Archivo

Semiosis de la imagen

Actualizado el 14 de marzo de 2013 a las 12:00 am

Un anuncio de blue jeans: una pareja de jóvenes; ella abrazada a él

Archivo

Semiosis de la imagen

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

San José, Costa Rica. Superficie posterior de un autobús. Voy en carro, justo detrás del vehículo. El anuncio ocupa un área aproximada de un metro y medio cuadrado. Descomunal. Me aplasta, me avasalla. Para cualquiera que vaya a la zaga del autobús, la visión se torna impositiva, totalitaria, no hay forma de escapar a ella. Además, con el vaivén del bus, nos produce la ilusión de dinamismo, de estar animada de vida, de movimiento, como si de un cinematógrafo se tratase.

La imagen es muy simple. Un anuncio de blue jeans. Una pareja de jóvenes, ella abrazada a él. Lo que salta a la vista –más aún, que nos quema las pupilas y horada nuestra conciencia– son las nalgas de la muchacha. En primer -¡primerísimo!- plano. Túrgidas, planetarias, tectónicas, hechas para jalar cualquier ojo masculino. Todo lo demás queda en segundo plano. No es una muchacha con bonitas nalgas: son dos nalgas de las que va adherida una muchacha.

No hay intimidad entre la pareja. No se miran el uno al otro, no comparten nada, no tienen un universo común. Ambos le sonríen al mundo. Nos “sacan los ojos” con su bienaventuranza, nos dicen: “¡Miren qué felices somos! ¿No les gustaría ser como nosotros?”. Felicidad, así pues, ostentosa, excéntrica, no concéntrica: todo hacia afuera, hacia adentro nada.

La mujer va abrazada –por poco colgada– al macho. Como una mandrágora, como un helecho sobre un recio árbol: el tipo de relación simbiótica que podríamos describir como parasitismo, o inquilinismo. Él tiene existencia autónoma: ella no vive sino en él, por él y desde él.

Él es guapetón, lleva la camisa abierta, el pecho depilado, cuadritos, el tórax cual basáltico farallón, pelo picudo (eréctil, agresivo, fálico). Nos mira de frente. Ella, por el contrario, está de espaldas, nos mira hacia atrás, ofreciéndonos, primariamente, su trasero. Como sabemos, todo animal, todo ser humano es más vulnerable por la espalda que cuando es encarado de frente. Así pues, mujer vulnerabilizada, hombre en posición de defensa.

Nos proponen un modelo de vida. “¡Sea como nosotros!”, es lo que sus sonrisas parecen decirnos. Orgullosa la de él, pasivamente satisfecha la de ella: la hembra segura en brazos del macho alfa. Pero, de nuevo, no se miran: nos interpelan, viven “para nosotros”, no percibimos entre ellos nada que se asemeje a la ternura.

PUBLICIDAD

Las nalgas de ella son el punto de fuga y el eje de la composición. Hay un nombre para la patología sexual consistente en ser incapaz de excitación si no es a través de la visión o estimulación de las nalgas: se llama pigofilia. Forma parte de la adorable y variopinta variedad de las parafilias; esto es, anomalías en las cuales la cópula es irrealizable sin el aderezo de ciertos fetichismos y fijaciones más o menos retorcidos. Costa Rica es un país de pigófilos y de pigófilas. Pasamos por el mundo viendo nalgas. Tal dictamen puede no sonar muy bonito, pero es la verdad. A ver, amigos, amigas, como dirían los gringuitos: prove mewrong: demuéstrenme lo contrario. El imperio de las nalgas. En eso no diferimos de los mandriles o los babuinos de Borneo, que exhiben sus nalgas –hinchadas, turgentes, rojizas– cada vez que se excitan.

Los blue jeans se llaman “alza colas”. Un zoomorfismo: solo los animales tienen colas o rabos. Asimilar al ser humano a la bestia. Como cuando, para referirnos a una mujer –o a su vulva–, la llamamos cabra, cabrilla, mulón, yegua, tarántula, terciopelo, bicho, perra, zorra, sapo, chucheca, barracuda, loba o gata. Isomorfismo mujer-animal.

¿A quién va dirigido el anuncio? Como señalamos, lo primero que captura nuestra atención son los glúteos himaláyicos de la muchacha, por supuesto. Así que los hombres serán los primeros en ver el anuncio. Pero, en última instancia, la usuaria de la prenda va a ser la mujer. Porque lo que el anuncio nos dice es lo siguiente: “Si usted quiere que la quieran –que la abracen y sostengan así– tiene que tener un par de nalgas de este calado. Y para ello tiene que usar este tipo de pantalón”. Y por complacer a su varón, la mujer correrá comprarse el blue jeans , o a inflarse las nalgas con toda suerte de emplastos sintéticos. Condición para la felicidad: tenga buenas nalgas. La pigofiliocracia. El mensaje para el hombre –que también viste blue jeans, pero no está en posición vulnerable– es: “Si usted quiere una nena así, use blue jeans , y exíjale a ella ponérselos también”. Es una estructura de poder: ¿aspira usted, amiga, a tener a un hombre de estas características, poder colgársele del cuello de esa manera, sentirse segura, corroborada en su ser? ¡Pues desarrolle sus nalgas y exhíbalas en majestuoso altorrelieve con blue jeans “alza colas”!

PUBLICIDAD

Mandatos, mandatos y más mandatos. Y nosotros, por supuesto, corremos a acatarlos, dóciles y aquiescentes. “Este es el tipo de mujer que usted necesita, este es el tipo de hombre que usted necesita”, por decreto del Mundo. ¿Cómo entrar en el Valhala, cómo pertenecer a esta raza de proto-hombres y proto-mujeres? ¡Pues usando blue jeans que proclamen la parte más noble y egregia de su anatomía: las adiposidades que rodean ese hiato anatómico que hace las veces de conducto defecatorio llamado ano!

He ahí la visión beatífica, empírea, de felicidad erótica que nos propone el anuncio en cuestión. ¿El autobús? No logré determinar a qué ruta pertenecía. Tuve que seguirlo desde el parque Morazán hasta Tibás, eso es todo cuanto sé. Ahí lo verán ustedes, y ya me dirán qué impresiones les suscita la imagen. Apoteosis del trasero femenino en el trasero de un bus. No solo es mujer-animal: es mujer-máquina.

No dudo que el anuncio sea eficaz en términos publicitarios. Felicito a quienes lo concibieron. Sin duda, contribuirá a la filantrópica gestión consistente en que alguien se haga rico vendiendo blue jeans que cantarán los loores del nalgatorio femenino. Así que la finalidad inmediata se logró. Pero, señores publicistas, ¿se han puesto ustedes a pensar en la finalidad secundaria? ¿En el propósito del propósito? ¿En la consecuencia última? ¿En la suma de antivalores que su imagen promueve? ¿En el modelo de hombre y de mujer que postula y propone para emulación del mundo? Pues piénsenlo, piénsenlo. Para mí, esto lesiona la humanidad, sí: un crimen de lesa humanidad. Debería ser penado, sancionado por la ley. Porque genera infelicidad, embrutecimiento, frustración, agresión, porque hace de nosotros una sinécdoque ambulante (sinécdoque es la figura literaria que consiste en designar el todo por la parte: pars pro toto: por ejemplo, cuando decimos “mire que buen trasero viene ahí”, para aludir a una mujer).

Fragmentación del cuerpo, desmembramiento, desintegración del principio de unidad ontológica. Somos nuestras nalgas: he ahí lo que postula la imagen que he analizado.

Ahí tienen, la cultura que hemos creado. Nuestra segunda naturaleza. El infierno que nos hemos inventado. Nos restan ahora dos opciones: habitarlo plácidamente, o intentar transformarlo. Yo voy por lo segundo.

  • Comparta este artículo
Archivo

Semiosis de la imagen

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota