnica y religiosa de Siria. La minoría alauita (una rama del chiísmo) que representa 12% de la población y a la que pertenece Bashar Al Assad, domina el partido único Baaz que tomó el poder hace 42 años. Otras minorías como los chiitas y los cristianos, están aliados con los alauitas. La mayoría de la población es sunita, confrontados y reprimidos por el régimen que fomenta un odio sectario, a lo que se aferra para perpetuarse en el poder y acusar a sus adversarios de terroristas y desestabilizadores.

La composición de la oposición en Siria es compleja y muy plural. Existen tendencias muy diversas, como activistas de derechos humanos, islamistas moderados y nacionalistas, así como blogueros en las redes sociales, encargados de transmitir la revolución. No existe un liderazgo visible que motorice los esfuerzos y deseos de cambio de la oposición. El Consejo Nacional Sirio (CNS) en el exterior no está bien coordinado con los rebeldes desertores del Ejército Libre Sirio, ni tampoco con los Comités de Coordinación Local que tratan de gestionar la resistencia.

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Una intervención internacional dispararía un conflicto regional de grandes proporciones debido a la posición de Siria en el contexto geopolítico. Irán, su principal aliado y suplidor de petróleo y armamento, controla también al movimiento terrorista Hezbolá en el Líbano y las sanciones debido a su programa nuclear la enfrentan a gran parte de la comunidad internacional. Turquía, hasta hace poco principal socio comercial de Siria, condena enérgicamente dicho régimen y busca consolidarse como líder de un nuevo orden regional. Rusia y China en su rol de proveedores de armas a Siria, evidencian no tener intención de enfrentar al régimen actual con condenas que los alejen de un rol estelar en la solución del conflicto.

Todo esto ha sido aprovechado por Bashar Al Assad, quien el 30 de octubre pasado declaró: “Siria es una falla en el terreno regional y un ataque incendiaría Oriente Próximo”.

Los crímenes y la impunidad no pueden quedar a merced de los intereses de turno y el derecho a la vida y la seguridad no son negociables. En tanto la comunidad internacional unida no actúe decididamente, la población de Siria seguirá siendo carne de cañón para los más perversos fines del régimen y sus aliados y continuará pagando, con su sangre, su derecho a una vida mejor.

Joseph A. Gabriel. Director Comisión de Derechos Humanos de Bnai Brith – Distrito XXIII

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