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Reconocimiento de igualdad

Actualizado el 30 de mayo de 2012 a las 12:00 am

El discurso discriminatorio basado en razones naturalistas es incoherente

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Recientemente el discurso pro natura ha estado muy presente en la agenda costarricense. El debate sobre la fecundación in vitro y la legalización de las uniones civiles entre homosexuales han traído a colación un tema que no hemos terminado de resolver en nuestro país.

Quiero referirme a cuando este discurso es aplicado a los homosexuales.

Se suele discriminar las relaciones homosexuales por cuanto, se argumenta, son antinaturales. Eso es rebatible desde el punto de vista biológico, pues se han registrado miles de comportamientos homosexuales en cientos de especies (muchas muy cercanas al ser humano).

Además, si se trata de seguir lo natural, todo encuentro sexual sin fines procreadores debería estar prohibido, incluido el método anticonceptivo del ritmo, por conllevar una clara intención de evitar la procreación.

De esa manera, el celibato debería ser rechazado también, pues consiste en una negación voluntaria del uso de la genitalidad y, por tanto, de su función procreadora. O sea, un rechazo de la naturaleza propia.

También es antinatural, y por tanto sería indebido, usar ropa (ningún animal lo hace), andar en auto (para trasladarnos tenemos los pies), volar en avión (los seres humanos no tienen alas, por tanto no deben volar), cocinar, refrigerar, recibir salario, la monogamia (son poquísimas las especies que la practican) y cualquier otra actividad o situación que altere el estado natural del ser humano.

Por tanto, el discurso discriminatorio basado en argumentos naturalistas es incoherente. Lamentablemente, debido a que es de los más extendidos es que las personas homosexuales han tenido que adherirse a él para defenderse. De ahí su necesidad de demostrar que la condición homosexual les es innata. Es común escuchar homosexuales decir: “Así nací”, “Está en mis genes” o “Dios me hizo así”. Por supuesto que el interés de estas líneas no es confirmar o negar la validez de estos argumentos, pues es claro que hasta el momento la ciencia no da declaraciones firmes al respecto, y aunque las diera, eso apenas resolvería una pequeña parte del asunto.

Respeto a las decisiones. En cierta ocasión la actriz Cynthia Nixon (de la serie Sex and the city) se refirió a su homosexualidad como una elección (aclarando, eso sí, que se refería únicamente a su caso). Eso desató toda clase de comentarios, muchos de los cuales provenían de personas homosexuales que veían lesionado su discurso de la homosexualidad como condición natural.

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Creo que ahí radica un punto importante. Respetar al otro no se trata de hacerlo solo por su naturaleza, sino también por sus decisiones. Ya sea que la homosexualidad se trate de algo natural o de una opción que se elige, el respeto debe estar presente en ambas condiciones.

Hay quienes dicen que los homosexuales deben respetar a la sociedad. Olvidan que ellos son parte de la sociedad (y, probablemente, una parte más numerosa de lo que imaginamos). Y al hablar de respeto, deberíamos darnos cuenta de que somos nosotros quienes les debemos respeto a los homosexuales, pues, al burlarnos de ellos y al discriminarlos, estamos causando daños psicológicos y morales a seres humanos. Sí, seres humanos. Los homosexuales son seres humanos. Los homosexuales son como nosotros. Lo homosexuales son parte de nosotros.

El homosexual no es asqueroso, no es depravado, no es delincuente, no es paria, no es enfermo, no es una loca, no es desviado ni enemigo nuestro. Es un ser consciente, que merece respeto y que, al igual que usted y yo, anda en busca del amor y la realización. Probablemente sea su vecino, su profesor, su sobrino, su doctor, quizás incluso su padre. Cierto es que nos parecen ajenos porque muchas veces actúan a escondidas, pero no porque sean perversos, sino porque se saben rechazados y, como es lógico para cualquiera, buscan evitar eso.

Dos hombres o dos mujeres que se aman deben manifestarlo en lo oculto, porque les exigimos no ser lo que son (por naturaleza o decisión) abiertamente. Decimos que somos ciudadanos pacíficos, pero en realidad no somos demasiado distintos a los países donde rechazan a otros por su credo o color. El rechazo del otro no es sinónimo de paz.

Jesús de Nazareth dijo que toda la ley se basa en hacerle al otro lo que me gustaría que me hicieran. Esta sentencia consiste, primeramente, en un reconocimiento del otro como un igual. Mi punto de referencia para el trato hacia el otro soy yo mismo, pues reconozco que está a mi nivel y que es merecedor de los mismos derechos que yo.

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No sé usted, pero a mí me gusta que respeten mi naturaleza y mis decisiones, sobre todo cuando verdaderamente no dañan a nadie.

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