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Artista cabal

Rafael Puyana, pianista y genio principesco

Actualizado el 02 de junio de 2013 a las 12:00 am

Artista cabal Ha fallecido el músico colombiano, uno de los intérpretes más depurados del piano y del clavecín

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                         de música italiana escrita  para clavecín grabado por Rafael Puyana.Portada de un disco
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de música italiana escrita para clavecín grabado por Rafael Puyana.Portada de un disco

Conmocionado, acabo de enterarme de que, hace varios días, murió en París el notable músico y el celebrado clavecinista y pianista colombiano Rafael Puyana, según me indicó un amigo que leyó la noticia en el New York Times . Fue sepultado en Bogotá. Además de admirar su consagrada y brillante carrera como concertista, tuve el privilegio de ser compañero de estudios y muy buen amigo de Puyana desde 1949. Hará unos tres años hablamos por teléfono, y me contó no solo de sus conciertos y grabaciones, sino también de que lo habían operado del corazón.

Conocí a Rafael Puyana al iniciarse los cursos lectivos en una clase de armonía y contrapunto en el New England Conservatory of Music de Boston en febrero de 1949. Yo iniciaba mi segundo año en ese conservatorio.

La profesora, Mrs. Mason, preguntó, con sonriente curiosidad, si había extranjeros en el aula. Dos mozalbetes, un colombiano de diecisiete años (Rafael Puyana) y yo, costarricense de diecinueve, nos pusimos de pie. Ambos dijimos nuestros nombres y nuestras nacionalidades y quedamos de vernos para conversar después de la clase. “¿Qué vas a estudiar?” nos preguntamos simultáneamente los dos: “Piano” nos contestamos ambos a coro.

Rafael Puyana era un adolescente de mediana estatura y prominente nariz, aparte de su clásico acento bogotano. Provenía de una acaudalada familia de la capital colombiana.

“Ahora estudio piano, pero lo que me interesa fundamentalmente es la música barroca y, por lo tanto, pretendo llegar a ser alumno de la clavecinista Wanda Landowska ”, me confió Rafael.

Puyana se trasladó a Connecticut, donde vivía Landowska, y estudió con ella los últimos ocho años de la vida de la legendaria artista polaca. Fue su último y por entonces único alumno, y posiblemente su mejor heredero musical. Wanda Landowska murió en 1959 a los ochenta años de edad.

En todo caso quedé pasmado con la pretensión de Puyana y con el aplomo y la certeza con que me la había dicho. Pensé yo: “O este está en la Luna o es verdaderamente un genio”. Llegó a ser lo que quiso. Alcanzó categoría mundial.

“Oigámonos” dijimos los dos a coro. Nos metimos en un aula desocupada con dos grandes pianos de cola, y accedí yo a iniciar el reto y exponerle mis alcances pianísticos al futuro célebre pianista y clavecinista Puyana. Toqué Chopin, como es de suponer.

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Artista genuino. “Eres muy musical” me dijo Rafael Puyana al concluir mi intervención. “Veamos ahora cómo me va a mí con Bach” agregó mientras se sentaba frente al teclado del Steinway. El bogotano me conmovió y me deslumbró con su Bach y su actitud frente al piano. Era un enorme y genuino artista.

Es extraña la actitud que asume y en la que se sumerge un verdadero músico cuando ejecuta su instrumento en comparación con el que no lo es. Se ha descrito incluso como un proceso simbiótico: en este caso, Puyana para el piano, y el piano para Puyana.

El ejecutante se convertía en una sola unidad con el instrumento. Rafael Puyana pertenecía a esa estirpe de artistas principescos de primerísima línea que subrepticia y lamentablemente van desapareciendo.

Un pequeño grupo de costarricenses muy amigos de Rafael Puyana estudiábamos música en el conservatorio New England: el también desaparecido José Luis Marín Paynter, pianista; Walter Field Gallegos, violinista; y, en la categoría de los muy cercanos camaradas alrededor de Puyana, estaba la pianista y también colombiana Mireya Arboleda.

En Costa Rica. A Wanda Landowska la oí y pude conocerla personalmente en Boston en 1949. Aparecía en el escenario y daba la sensación de que era una auténtica “iluminada” que entraba a ejecutar un solemne ritual. Alternaba el piano con el clavicémbalo. “Cuando Landowska toca, el Sol se detiene a oírla”, dijo alguien alguna vez. Algo de esa extraña cualidad tenía el colombiano Puyana.

Al terminar sus estudios, Rafael Puyana se lanzó al mundo para conquistarlo. Además de recitales, tocó frecuentemente en conciertos públicos de música de cámara con sus célebres amigos Leopold Stokowski , Yehudi Menuhin, David Oistrak y Andrés Segovia. Puyana era de la realeza musical.

Cuando estuve en el Ministerio de Cultura en los años 70, invité a Puyana a venir a Costa Rica. Rafael tocó en nuestro Teatro Nacional como solista, con nuestra sinfónica, el concierto del español Manuel de Falla para clavicémbalo y orquesta. De Falla había escrito y dedicado esa obra a Wanda Landowska en 1928. La presencia de Puyana en nuestro país fue un acontecimiento de primer orden y él siempre lo recordó complacido.

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¡Qué doloroso es saber que ese gran artista y amigo no está más!

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