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Prestigio comprometido

Actualizado el 02 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Marín demuestra un precario dominio de los datos historiográficos que analiza

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Internet, las redes sociales y otros recursos afines han abierto nuevas posibilidades para dar a conocer los resultados de las investigaciones que financian las universidades públicas costarricenses. Este nuevo marco de trabajo, sin embargo, también puede conducir a la publicación, impresa o electrónica, de materiales con un grado insuficiente de elaboración, que más bien comprometen el prestigio de las instituciones que los apoyan o los divulgan.

Tales reflexiones surgen a propósito de dos experiencias recientes: un libro del historiador Juan José Marín Hernández, director del Centro de Investigaciones Históricas de América Central (CIHAC) y profesor del posgrado en Historia de la Universidad de Costa Rica (UCR); y un fascículo de Mario Torres y Grace Aguilar.

Errores y omisiones. Para empezar, el título del libro de Marín está mal redactado: Historia cultural del proyecto historiográfico a campo sectorial. A este lamentable fallo inicial, se agregan una diagramación limitadamente profesional e inaceptables errores ortográficos, gramaticales y de digitación.

En relación con el contenido, Marín incurre en el error de no diferenciar debidamente la historia cultural de los estudios culturales. Aunque se trata de dos corrientes que comparten algunas características comunes, sus diferencias son más importantes que sus coincidencias.

Adicionalmente, Marín evita en todo momento considerar críticamente la contribución historiográfica del historiador José Daniel Gil Zúñiga, tanto en términos de los resultados específicos de su producción en el campo de la investigación, como de lo que ha realizado a nivel de la difusión histórica. Omisión grave porque Marín utiliza las experiencias y los planteamientos de Gil para construir parámetros con los cuales evaluar lo producido por otros investigadores.

Dominio precario. Igualmente, Marín demuestra un precario dominio de los propios datos historiográficos que analiza. Afirma que he coordinado la carrera de Licenciatura en Historia de la UCR de 1988 al 2011 “con leves interrupciones”, cuando lo cierto es que no desempeñé ese cargo entre mediados de 1992 y el año 2007.

Al referirse a mis estudios sobre la dimensión empresarial –en un sentido económico– que desarrollaron los comunistas costarricenses en las décadas de 1930 y 1940, sostiene que continúo “la idea de empresarios morales y de anomia social de Robert Nerton [sic: Merton]”. Puesto que mi enfoque no se relaciona con la teoría Merton, es evidente que Marín no me ha leído a mí, no ha leído a Merton o no ha leído a ninguno de los dos.

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La impresión de que Marín alude a trabajos con los que no está familiarizado es reforzada porque descalifica, sin analizarlo, un valioso artículo acerca del surgimiento del discurso regionalista guanacasteco de la historiadora Soili Buska (cuya tesis doctoral no consultó).

Hay en el libro de Marín una tendencia a asociar el mérito y la relevancia de los estudios académicos con la capacidad de los investigadores para comprometerse con una historia “de y desde abajo”, que implicaría involucrarse con “sectores sociales urbanos, trabajadores y sindicalizados, entre otros”. Dado este énfasis, poco sorprende que Marín considere oportuno aclarar que él sí “hasta la fecha' ha procurado conciliar lo académico con lo social”.

Prestigio académico. La empresa que diagramó el libro de Marín es la Editorial Nuevas Perspectivas, de la que hay pocas referencias en Internet, en ninguna de las cuales se indica quiénes conforman su consejo editorial.

No es claro si la obra de Marín fue dictaminada (o, al menos, revisada) antes de ser puesta a disposición del público por medio de diversos servidores de la UCR; pero esta prestigiosa institución de educación superior es ahora responsable de publicarla electrónicamente.

Una situación similar, en algunos aspectos, se presenta con el fascículo Formación del Estado costarricense, de Torres y Aguilar, cuyo objetivo declarado es contribuir a mejorar la educación cívica.

Al revisar la bibliografía del fascículo, se constata rápidamente que los principales estudios relacionados con la formación del Estado y la historia política de Costa Rica, dados a conocer en los últimos años, no fueron considerados.

El problema anterior es agravado porque no se diferencia adecuadamente la formación del Estado de la construcción cultural de la nación, y por una serie de graves imprecisiones: entre otras, la inserción de Costa Rica al mercado mundial con el café, ocurrida entre las décadas de 1830 y 1840, se sitúa en 1870; la guerra de 1856-1857 contra los filibusteros liderados por William Walker es circunscrita únicamente al año 1856; y las reformas sociales de inicios del decenio de 1940 son confusamente ubicadas a finales de esa década.

Se deja de lado, además, el tema de la nueva generación de instituciones públicas creadas después de la crisis 1980 (la Defensoría de los Habitantes no se menciona), y no se considera la importancia de cambios históricos como la elección popular de alcaldes o el referéndum.

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Aprobado por un consejo editorial en el que el único historiador profesional parece ser Juan José Marín, el fascículo referido consigna al CIHAC como editor e incorpora en sus portadas los logos de la UCR, la Universidad Nacional (UNA), el Instituto Tecnológico de Costa Rica (ITCR), el Consejo Nacional de Rectores (Conare) y la Escuela de Historia de la UCR.

Menos logos y más evaluación y revisión de los trabajos académicos sería, sin duda, una opción preferible, ya que el compromiso social de todo historiador empieza por hacer su trabajo de manera profesional y responsable.

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