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Redescubrir el Caribe

Actualizado el 09 de octubre de 2012 a las 12:00 am

El paísdebe volverla miradahacia Limón

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Después de muchos años de querer, pero de no concretar, por fin volví a Limón. Cada vez que he regresado he encontrado un lugar muy distinto del que conocí en la infancia, que desde entonces estimuló cada uno de mis sentidos con una fuerza mágica y dejó marcas inolvidables en mi memoria. Sin embargo, los cambios, aunque no todos positivos, no le han despintado sus colores chillones, ni la mezcla singular de aromas que nos asalta desde que dejamos atrás el túnel del Zurquí, ni su exuberancia.

En el Caribe todo es abundante: el sol y la lluvia, los truenos y el calor; todo crece grande, húmedo, verde y azul, rojo, amarillo y turquesa, vistoso y con música propia, la de todas las criaturas, humanas y silvestres que lo habitan. Con todo y la pobreza, el abandono y la decadencia evidente en el casco central de Limón y en algunos de sus barrios, sigue siendo una de las regiones más palpitantes y coloridas de nuestro país. Entrar al Caribe es como entrar a un mundo a través del lente de un caleidoscopio.

Nuestro Caribe tiene un potencial enorme, y el aspecto turístico es tal vez uno de los que más estamos desaprovechando. A pesar de que se supone que desde fines de septiembre y durante todo el mes de octubre es la mejor época porque casi no llueve, había muy pocos turistas, tanto extranjeros como ticos. “Pero para el carnaval se llena”, me dicen. Menos mal. Entre tantos privilegios y bendiciones de que goza Costa Rica, está el tener dos costas accesibles y a poca distancia del Valle Central, pero ¿será que tenemos la mirada muy fija en el Pacífico? Deberíamos aprovechar que sólo nos toma entre 3 y 4 horas llegar a ese paisaje tan distinto que ofrecen la ciudad de Limón, Puerto Viejo, Cahuita, Cocles, Manzanillo, el valle de la Estrella, los Parques Nacionales o las reservas indígenas. Al pasar Limón, durante kilómetros y kilómetros, de un lado la selva perenne salpicada de casitas coloridas y del otro las palmeras que se arquean para recibir las olas fuertes de ese mar transparente, escoltan al visitante desde Limón hasta Puerto Viejo. Con suerte se puede ver a un oso perezoso cruzando con toda parsimonia la carretera o a una pareja de trogones en pleno cortejo. Es un trayecto para saborear despacio y en lo posible sin pestañear.

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En Puerto Viejo hay restaurantes de la mejor gastronomía internacional, y frente al mar de Manzanillo siempre está el famoso Maxis con su deliciosa comida criolla. Las lanchas y pangas de los pescadores adornan las playas, al igual que las sonrisas vistosas y el andar cadencioso de la gente local que siempre encuentra tiempo para descansar o conversar en la playa y jugar en el mar. Tomar una lancha y bordear la costa selvática hasta la desembocadura del Sixaola o recorrer la zona en bicicleta y cruzarse con la diversidad de gente de todas partes del mundo, que no tiene claro cuál es la izquierda y cuál la derecha, pero que sí sabe cómo disfrutar, es uno de los mayores placeres de visitar esa zona. Hay hoteles para todo gusto y bolsillo; desde el más sofisticado hasta alguno en medio de la selva, donde cada paso de los huéspedes es vigilado por miles de criaturas invisibles, donde se duerme arrullado por el canto de las ranas y los pájaros, y se amanece con el aullido madrugador de los monos.

Aunque la crisis mundial no ha sido tan implacable con Costa Rica, en Limón sí se siente con fuerza. La pobreza se muestra en toda su decadencia, y según nos dijeron ha habido poco turismo este año. Mucha gente que vive de ello, ha tenido que irse a otras zonas, o apretarse la faja por un tiempo en espera de que mejore la situación; el problema es que en el Caribe el tiempo parece caminar con un ritmo diferente y la espera se podría hacer muy larga. El país debe volver la mirada hacia allá, no sólo en tiempo de carnaval, y promover su desarrollo en todos los ámbitos, luchar con verdadero ahínco por reducir la corrupción, la pobreza y la violencia entre otros males. Y los turistas costarricenses tenemos que aprovechar más las maravillas que nos ofrece; hay que redescubrirlo, no solo en tiempo de carnaval, con la certeza de que ni uno solo de los sentidos queda indiferente, indemne, al Caribe costarricense.

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