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Servidores servidos

Actualizado el 14 de agosto de 2012 a las 12:00 am

De repentepululan nuevas formas veladas de servidumbres...

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Mi colaboración anterior fue ante todo y como siempre un divertimiento para mí mismo: me motivó el reflexionar sobre el vocablo “servicio” que ahora figura por doquier. “Hemos puesto el corazón en ofrecerte el mejor servicio...”, pone IBERIA, por su alianza con otras dos líneas aéreas. Por mala traducción mental del “you” inglés pretenden igualarle a uno, en segunda persona, cosa que ocurre en clímax con la manía local del hacé, comprá, etc.: molesta, esa familiaridad sin conocerle a uno. Por allí, desde un carro destartalado, ofrecen “servicio de chapia” (sic). Ahora pretenden que todo sea servicio, uniformado y plastificado, a la gringa.

Quiero volver a pensar en voz alta acerca de “servidor” y su increíble evolución en el tiempo. Cómo no, un objeto “sirve”; pero cuando una persona “sirve”, de manera casi involuntaria uno piensa en “servidumbre” y en formas directas o indirectas de esclavitad. Tolstoi en su cuento “Después del baile”, hermoso (por su escritura) y horrible (por la temática), nos subraya que hubo otros tiempos... No muy lejos de esa época, pero en latitud distante, Martí narra cómo de joven le impresionó cuando a un “bruno” lo castigaban: el siervo tenía que aprender su posición a base de latigazos.

Todavía en español contemporáneo, si es guatemalteca o colombiana, la sirvienta puede que conteste... servilmente, con un ¿mande? que no deja de evocar relación clasista y colonial. Estamos demasiado acostumbrados a pensar solamente a partir de nuestros contemporáneos esquemas de pensamientos, por lo que difícil resulta ahora comprender que por ejemplo tanto en francés (con aquel “serviteur”) como en alemán (con el saludo un poco campesino pero todavía usual de “servus”) encontramos equivalentes a nuestro “a la orden” (del que felizmente ya no resentimos el sentido clasizante).

También la famosa respuesta al ángel, de parte de la Virgen María como “ancilla Domini”, la sierva del señor... sirve en ese mismo sentido. Y pienso en el pueblo eslavo y una nueva entidad política que se llama Serbia: todo remonta a una relación de amo-señor vs. dependiente feudal de sumisión y hasta esclavitud. Aún en el siglo XIX aquello de persona y de libertad individual no era tan evidente.

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En cambio, ahora, hasta en las constituciones figura que no hay siervos... y menos, menguados. ¡Así reza el canto patriótico nuestro! Desde luego, tiene que haber un “patrón”, una jerarquía, el que manda; puede ser propietario del negocio donde trabajo, lo cual no lo hace dueño de mi dignidad. Pero ya se sabe, el papel aguanta lo que le ponen; otra cosa es la realidad. De repente pululan nuevas formas veladas de servidumbres. Lo contratan a uno por “servicio”, es decir, poco menos que a destajo, sin garantías sociales, sin visos de permanencia: hasta luego y adiós: es la nueva moda neoliberal.

“Grandeza y servidumbre” es el título de un excelente libro de Chateaubriand. Curiosa resulta la aplicación muy de fines del siglo XX y principios del XXI de ese enlace a través del cual nos comunicamos en forma electrónica con el mundo: el “servidor”. Alabados todos los dioses y duendes por ese progreso vertiginoso en comunicación.

Solo que, como comprobé regresando de reciente congreso, los jóvenes, cada vez más, si no dependen de un interruptor para cargarse las pilas, se encuentran sujetos a la potencia de una antena, un servidor, pues... : surgió otra forma de sujeción y, para hablar en claro, de servidumbre y dependencia. Servidor de ustedes, los dejo.

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