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EDITORIAL

Resistencia a la educación sexual

Actualizado el 16 de junio de 2012 a las 12:00 am

Hecho el retrato de la tragedia del embarazo de adolescentes, sorprende la resistencia en círculos políticos y religiosos a encarar la realidad

Nada hay objetable en la promoción de la abstinencia y el matrimonio, pero hacerlo a costa de la educación sexual es agravar los problemas

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La serie de reportajes de La Nación sobre el problema del embarazo de adolescentes dejó pocos ángulos pendientes de explorar. El drama de las jóvenes madres, la pérdida de oportunidades en lo educativo y laboral, los riesgos para la salud, el inesperado peso recaído sobre las familias obligadas a asumir responsabilidades de crianza –muchas veces depositadas en hombros de los abuelos– la ignorancia creadora de peligros más allá del embarazo y la alarmante estadística nacional configuran un cuadro de espanto.

Más allá de los efectos individuales del embarazo adolescente, sus consecuencias económicas y sociales son bien conocidas. Perpetúa el círculo de pobreza de las familias necesitadas y precipita a otras hacia la precariedad económica. En muchas ocasiones, produce hombres y mujeres proclives a engrosar las filas de la delincuencia. Las estadísticas en todo el mundo acreditan la relación entre el nacimiento en la pobreza o el abandono, y la criminalidad.

Hecho el retrato de la tragedia, sorprende la resistencia en círculos políticos y religiosos a encarar la realidad. La antipatía hacia la educación sexual, salvo la orientada a insistir en la abstinencia, el matrimonio y los valores morales tradicionales, apenas se disimula. Los 14.000 embarazos de adolescentes por año y sus consecuencias no hacen mella en la rigidez axiológica de los opositores a la formación sexual de la juventud.

El caso de estudio es la municipalidad de Barva de Heredia, donde los regidores no consiguieron aprobar un programa educativo promovido por la alcaldesa y bienvenido para los centros educativos de la zona, consistente en utilizar bebés robots para crear conciencia en los jóvenes sobre las responsabilidades y dificultades de la paternidad.

La aprobación del programa no fue posible por diferencia de dos votos. Los regidores opuestos señalan “lagunas espirituales” relacionadas con la necesidad de enfatizar la abstinencia y promover la procreación en el marco del matrimonio. Temen, además, la posibilidad de un resultado improbable: “El proyecto no explica si el uso de esos muñecos fomenta las relaciones sexuales entre los jóvenes. Este bebé robot les puede abrir los ojos de forma negativa a las chiquitas que no saben nada de eso”, explicó uno de los regidores.

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Las declaraciones merecen tres comentarios. Primero, no puede verse como casual el énfasis puesto en el género femenino como urgido de orientación sobre paternidad responsable. La preocupación es por “las chiquitas”, no por los niños, cuyos ojos se presumen “abiertos” o, cuando menos, preocupa poco si permanecen “cerrados”.

En segundo lugar, parte de una peligrosísima confianza en la ignorancia. Mientras mantengan los ojos “cerrados”, las chiquitas no estarán en peligro, cuando la realidad demuestra exactamente lo contrario. Además, haría falta explicar por qué hablarles de abstinencia y del goce del sexo dentro del matrimonio no tiene la virtud de “abrir” los ojos.

Por último, es difícil establecer la relación lógica entre la incitación al sexo y un programa diseñado para demostrar la difícil responsabilidad de la paternidad. No cuesta trabajo comprender la frustración expresada por la alcaldesa frente a las razones esgrimidas para cuestionar el programa.

Nada hay objetable en la promoción de la abstinencia y el matrimonio, pero hacerlo a costa de la educación sexual, incluida la transmisión de conocimientos sobre métodos anticonceptivos, es contribuir con la tragedia retratada por La Nación en los reportajes de la última semana. Pensar que la mera insistencia en los valores tradicionales disminuirá las alarmantes estadísticas es una dramática desconexión de la realidad.

Basta preguntar a la Iglesia católica sobre el grado de éxito obtenido al predicar, entre sus feligreses, el carácter pecaminoso del uso de anticonceptivos. La mayoría de esa población, respetuosa de su Iglesia e inclinada a prestar atención a sus enseñanzas, los utiliza, según encuestas realizadas en muchos países. En algunos, como los Estados Unidos, más bien favorece la inclusión de tratamientos anticonceptivos en los planes de salud pública.

Si en tantos años la Iglesia no ha conseguido evitar esas conductas entre sus propios fieles, la lógica aconseja no confiar tanto en la capacidad de sus prédicas y otras similares para evitar el embarazo de adolescentes.

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