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Realidad y verdad

Actualizado el 06 de mayo de 2012 a las 12:00 am

Solo en la verdades que podemosvivir juntosy sobrevivir

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En el Bereshit Rabbah, un comentario rabínico al libro del Génesis, que puede ser datado en su última redacción alrededor del siglo V E.C., aunque muchos de sus materiales son varios siglos más antiguos, tiene una bellísima historia que habla sobre el ser humano y la verdad. Como en el libro del Génesis se dice que Dios afirma (usando el plural) “hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”, los rabinos se preguntaron a quién se dirigía, a quién le pidió consejo. Se responde en un pasaje de ese comentario que consultó con la benevolencia (hesed), la verdad (’emet), la justicia (tsedek) y la paz (shalom) la conveniencia de crear al ser humano.

Fidelidad. Cada uno de estos curiosos interlocutores responde por sí mismo. La benevolencia recomienda que el ser humano sea creado, pues será capaz de realizar obras bondadosas. La verdad no lo recomienda, porque el ser humano será todo falsedad. La justicia, está de acuerdo con su creación, porque podrá hacer obras rectas. Por último, la paz se opone porque el ser humano traerá destrucción. Ante estas respuestas tan diferentes Dios toma a la verdad y la lanza a la tierra. Los ángeles a su servicio le preguntan por qué arruinó así su sello (es decir, la verdad). La respuesta de Dios es una orden: “¡Se levante la verdad de la tierra!”, que se refiere al Sal 85, 12: La fidelidad brotará de la tierra. Hay que acotar que el sentido de “verdad” se refiere en hebreo a lo que nosotros llamamos “fidelidad”. Un ser humano es verdadero cuando es fiel, es decir, cuando es coherente, recto, sin doblez.

“Tierra-suelo”. En medio de tantas falsedades, como las que nos hemos acostumbrado a ver en nuestras sociedades, la narración de los rabinos describe un elemento importante de la realidad: esta no soporta la mentira, porque se trata de un discurso que la distorsiona en la mente de la gente, en otras palabras, que hace engañosa su representación conceptual. Es la realidad misma la que desenmascara lo falso, porque lo que ella es se manifiesta siempre. De allí que la razón esté en continua búsqueda de interpretar correctamente lo que el mundo es, porque la realidad se impone como una experiencia definitiva. Sin embargo, la interpretación rabínica no está preocupada por la “verdad científica” del mundo, sino por la interrelación humana. No en vano los interlocutores de Dios son personificaciones de lo que experimentamos cuando nuestras relaciones son armoniosas y sinceras. Pero lo más importante de todo, y que tal vez se nos escapa, es que en hebreo la raíz de la cual proviene la palabra que hace referencia al ser humano (’adam) es la misma de la que proviene palabra “tierra-suelo” (’adamah). Tomado en cuenta esto, la metáfora está completa: la tarea del ser humano es ser signo de la verdad en el mundo, porque ha sido sacado de la tierra a donde Dios la lanzó.

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¿En qué sentido lo es? No tenemos que olvidar que la benevolencia, la verdad, la justicia y la paz son los criterios de discernimiento acerca de la creación del ser humano en la narración rabínica. Estos cuatro elementos son esenciales, porque su entretejido es lo que permite encontrar un punto de encuentro en el que todos podemos experimentar la abundancia de la vida. No existe la verdad sin la benevolencia, es decir, sin la generosidad, el altruismo, la disposición para servir a otros o la simple gratuidad del corazón. Tampoco existe sin la rectitud, sin la equidad, sin la coherencia en nuestro respeto por los otros y por la instituciones que sirven a toda la comunidad; no existe sin los derechos y deberes civiles y humanos: no hay verdad en la desigualdad injusta de oportunidades para el crecimiento personal. Y mucho menos hay verdad si no somos capaces de crear una atmósfera en la que no se busque destruir a otro, ni mucho menos la hay en una en la que priven los intereses individuales sobre los demás. La verdad es algo complejo cuando hablamos de las relaciones humanas, pero es algo que todos experimen- tamos y reconocemos sin dificultad.

Sobrevivir. Por eso, cuando la falsedad se utiliza como arma política o en el plano de las relaciones personales más cotidianas, la realidad misma se rebela ante ella. Tarde o temprano aparece su verdadera esencia y los responsables de su utilización salen a la luz. En efecto, la ausencia de verdad significa egoísmo y autoprotección, acaparamiento de bienes a niveles desmedidos, pérdida del respeto por la persona (en especial de los más débiles); vivir en la falsedad implica utilizar el recurso a la denuncia sin fundamento, a la creación de opinión pública negativa para obtener alguna ventaja personal, al uso de la fuerza (física o psicológica) para causar miedo y someter a otros a nuestro parecer.

Pero ante estas cosas, la tierra misma se rebela, la realidad tiende por sí misma a buscar un camino alternativo, aunque a veces tarde años; porque los seres humanos –aunque a veces parezca lo contrario– sabemos que solo en la verdad es que podemos vivir juntos y sobrevivir.

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