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Sigo siendoel rey

Actualizado el 21 de abril de 2012 a las 12:00 am

Reyes de aquel lado; diputados, ministros y otros de este, muestran la misma desfachatez

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Ni la frase con la que se titula este artículo de opinión ni mucho menos aquella de “más vale pedir perdón que pedir permiso” tienen nada de serio. Sin embargo, fue lo que nos dio a entender nada menos que el rey de España y que le dio la vuelta al mundo, como excusa de su desafortunada aventura en el África.

¿Cuántas de las disculpas que a menudo escuchamos provienen del fondo del corazón y cuántas serán solo para salir del paso como esta palaciega con la que nos salió don Juan Carlos?

Quien es capaz de fotografiarse con una pieza de cacería, a manera de trofeo, como un hermoso elefante recién abatido, es porque presuntamente es diestro en el uso de las armas, en este caso fusiles de alto calibre; porque acostumbra apuntarse a estas matanzas y, lo que es más grave, porque es capaz de tirar de un gatillo con gran frialdad para acabar con la vida de un animal, que nunca estará de sobra en la viña del Señor. Que un hombre de más de setenta años participe en semejante matanza es porque algo de desquiciado debe tener, trátese de un rey o de cualquier otro mortal. Ya a esa edad no se está para chiquilladas. Si la excusa fuera una demencia provocada por su edad avanzada, ¡por favor no lo dejen solo! Me imagino que para ser rey no solo hay que serlo, sino también aparentarlo.

El gasto en que incurrió en esta aventura decimonónica, que no debe ser nada despreciable, no le debería preocupar al mundo excepto a los propios españoles que se deben haber sentido, con justa razón, estafados por la forma en que la Corona invierte sus propios dineros.

El actuar del monarca da lugar a una reflexión obligada: pareciera que la frescura como los políticos en nuestro medio dan excusas, atribuyendo sus faltas graves a simples descuidos, bien podría tener un origen en la Colonia y podríamos suponer que nos fue heredado por los conquistadores, que lo trajeron del otro lado del mar océano.

Hoy día, reyes de aquel lado y diputados, ministros y otros funcionarios de alto rango de este lado, proceden con la misma desfachatez a la hora de rendir cuentas, sin que nada pase, excepto el repudio de la opinión pública, a la que ya están acostumbrados y que sortean con un capote al grito de “olé” de todos sus cómplices.

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Si las monarquías son repudiables en pleno siglo XXI, agréguenle todas las faltas que cometen algunos miembros de la familia de palacio y que han ido saliendo a la luz pública, para que baste decir que están de sobra en el planeta.

¿Qué culpa tienen los habitantes honorables de países civilizados de haber heredado este lastre histórico? Sentido pésame.

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