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Sociedad

Perdón... ¿cuál es su trabajo?

Actualizado el 19 de agosto de 2007 a las 12:00 am

¡Qué curioso! Varias personas en el país realizan trabajos inimaginables... Hoy Proa le cuenta cuál es el inusual oficio de cuatro costarricenses: una catadora de chocolates, un evaluador de estampillas, el vigilante de una antena del ICE y un médico de árboles.

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Parece extraño que contraten a alguien para que pruebe chocolates y helados durante tres horas continuas todos los días del año... Pero, para envidia de los golosos, ese, precisamente, es el dulce trabajo que le corresponde realizar a Victoria Torres Peñaranda, una alajuelense que labora para la compañía Nestlé en Ohio, Estados Unidos.

Ella es especialista en evaluación sensorial de alimentos y desde el año 2000 fue contratada por esta compañía para analizar el sabor de los productos que allí se fabrican.

Su cargo se denomina Research Scientist (científica investigadora) y, aunque cualquiera podría pensar que su ocupación es sencilla –y muy apetitosa–, eso está lejos de la realidad.

Para catar chocolates y helados como es debido, Victoria debió pasar por varias universidades. Primero, obtuvo una licen-ciatura en tecnología de alimentos en la Universidad de Costa Rica; después cursó una maestría en ciencias de alimentos en la Universidad de California, y finalmente, coronó su carrera con un doctorado, en el mismo campo, en Iowa State University.

“La ciencia sensorial es relativamente nueva pero se está desarrollando con rapidez en distintas partes del mundo. La mayoría de las industrias necesitan de este tipo de análisis. Las empresas de automóviles, por ejemplo, investigan olores de carros –si huele “a nuevo”–; e igualmente la industria de perfumes y saborizan-tes hace mucha investigación en aromas. Incluso hay personas que se dedican a valorar si los productos de uso personal son efectivos, y entonces deben oler pies o axilas. ¡Por suerte a mí me toca trabajar con chocolates!”, comenta Victoria.

Según dice, para apreciar el sabor de los productos sin contaminar el paladar, cada vez que prueba un chocolate o un helado, debe escupir la muestra en un vaso desechable con tapa, procurando no hacer ruidos para no desconcentrar a los otros compañeros que están en la misma labor. “Si no escupimos, el sentido del gusto se satura y además, consumiríamos calorías innecesariamente”, explica.

Para analizar los productos, quienes se dedican a la ciencia sensorial, como lo hace Victoria, deben describir el aroma, el sabor y la textura de cada una de las muestras y otorgarle a cada atributo una calificación de intensidad. Esos resultados son evaluados usando la estadística.

“Si evaluamos un chocolate en una escala de 0 a 10, puede tener un 6 en dulzor, un 7 en sabor a cacao, un 5 en intensidad de vainilla y un 4 en amargor. También hay que describir cómo se siente ese chocolate en la boca: duro, blando, quebradizo, compacto... o si se derrite con facilidad”, explicó Torres Peñaranda, quien en su empresa tiene la misión de entrenar a otras personas en este tipo de trabajo. ¿Se le antoja formar parte del equipo?

Si lo suyo no son los chocolates y, en cambio, se confiesa amante de la naturaleza, entonces quizá sienta mayor identificación con la historia de quien se hace llamar Doctor Árbol .

Manuel Víquez Carazo no es un ingeniero forestal cualquiera. Él es un especialista en arboricultura y, desde hace 30 años, su principal tarea, –más allá de reproducir y cultivar árboles urbanos–, es sanarlos y rehabilitarlos. “A mí me llama la gente para que yo les valore el arbolito que sembraron en la acera o en el jardín. Entonces yo hago una especie de trabajo forense, porque tengo que analizarlo con cuidado para determinar si está enfermo, si está sufriendo por la contaminación, o si lo lastimaron a la hora de colocarle rótulos o cables”, detalla Víquez, quien desde muy joven sintió un gran interés por estos seres vivientes.

Asegura que la rehabilitación de sus “pacientes” casi siempre es muy efectiva, pero para ello hay que armarse de paciencia y amor. Algunos solo requieren de una poda –“una peluqueada”, como le llama este hombre–, otros se revitalizan con una buena fertilización o son dados de alta después de aplicarles fungicidas y plaguicidas.

“Cuando los veo reverdecer o tomar fuerza siento una gran felicidad, y, por el contrario, me entristezco mucho cuando el pobre árbol no tiene más opción que ser cortado. Muchas veces hay que hacerlo porque el daño es tan grande que más bien se puede convertir en un peligro para los transeúntes”, explica.

Tanto le agrada lo que hace, que don Manuel, junto con su esposa (también ingeniera forestal) e hijos, decidieron crear la empresa Mundo Forestal, una especie de Cruz Roja para los árboles enfermos y una escuela para las personas que desean conservarlos.

Quienes sientan curiosidad por este oficio tan particular pueden ingresar al sitio web www.elmundoforestal.com y conocer los consejos del Doctor Árbol.

Otro que supo sacarle partido a su talento es Víctor Meléndez Bonilla, quien desde hace siete años se gana la vida a pura vista. Él es uno de los dos únicos empleados que trabajan para Correos de Costa Rica revisando, una por una, cada estampilla que sale a la calle.

Desde que comienza su jornada laboral, a las 8 de la mañana, hasta las 4 de la tarde, se la pasa en su pequeño cubículo. Solo hace los descansos necesarios para almorzar, tomar café e ir al baño. Ahí, ayudado con tres lupas de diferentes tamaños (una de grandísimo aumento), anteojos y luz fluorescente, inspecciona cerca de 5.000 estampillas al día.

“No se me puede ir nada. Cualquier mancha, puntito, arruga o defecto de impresión tengo que detectarlo, por más pequeño e insignificante que parezca. Esa muestra, junto con el pliego que la acompañaba, regresa a la imprenta para su reposición”, comenta, mientras revisa de arriba a abajo un juego de sellos postales alusivos a las orquídeas.

Ese nivel de cuidado tiene una justificación: si alguna de esas estampillas circula con un defecto, su precio –para los coleccionistas– podría hasta quintuplicarse, según el tipo de rareza. Y esto dañaría la credibilidad de Correos de Costa Rica.

“Uno es humano y se le puede ir algo, pero eso es horrible. Cuando han detectado una estampilla o un sobre con un error, yo me siento muy mal, con mucha vergüenza”, explica don Víctor.

Aunque no tiene reparos en aceptar que su trabajo es algo monótono y, en ocasiones, le provoca ardor en los ojos, este hombre de 62 años asegura que lo importante es siempre buscarle el lado bueno a las cosas.

“Aquí no sufro de estrés y me llevo muy bien con la gente. Además, me he hecho mucho más detallista, soy de esas personas a las que, aun fuera del trabajo, no se le va nada”, asegura sonriente.

Según dice, las estampillas que más le agrada revisar son aquellas que tienen que ver con la naturaleza porque son más coloridas. Por eso, está ilusionado con la emisión que está por salir sobre los Parques Nacionales.

“Ya estamos agarrando impulso, porque a final de año el trabajo es enorme. El año pasado, en diciembre, tuvimos que ver 2,5 millones de estampillas de la Cuidad de los Niños”, recordó este vecino de Hatillo 5.

Es casi imposible subir caminando hasta donde José trabaja. La pendiente es muy inclinada y obliga a autos de alta cilindrada a subir en primera.

Se levanta a las 6 de la mañana, cuando todavía está frío, oscuro, y muchas veces lloviznando. A las 6 de la tarde, vuelve de nuevo a “las cobijas” porque la temperatura baja mucho, hasta 10 grados o menos. El domingo es su día libre y lo aprovecha para visitar familiares.

En esa jornada laboral, don José atiende al grupo de perros que cuidan el sector de la torre (unos 5.000 metros cuadrados), y también debe limpiar las instalaciones del sitio.

“Nunca me aburro, siempre hay algo qué hacer”, comenta. Al igual que él, existen otros siete cuidadores de torres en el país.

Bolaños nació en barrio Fátima de Heredia y desde 1973 labora para el ICE.

Aunque ya casi no se anima a escalar la torre que cuida con esmero, don José recuerda cómo, en otras ocasiones, ha podido colaborar, desde aquella altura, en la búsqueda de personas extraviadas o de aeronaves desaparecidas. Hace tres años, por ejemplo, logró divisar una avioneta que se dirigía a San Carlos y se estrelló en esa zona.

“Desde la torre vi un pedazo de lata que era de la avioneta. Llamé a la gente de la Cruz Roja y vinieron a la torre. La lluvia y el mal clima habían movido la pieza. Los cruzrojistas sí vieron zopilotes dando vueltas. Sin pensarlo, se bajaron y fueron al lugar… ahí estaban los fallecidos”. recordó.

Falta solo un par de años para que José (conocido por sus compañeros como Misingo ), se pensione. Él ya está haciendo números... Quiere invertir la platita en una finca que tiene en San Carlos. Sus dos hijos, Carlos y Jacqueline, ya hicieron vida propia y ahora él, con 61 años, le toca seguir con la suya. Su peculiar trabajo le ha permitido labrarse un futuro.

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