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EDITORIAL

Represión en Rusia

Actualizado el 12 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Con Putin en el poder, la autonomía en las actuaciones individuales de los rusos retrocedió ante el ascenso del dominio policial y represivo

Lamentablemente, la postura occidental ha sido tolerante en exceso frente a las actuaciones iracundas del gobernante

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Vladimir Putin, exoficial de la KGB soviética, ha demostrado una creciente inclinación al autoritarismo a lo largo de sus 13 años de prolongada presidencia en Rusia, además de un intervalo como primer ministro. En la medida en que logró administrar a su gusto la agitación y propaganda de sus conciudadanos, se veía contento y satisfecho.

Es claro que normas drásticas para reprimir a la población, introducidas bajo el manto de Boris Yeltsin en la década de los 90, se cernían amenazantes sobre las libertades prevalecientes conforme al plan presidencial de Putin. Sin embargo, la agudización de las manifestaciones, culminando con las de 2011 para protestar contra los resultados de los comicios parlamentarios, considerados ampliamente como fraudulentos, pusieron a prueba la vocación cívica de Putin.

De seguido, el Kremlin aceleró los atropellos para frenar el ímpetu de las demostraciones. Líderes del movimiento de protestas pararon en prisión, manifestantes fueron detenidos y un alto número de ellos encararon procesos judiciales acusados de una variedad de delitos comunes. Hasta el momento no ha habido mayor empeño de los fiscales para definir judicialmente la situación de miles de manifestantes, en su mayoría estudiantes y profesionales jóvenes. Desde entonces, la represión ha ido en aumento, obligando a muchos a viajar al exterior para burlar órdenes de arresto.

Este trasfondo de violencia contra la ciudadanía se agudizó a raíz de las manifestaciones por la reelección de Putin para un nuevo periodo ampliado de la Presidencia en el 2011. No obstante, la persecución de las fuerzas policiales hizo reconsiderar a muchos que finalmente permanecieron en sus hogares.

En el presente año, la persecución se ha incrementado. Putin pretendió desacreditar a dirigentes cívicos, atribuyéndoles la comisión de delitos comunes. Sin embargo, miles de participantes convergieron la noche del 6 de mayo último en una céntrica plaza de Moscú, donde se inició una marcha. Además de los estratos jóvenes, se notó la incorporación de jubilados al movimiento. Fuentes policiales estimaron en 5.000 el número de asistentes, en tanto la prensa estimó cifras cercanas a 30.000. Un inmenso cartelón apareció en la muchedumbre, acusando que el Gúlag llegó a Moscú .

Distintos corresponsales de prensa coincidieron en recordar que Putin llegó a las elecciones del 2011 en medio de una oposición pública sin precedentes. “Miles de ciudadanos que habían permanecido al margen del tema, en esta ocasión sí engrosaron las filas de quienes patentizaron que Putin no era bienvenido en su cargo”.

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La indignación de la ciudadanía por los excesos autoritarios de Putin se intensificó a raíz del polémico tema de las Pussy Riot y la desmesurada reacción de las autoridades en contra de las tres muchachas y su música anti-Putin, que ejecutaron en una céntrica iglesia. Desde luego, el acto no fue decoroso, pero la forma en que reaccionó el aparato represivo fue contraproducente. Las tres jóvenes cantantes recibieron como sentencia varios años de prisión. Sin embargo, la intensa objeción del público redundó en un trato más comedido. Sobra señalar que la opinión pública no dudó en atribuir el sonado affaire a la ira de Putin.

Es indudable que la autonomía cívica del pueblo ruso fue alentada por las políticas de la perestroika y el glasnost que impulsó Mijaíl Gorbachov en la década de los 80, las cuales acompañaron el ocaso de la Unión Soviética. Ya en la etapa postsoviética, en los inicios de los 90, con la conducción de Boris Yeltsin, el ámbito de libertad personal ampliado alentó manifestaciones de protesta por diversos temas polémicos.

Sin embargo, con Putin en el poder, la autonomía en las actuaciones individuales retrocedió y alentó el ascenso del dominio policial y represivo. Ese retorno a los años de inclemente represión de tipo soviético, fue intensificado por Putin. Quizás las huellas de ese giro en la conducta del actual régimen han sido la actitud persecutoria del aparato policial y judicial contra las manifestaciones populares, el asesinato metódico de periodistas connotados por sus críticas al régimen, la guerra en Chechenia y la persecución de empresarios contrarios a la ruta imperial de Putin.

Lamentablemente, la postura occidental ha sido tolerante en exceso frente a las actuaciones iracundas de Putin. Una política más coherente y crítica frente a los desbordes despóticos, sería un factor muy positivo para la atmósfera de las relaciones internacionales.

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