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EDITORIAL

Resurgimiento del racismo

Actualizado el 19 de agosto de 2012 a las 12:00 am

Las democracias tienen el deber de mirar con desconfianza a quienes, en cualquier punto del mundo, pregonan bondades imaginarias, inspiradas porel racismo

El extremismo nazi dejó de ser monopolio de Alemania y tampoco se limita al Viejo Continente

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En una concentración pública de grupos xenófobos de la ultra derecha alemana, el año pasado, en Berlín, fue notoria la participación de una organización neonazi, poco conocida hasta entonces. La presencia de cultores del Tercer Reich en una demostración de racistas adversos a la inmigración fue preocupante, sobre todo por la apariencia de normalidad que les confería exhibirse públicamente del brazo de núcleos conocidos del elenco radical. Identificarse así, a plena luz, señalaba un cambio de fachada y de estrategia para los extremistas de derecha, acostumbrados a operar en la clandestinidad.

Aun en esa fecha, prevalecía entre las fuerzas policiales alemanas la noción de que el terrorismo de derecha era insignificante y carecía de “estructuras detectables.” Un amplio examen de la revista Spiegel, puntualizó que esa errónea lectura del ámbito radical obedeció al énfasis puesto en el extremismo islámico por los órganos de seguridad.

En gran parte, ese énfasis fue resultado de los trágicos hechos del 11 de setiembre del 2001, en Nueva York, Washington y Pensilvania, que condujeron a numerosas naciones, particularmente en Europa, a concentrar sus investigaciones en los islamistas locales e internacionales. El tema revistió especial urgencia para Alemania porque algunos terroristas involucrados en los atentados tuvieron su base en Hamburgo.

Esa visión parcial empezó a cambiar recientemente. El año pasado, una serie de asesinatos sin resolver llevó a los investigadores a un examen más hondo, cuyas conclusiones se extendieron hasta abarcar a elementos neonazis.

La preocupación de los órganos de seguridad aumentó, asimismo, a la luz del crecimiento del neonazismo. Un indicador bastante certero es la afiliación al Partido Nacional Democrático de Alemania, que alcanzó alrededor de 5.000 miembros el año pasado. Es una cantidad relativamente baja en una población de 82 millones, pero la agrupación ha ganado escaños en la Asamblea Estatal. Por fortuna, su número es insuficiente para ascender a la Cámara Baja del Parlamento nacional, el Bundestag.

Las organizaciones nazis están prohibidas en Alemania. No obstante, difícilmente podría la Policía escudriñar la ideología de quienes simpatizan con el antisemitismo, o el credo de los que apoyan la expulsión violenta de turcos y otras minorías que engrosan las filas de los obreros. Hay, de igual manera, organizaciones informales de ayuda a los reos pro nazis en las cárceles y redes para apoyar acciones violentas.

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Como bien indica un despacho de Patrick Donahue, en Bloomberg, “las organizaciones neo nazis son más radicales que los mayores grupos anti inmigración de Alemania, debido a su apoyo implícito a un Estado autoritario –un Estado Fuhrer– sobre el esquema del Tercer Reich”.

Pero el extremismo nazi dejó de ser monopolio de Alemania. En Gran Bretaña, Francia, Países Bajos y las naciones de Escandinavia y Europa Oriental, entre otras, los símbolos nazis forman parte de la escenografía de “punks”, devotos de la supremacía blanca y otros grupos similares. Tampoco están restringidos al Viejo Continente ni son los obreros turcos o africanos su único objetivo.

En Estados Unidos, hace dos semanas, un enajenado seguidor de la preeminencia blanca y de Hitler, se introdujo en un Templo Sikh de Wisconsin, donde asesinó a sangre fría, con un arma de fuego, a seis participantes en el servicio religioso. Hubo numerosos heridos y el asaltante se quitó la vida al verse sitiado por la Policía. Entre sus objetos de adoración diaria se encontraron los símbolos nazis. En Estados Unidos funcionan numerosos núcleos pronazis, dados a realizar eventos públicos, así como un preocupante número de cultores de la supremacía blanca en cuyos ritos predomina el uso y exhibición de símbolos del credo hitleriano.

Tampoco es prudente olvidar la añeja efervescencia fascista, todavía presente en Suramérica, principalmente en Argentina, pero también en Brasil, Paraguay y Bolivia, refugios de jefes nazis que huían de Alemania al final de la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad, el racismo se difunde por frentes diversos, la mayoría xenófobos, como es dable observar en Asia y África, particularmente en naciones con minorías étnicas o religiosas. La expansión mundial del racismo, con diversidad de caras, evidencia que la plaga no se agotó con el derrumbe del nazismo ni la muerte de Hitler.

El control absoluto de la población, así como de grupos de diversa índole escogidos por el régimen o el partido, es un elemento central de sistemas totalitarios como los de Hitler y Stalin. En ambos, la regla operativa era similar: invadir el ámbito personal, familiar y económico, para discernir algún detalle que permitiera edificar un caso punible.

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Sobre esas líneas Hitler desató la ira de sus prejuicios contra los judíos y en menor grado contra otras minorías. Por su parte, Stalin variaba frecuentemente su nómina de objetivos pasando de los genéricos, como los capitalistas o los rusos blancos, a los más específicos, como los médicos judíos. El reino del terror no tenía otro límite que el ánimo del jefe absoluto.

Estos antecedentes deberían informar a la ciudadanía de naciones donde algún aspirante a regir sus destinos abrigue odios étnicos, religiosos o sociales. Antagonismos nacidos de sentimientos infundados tienen la capacidad de crecer rápidamente y convertirse en plagas discriminatorias y destructivas de las libertades fundamentales. Por esta razón, las democracias tienen el deber de mirar con desconfianza a quienes, en cualquier punto del mundo, pregonan bondades imaginarias, inspiradas por el racismo.

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