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Guerra desintegra estructuras administrativas y sociales

Penurias de hoy exponen a sirios a un futuro empinado

Actualizado el 10 de noviembre de 2013 a las 12:00 am

Reconstruir casas e infraestructura dañadas costaría $30.000 millones

Ayuda humanitaria es insuficiente para atender hambre y salud de millones

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DAMASCO. Unos cinco millones de sirios son ahora refugiados en su propio país, muchos viven de manera precaria en edificios vacíos, escuelas, mezquitas, parques y en las hacinadas casas de parientes.

Otros están atrapados en vecindarios aislados por los bloqueos militares, más allá del alcance de los grupos de socorro. Ya desesperadamente escasos de alimentos y medicamentos conforme se acerca el invierno, podrían empezar a sucumbir en mayores cantidades al hambre y la congelación, advierten trabajadores de grupos de socorro.

La prolongada guerra civil ha obligado a dos millones de sirios a salir del país, pero más del doble de esa cantidad enfrenta crecientes privaciones en casa, y el conteo sigue aumentando.

La crisis humana cada vez más profunda amenaza con hacer retroceder décadas en el desarrollo de este país árabe y empequeñece cualquier esfuerzo de ayuda que pueda realizarse mientras el conflicto continúa, manifiestan socorristas y analistas.

País en ruinas. Solo el costo de reemplazar las casas y la infraestructura dañadas se estima en más de $30.000 millones, y las ruinas se amontonan diariamente. Más de la mitad de los hospitales del país están destruidos o cerrados, y según la organización Save the Children una quinta parte de las familias sirias se quedan sin comida una semana al mes. La economía de Siria se ha contraído a la mitad.

1 k      Un trabajador transporta   harina hacia una panadería, propiedad del Estado, localizada en el sector antiguo de Damasco.    2 k     Miembros de la organización humanitaria siria Saad Group elaboran galletas para  personas pobres y desplazadas que ahora viven en la capital.   3 k     Souad, de   SOS Children’s Village, entretiene a  Mohammed Attar, huérfano, al igual que sus hermanos, en  Qudsaya.   | ANDREA BRUCE/THE NEW YORK TIMES
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1 k Un trabajador transporta harina hacia una panadería, propiedad del Estado, localizada en el sector antiguo de Damasco. 2 k Miembros de la organización humanitaria siria Saad Group elaboran galletas para personas pobres y desplazadas que ahora viven en la capital. 3 k Souad, de SOS Children’s Village, entretiene a Mohammed Attar, huérfano, al igual que sus hermanos, en Qudsaya. | ANDREA BRUCE/THE NEW YORK TIMES

Incluso en áreas relativamente seguras, un vistazo de cerca a calles bulliciosas revela a los desplazados desbordándose en cada rincón. Miles de personas viven en los gimnasios y vestíbulos de un complejo deportivo convertido en refugio operado por el estado en la ciudad costera de Latakia. En la capital, Damasco, los recién llegados atestan los ruinosos hoteles, los edificios a medio construir, las oficinas y los escaparates.

Largas filas se forman afuera del declinante número de panaderías gubernamentales que aún operan. En algunos de los suburbios, la gente ha confesado comer perros y gatos, y los imanes incluso han emitido decretos diciendo que es religiosamente permisible.

Fuera de la mezquita Omeya, en el corazón del viejo Damasco, Nasreen, de 25 años de edad, acunaba a su bebé en su regazo una noche reciente. Ella y sus hermanos, esposo y padres, que declinaron dar su apellido por temor a represalias, estaban hacinados en una sola habitación cercana, luego de huir del suburbio de Daraya después de que su casa resultó dañada.

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Con una renta creciente que está agotando sus ahorros, y la tienda de la cual dependían para su ingreso cerrada detrás de un bloqueo gubernamental, aceptan dádivas ocasionales de organizaciones vecinales. Pero lo que les pesa más es el pensar en el futuro: dijeron que no podían imaginar cuándo o cómo podrían regresar a una ciudad natal donde cuadras enteras han sido bombardeadas hasta convertirlas en escombros.

“Sólo tenemos a Dios”, dijo.

Incluso quienes siguen en sus casas están sufriendo cada vez más conforme la inflación aumenta y la escasez de alimentos crece, especialmente en áreas bloqueadas por el gobierno o los rebeldes.

Percepción de abandono. Muchos están enojados y desconcertados de que no les haya llegado más ayuda del exterior.

“Es como si viviéramos en Júpiter o Marte”, expresó Qusai Zakarya, vocero de un concejo opositor en Moadhamiya, al sur de Damasco, donde el gobierno no ha permitido el ingreso de convoyes de ayuda durante nueve meses. “Todos nos ven desde la ventana y estamos en un mundo aparte. Todos nos dejan solos, todos en este planeta”.

Miembros de la organización humanitaria siria Saad Group elaboran galletas para  personas pobres y desplazadas que ahora viven en la capital.
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Miembros de la organización humanitaria siria Saad Group elaboran galletas para personas pobres y desplazadas que ahora viven en la capital.

En una conferencia de prensa en Kuwait en octubre, el ministro de Relaciones Exteriores de Turquía, Ahmet Davutoglu, dijo que su país, que ha absorbido a 600.000 refugiados sirios, mantendría abierta su frontera con Siria, pero también expresó su “profunda decepción y frustración por la ausencia de una reacción adecuada por parte de la comunidad internacional” a la crisis humanitaria.

Un esfuerzo de ayuda internacional de $1.500 millones, llevado a cabo bajo condiciones peligrosas y políticamente cargadas por Naciones Unidas, la Media Luna Roja Siria y organizaciones locales más pequeñas, ofrece suministros temporales de alimentos, escolaridad y medicinas a millones de personas.

Pero está insuficientemente financiado, cubre solo una parte de las necesidades, no llega a las personas en áreas bloqueadas y no enfrenta el colapso de la infraestructura de salud, educación y económica de Siria y sus devastadoras implicaciones para el futuro del país, dicen funcionarios de ayuda en Siria y en toda la región.

Problema: el futuro. “Si seguimos manejando esta crisis como un desastre a corto plazo en vez de un esfuerzo a largo plazo, la región enfrentará consecuencias aún más graves”, escribió Neal Keny-Guyer, director ejecutivo de Mercy Corps, haciendo un llamado para un mayor financiamiento estadounidense y a un nuevo enfoque en los proyectos de desarrollo a más largo plazo, como reparar la infraestructura hidráulica.

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Algunos van más lejos, diciendo que la única acción humanitaria significativa ahora es poner fin a los combates.

Omar Abdelaziz al-Hallaj, un asesor sirio independiente para los esfuerzos de ayuda, desarrollo y resolución del conflicto, dijo a la Asociación Económica Libanesa en Beirut recientemente que el enfoque debe cambiarse “de salvar unas cuantas vidas a salvar más vidas frenando la violencia”.

La guerra, resaltaron Al-Hallaj y funcionarios de la ONU en Siria, está desintegrando las estructuras administrativas y sociales a un ritmo que hace imposible distribuir la ayuda adecuada aun cuando estuviera disponible el financiamiento, lo cual no es el caso.

Para ayudar a los más de seis millones de desplazados o seriamente afectados por la crisis dentro de Siria, Naciones Unidas ha pedido $1.500 millones, mucho menos de los $3.000 millones que ha solicitado para ayudar a los dos millones de refugiados fuera del país.

La discrepancia se origina en parte en los principios de la ONU de tratar con Estados soberanos, según los cuales el plan está diseñado solo para apoyar los esfuerzos dirigidos por el gobierno sirio. Eso crea una situación políticamente incómoda, ya que mucha de la necesidad está en áreas controladas por los insurgentes.

Si la guerra continua por otro año, indicó Al-Hallaj, Siria “quedará reducida al último peldaño de la escalera del desarrollo, junto con países como Somalia y Yemen”, una caída impactante para un país que antes de la guerra producía la mayor parte de sus alimentos y medicamentos, y pese a la desigualdad económica que empeoraba tenía una red de seguridad social y un sistema educativo fuertes para los estándares de la región.

Barbara Atherly, directora del programa educativo de la Unicef en Siria, señaló que la agencia estaba ofreciendo escolaridad a un millón de niños, distribuyendo materiales educativos a las familias y los pueblos para que organicen ellos mismos las lecciones pues muchas escuelas han sido destruidas y los maestros se han dispersado.

Pero más de tres millones de niños se ven directamente afectados por la crisis, dijo el director para Siria de la Unicef, Youssouf Abdel-Jelil, incluidos más de dos millones de desplazados internamente y otro millón en áreas en conflicto adonde es difícil llegar. Eso no incluye a más de un millón de menores que han huido del país.

En general, dos millones de niños no han tenido acceso regular a la escuela en el último año, dijo, y añadió que en tanto el conflicto continúe, “existe el riesgo real de una generación perdida de sirios”.

Azote del hambre. El Programa Alimentario Mundial está alimentando a tres millones de personas al mes, recorriendo carreteras peligrosas con 1.200 camiones y empleando a 9.000 personas. Pero eso deja a dos millones de desplazados sin ayuda alimentaria, y subestima la necesidad en reductos donde las entregas no han llegado en meses.

Esas áreas incluyen suburbios en poder de los rebeldes en Damasco bloqueados por el gobierno y partes en poder del régimen en la ciudad de Alepo.

“Su situación es desesperada”, comentó Matthew Hollingworth, el director para Siria del programa alimentario. Afirmó que cientos de miles de personas están viviendo de los alimentos que pueden cultivar y las pequeñas cantidades de comida que pueden pasar por los retenes, mientras que las reservas de alimentos almacenados se están reduciendo “a un nivel atemorizantemente bajo”.

Tarik Jasarevic, portavoz de la Organización Mundial de la Salud, destacó que reemplazar las medicinas de prescripción alguna vez ofrecidas por el gobierno costaría $500 millones anualmente, empequeñeciendo todo el presupuesto de su agencia en Siria.

En la provincia sureña de Daraa, un tercio de los trabajadores de salud han huido, especialmente de áreas rurales, señaló Abdel-Jelil de la Unicef. Más que todo, dijo, los niños están pagando el precio en términos de salud, educación y trauma sicológico.

“Muchos hablan de temas de adultos, sobre visas, sobre fronteras, sobre parientes que están fuera del país”, manifestó Abdel-Jelil. “Siguen teniendo dignidad y resiliencia. Pero hay un límite para la resiliencia”.

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