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Política de salud con rencor

Actualizado el 10 de junio de 2013 a las 12:00 am

El rechazo de Medicaid le negará la cobertura en salud a alrededor de 3,6 millones de estadounidenses, víctimas que, en lo esencial, viven cerca de la línea de pobreza.

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Los republicanos de la Cámara han votado 37 veces para derogar lo que se conoce como “ObamaRomneyCare” –la Ley de Asistencia Asequible– que crea un sistema de seguro de salud nacional similar a uno que Massachusetts ha tenido vigente desde el 2006. No obstante, casi toda la ley será completamente efectiva a principios del año próximo.

Sin embargo, hay una forma de obstrucción que todavía está disponible para el Partido Republicano. La decisión de ratificar la constitucionalidad de la ley que la Corte Suprema tomó el año pasado también dio a los estados el derecho a optar por excluir una pieza del plan: una expansión de Medicaid financiada federalmente. Claro está, un buen número de estados que dominan los republicanos parece dispuesto a rechazar la expansión de Medicaid, por lo menos en principio.

¿Y por qué harían esto? No ahorrarán dinero; al contrario, perjudicarán su propio presupuesto y dañaran sus propias economías. Tampoco servirá el rechazo de Medicaid a ningún propósito político claro. Como explicaré más adelante, probablemente perjudicará a los republicanos por años a futuro.

No, la única forma de entender el rechazo de ampliar Medicaid es como un acto de puro deseo de hacer daño. Y el costo de ese rencor no vendrá solo en la forma de dólares perdidos, también llegará en la forma de innecesaria privación para algunos de los ciudadanos estadounidenses más vulnerables.

Algunos antecedentes: “Obamacare” descansa sobre tres pilares. El primero es que los aseguradores tienen que ofrecer la misma cobertura a cualquier persona independientemente del expediente médico que tenga. El segundo es que todo el mundo tiene que comprar cobertura –el famoso “mandato”– de forma tal que los jóvenes y saludables no opten por salirse hasta que envejezcan o se enfermen. El tercero es que las primas serán subsidiadas, con el fin de hacer el seguro asequible a todo el mundo. Y este sistema entrará en vigor el año próximo, bien sea que a los republicanos les guste o no.

En este sistema, por cierto, unas cuantas personas –básicamente los individuos jóvenes y saludables que en este momento no reciben seguro de sus patronos y cuyos ingresos son lo suficientemente altos como para no beneficiarse de subsidios– terminarán pagando más por seguro en comparación con lo que pagan en este momento. Los derechistas están dando publicidad exagerada a esta observación como si se tratara de algún tipo de estremecedora sorpresa, cuando en realidad era bien conocida por todo el mundo desde el principio del debate. Y, hasta donde cualquiera puede decir, hablamos de un número pequeño de personas que, por definición, están relativamente bien.

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Regresemos a la expansión de Medicaid. Obamacare, como acabo de explicar, se sustenta en subsidios para hacer que el seguro sea asequible a los estadounidenses de bajos ingresos. Pero Estados Unidos ya tiene un programa, Medicaid, que da cobertura médica a los ciudadanos de muy bajos ingresos, a un costo que las aseguradoras privadas no pueden igualar. Por lo tanto la Ley de Asistencia Asequible, con buen juicio, depende de una ampliación de Medicaid más que de un arreglo de mandato más subsidio para garantizar la atención a los pobres y a los casi pobres.

Pero Medicaid es un programa conjunto entre los estados y el gobierno federal, y la Corte Suprema hizo posible que los estados optaran por no participar en la expansión. Y parece que un número de estados aprovechará esa “oportunidad”. ¿Qué significará eso?

Un nuevo estudio de la Corporación Rand, una institución de investigación que no está afiliada a ningún partido, examina las consecuencias si 14 estados, cuyos gobernadores han declarado oposición a la expansión de Medicaid, en efecto rechazan la ampliación. El resultado, concluyó el estudio, sería un gigantesco golpe financiero: los estados que rechazan la expansión perderían más de $8.000 millones de ayuda federal en un año y también se toparían con un problema de $1.000 millones más para cubrir las pérdidas en que los hospitales incurren cuando tratan a personas que no están aseguradas.

Mientras tanto, el rechazo de Medicaid le negará la cobertura en salud a alrededor de 3,6 millones de estadounidenses, víctimas todas que, en lo esencial, viven cerca de la línea de pobreza o por debajo de ella. Y dado que las experiencias pasadas muestran que la expansión de Medicaid está asociada con significativas disminuciones en la mortalidad, esto significaría una gran cantidad de muertes que se pueden evitar: alrededor de 19.000 por año, según estimó el estudio.

Política sin sentido. Solo pensemos en esto por un minuto. Una cosa es cuando los políticos se rehúsan a gastar dinero en ayudar a los pobres y vulnerables, pues eso es común y corriente, y otra este caso, en el que los políticos están, de hecho, gastando grandes cantidades, en la forma de ayuda rechazada, para lesionar a los pobres, no para ayudarlos.

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Y, como dije, ni siquiera tiene sentido como política cínica. Si Obamacare funciona (que lo hará), millones de votantes de clase media –el tipo de gente que podría apoyar a cualquiera de los dos partidos en futuras elecciones– verán grandes beneficios, incluso en los estados que rechazan el programa. Por lo tanto, el rechazo no va a desacreditar la reforma en salud. Lo que sí podría lograr, sin embargo, es hacer entender a los votantes de bajos ingresos –muchos de los cuales no son blancos– lo poco que al Partido Republicano le importa su bienestar, y reforzará la enorme ventaja que el Partido Demócrata tiene entre los latinos, en particular.

Dicho de otro modo, racionalmente, los republicanos deberían aceptar la derrota en cuanto a la atención médica, al menos por ahora, y seguir adelante. En vez de eso, su rencor parece estar por encima de cualesquiera otras consideraciones. Y millones de estadounidenses pagarán el precio.

Traducción de Gerardo Chaves para La Nación

Paul Krugman es profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton y premio Nobel de Economía del 2008.

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