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Ravi Shankar, un alma profunda de la música

Actualizado el 24 de marzo de 2013 a las 12:00 am

El sitarista y compositor indio fue uno de los grandes artistas del siglo XX... y llegó a Costa RicaRavi Shankar, genial sitarista indio, gran músico del siglo XX

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Ravi Shankar, un alma profunda de la música

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                         dio a conocer la música de la India  en el Occidente. El legendario sitarista falleció a los 93 años el  11 de diciembre del 2012.Ravi Shankar
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dio a conocer la música de la India en el Occidente. El legendario sitarista falleció a los 93 años el 11 de diciembre del 2012.Ravi Shankar

La India del siglo XX tiene tres rostros: Mahatma Gandhi, Rabindranath Tagore y Ravi Shankar, inmensas almas; y, en el caso de Tagore y Shankar, inmensos artistas. Fueron grandes en su arte porque también fueron grandes personas.

Pertenecer a la especie humana no es cosa difícil, pero llegar a ser persona': ya eso es diferente, algo que se depura y cultiva. No todos los homínidos alcanzan este estadio supremo de evolución. La India ha regalado al mundo infinidad de escritores, cineastas, pintores', pero Tagore y Shankar son la savia misma de su cultura. Fueron milagros inexplicables –¿qué milagro no lo es?– en los que la voz de un individuo coincide con la voz de una colectividad: de 1.200 millones de seres, la sexta parte de la población mundial.

Lejos, ¡tan lejos! Salvo por una docena de carros y bicicletas, el pueblo de Varanasi, donde Ravi nació en 1920, no difería de cualquier aldea india de los tiempos de Jesucristo. Lugar de peregrinaje religioso, al que concurría gente de todo el país para ser incinerada según los ritos hindús, con la certeza de que, de tal manera, tendrían acceso al Nirvana y serían liberadas de los ciclos de la reencarnación.

Ravi (“Sol”, apócope de Ravindra) se crió en una ciudad con dos mil templos, sobre las márgenes de “la Madre Ganges” (atención: no “Padre”: rasgo curioso en una divinidad fluvial), el lugar más sagrado de la Tierra para un indio: la morada misma de Shiva.

Su padre era brahmán, miembro de la casta sacerdotal, y se casó con una mujer simple, que apenas sabía leer, infinitamente valiente y bondadosa' cuando esta tenía apenas once años de edad. Escritor, abogado, político, filósofo, “un monstruo de inteligencia” (Shankar), desposa, así, pues, a una muchacha pueblerina para pronto abandonarla por una inglesa atildada y dickensiana.

El padre jamás le mandó a su familia un céntimo. La madre trabajó sola para educar a sus siete hijos (Ravi era el menor) hasta que murió de neumonía. Con sus propias manos construyó la casa en la que alojó a su familia, en Nasrathpur. Su padre fue asesinado en Londres en condiciones nunca esclarecidas. Hubo multiculturalismo, sí, pero sangriento.

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La India nacía como país autónomo, y los dolores de parto fueron atroces. Los veinte años previos a la independencia (1947) y al desmoronamiento del Imperio Británico fueron una pesadilla: militares ingleses masacraban a los insurrectos indios.

Mahatma (“alma grande”) Gandhi lideraba una de las pocas revoluciones pacíficas de que el mundo guarda memoria: un libertador al tiempo que un pacifista: ¿de cuántos “próceres” se puede decir los mismo? ¿Cómo liberar un pueblo sin degollinas históricas y “batallas célebres”? ¡Pues Gandhi lo logró!

El mundo por patria. Ravi Shankar creció espiritualmente fracturado: “Sentía profundo respeto por la cultura inglesa, pero execraba el colonialismo y la manera en que los oficiales trataban a mi pueblo”.

En 1933, en Calcuta, se reunió con Tagore: “Era como mirar el Sol: el ser más deslumbrador que he conocido”. Ravi guardó, de su infancia, mil imágenes que hablan de una austeridad sin miseria, de penas y alegrías, pero jamás de amargura. Por mascota tenía un bebé tigre y un pajarito cuyo canto lo fascinaba.

Con unas cuantas hierbas y algunas especias, las manos de su madre transformaban un plato de arroz en una obra maestra culinaria: ¡esto también es arte, y de manera superlativa!

Un hermano de Ravi era Dada, bailarín en la troupe de Ana Pavlova. Con él, Ravi recorrió París, Londres, Amsterdam, Nueva York, Los Ángeles, Tokyo, siempre maravillado ante la diversidad cultural. Esta es una palabra clave en la vida de Shankar: “maravillarse”: la perspectiva del niño que descubre el mundo y que a todo se acerca con actitud de castidad intelectual, de desprejuicio.

Ravi Shankar sobresalió primero como bailarín; luego fue iniciado en la música por su gurú y padre adoptivo, Baba. Estudió sitar, instrumento de forma similar a la guitarra o el laúd, con dos puentes y cuerdas de acero: unas que suenan por pulsación, otras por “simpatía” (resonancia automática de ciertas cuerdas tensadas que vibran sin ser tocadas). Ravi vivía sesiones de práctica de' ¡dieciocho horas diarias! En las artes hay un nivel de perfección que solo se obtiene cuando se les consagra literalmente la vida entera.

A pesar de haber sido educado como un “homo religiosus”, Ravi no era un asceta: su apetito de vida era demasiado grande para ello. Un goloso de la vida: esto fue, y la gozó durante 93 años. Vayan algunos secretos, confiando en que no se los cuenten a nadie: adoraba el “corn-flakes”, el “fish and chips”, los chupa-chups, vestía como un dandi, coleccionaba perfumes, era un gourmet de paladar ecléctico, exquisito, pero no comía ogrescamente.

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¡Beber de todas las urnas! Algo más: Ravi sentía devoción pagana por las mujeres; para ser más exactos, por sus piernas, rasgo del que, en sus memorias, habla profusamente y sin la menor contrición –¿por qué habría de tenerla?–. Seducía todo cuanto se movía a su lado. Era lo que los franceses llaman un “homme à femmes”. Disfrutaba con la compañía de las mujeres, pero no era un ser promiscuo, esclavo de sus secreciones hormonales.

Cuando Ravi Shankar llegó a Nueva York (debutó en Carnegie Hall en 1938), lo que más lo deslumbró –después del Empire State y la estatua de la Libertad– fueron las muchachas que bailaban el “can-can” con sus faldas brevísimas en Radio City Hall. Una noche sí y la otra también, iba a vitorearlas.

El cine incendiaba su imaginación. Ravi idolatraba a Chaplin, a Chaplin y' pues a Chaplin. En Nueva York iba a tanda de diez de la mañana y veía cuatro películas seguidas. Obviamente, en esos días estudiaba menos. Decía Berlioz: “No hay que confundir la disciplina con el encarnizamiento”. Ravi llegó a dirigir varios filmes indios reconocidos internacionalmente.

En sus presentaciones como solista con orquestas tenía por norma no ensayar. Se encerraba en la habitación de su hotel, y, sobre una tarima de madera, entre las emanaciones del incienso, meditaba y practicaba solo.

Cuando el director llegaba a buscarlo, Ravi se limitaba a responder, acongojado: “No tiene sentido ensayar: yo improviso mucho, y nunca toco dos veces de la misma manera”. Al pobre director no le quedaba más remedio que seguirlo en escena. Esto no era vulgar primadonismo: Ravi creía que el arte perdía frescura cuando las cosas estaban demasiado pautadas.

Shankar y Costa Rica. Ravi Shankar universalizó la música india; demostró todo lo que el sitar es capaces de hacer en sus amorosas manos: lo hizo cantar como nadie, descubrió en él recursos expresivos que nadie sospechaba. Introdujo en Occidente escalas totalmente ajenas a nuestros oídos: en la primera audición, su música puede antojársenos “difícil”. Es cuestión de sonreírle, y ella hará otro tanto con nosotros.

Costa Rica acogió a Shankar el 15 de junio de 1972. Fue presentado en el Gimnasio Nacional. No estábamos preparados para él. El público ignoró las peticiones de guardar silencio que Shankar les dirigió' hasta que debió suspender la presentación. Años después regresó, esta vez al Teatro Nacional, y fue ovacionado de pie. Le tiraron rosas desde uno de los palcos secretos. ¿Quién? Por algo son secretos.

Se nos ha muerto Ravi Shankar. ¡Hay gente que, por decreto de las potencias cósmicas, no debería morirse! Todo lo vivió, todo lo experimentó, todo lo gozó, y así hizo gozar al mundo. Fue profundamente espiritual al tiempo que irrenunciablemente sensualista. ¡Bien!

Por principio, hemos de desconfiar de aquellos que se pretenden espíritu puro, o de quienes viven engrilletados a sus apetitos corporales. Ravi Shankar murió cubierto de gloria y de todos los homenajes imaginables.

Ravi guardó un recuerdo entrañable de Costa Rica y siempre se expresó con admiración de ella, a pesar de la desazón de la primera visita. ¿Cómo lo sé? Pues digamos que me lo contó un pajarito.

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