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Actualizado el 07 de junio de 2012 a las 12:00 am

Bradbury esde una estaturade proporciones gigantescas

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Ayer me llamó uno de mis quince lectores para informarme, casi como dándome el pésame, de la muerte de Ray Bradbury.

Y con razón, porque he perdido la cuenta de los comentarios de prensa en los que me he referido a ese gran poeta, ensayista y narrador, de quien varias veces escribí que la Academia Sueca debió haberle concedido el Premio Nobel de Literatura desde hace tiempo.

Algo que repito ahora insistiendo en que no pocos de los que se autocalifican de buenos lectores miran a Bradbury por encima del hombro al atribuirle, equivocadamente, el cultivo de ese vilipendiado género conocido como “ciencia ficción”.

Incluso como autor de ciencia ficción, Bradbury es de una estatura de proporciones gigantescas. Hace pocas semanas, por cierto, comenté brevemente un relato suyo que forma parte de un maravilloso libro de título casi intraducible: The Dandelion Wine (imagínense, El vino de diente de león ).

Ray Bradbury fue uno de los grandes magos del siglo XX. Un Amazonas de ideas e imágenes que jamás habrían surgido de otra mente. Literariamente, es decir, como cultor de la lengua inglesa moderna, fue impecablemente grandioso.

Para barruntar su filiación artística, basta con leer su corto relato The Kilimanjaro Device (algo así como El artefacto del Kilimanjaro ), quizás el más emotivo tributo que se le haya rendido a Ernest Hemingway, El viejo, a quien Ray resucita y lo lleva a morir con toda grandeza y toda dignidad.

Justamente el día de su muerte, me preparaba para recibir a un periodista que quería hablar de mi biblioteca personal, que no existe porque no tengo el hábito de conservar los libros que no voy a leer nunca o que no me interesa releer y pensaba decirle que quizás lo que llevo dentro de mí es el sueño de ser uno de aquellos personajes de la novela Farenheit 451 , de Bradbury, que en una civilización en la que los libros están prohibidos, dedican la vida a conservar en la memoria una sola obra literaria cuyo título han adoptado como nombre propio.

¿O fue, más bien, que quedé marcado por la imagen de Emil Cioran, el trashumante escritor rumano que se mudaba a cada rato de un barrio a otro de París, llevando consigo solamente un número de libros que no alcanzaba para llenar una pequeña valija?).

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Por último, pesaroso, me despido del maestro Bradbury recordando sus Crónicas marcianas , un inolvidable texto que nos dice sobre la diversidad cultural y sobre la diversidad biológica, sobre la tolerancia y sobre el futuro de humanidad, lo que antropólogos e historiadores no han logrado comunicarnos con un millón de tomos.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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