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Actualizado el 17 de marzo de 2013 a las 12:00 am

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Cuando se comenta lo arcaico de nuestro sistema educativo, en el que el formato del aula y la dinámica de la relación maestro-alumno no han cambiado esencialmente en un siglo, retorno a las frustraciones experimentadas durante los años en que fui profesor de secundaria en un colegio público materialmente muy desprovisto, en el que, como en todos, se imponían unos rígidos y vetustos programas por asignaturas contra los cuales, con escaso éxito, nos rebelábamos unos cuantos profesores. Sobre aquella mala experiencia prefiero, quizá por un cargo de conciencia ante quienes fueron mis alumnos y mis alumnas, guardar callada memoria. La peor de mis pesadillas sobreviene cuando sueño que estoy de nuevo a punto de iniciar una lección de química “ante” un grupo de jóvenes de séptimo año.

Una anécdota que tal vez ilustraría el ambiente que viví en aquel tiempo como joven profesor, me ocurrió con una educadora de formación no muy antigua. Me contó ella que, habiendo invitado a un grupo de sus alumnos a que llevara cada uno, como tarea, un cuerpo geométrico construido con cartulina, la mayoría de ellos se aparecieron facilonamente con un cubo o un cilindro, dos o tres aportaron un tetraedro regular -cuatro triángulos equiláteros ensamblados con cinta adhesiva- y una niña ingeniosa forró con papel una pelota de tenis y declaró haber construido una esfera. Por último, el más tímido del grupo presentó tan solo un cuadrado de cartón blanco, muy delgado, sobre uno de cuyos lados había trazado con grafito las dos diagonales. Los demás estudiantes, y hasta la misma profesora, opinaron que aquello no era un cuerpo geométrico sino un polígono y que el distraído presentador no había entendido en qué consistía la tarea, pero este renunció de golpe a su timidez y con voz firme afirmó que, por el contrario, había comprendido muy bien. Puso su cartón en el piso y le sugirió a la profesora que se colocara con las puntas de los zapatos rozando uno de los bordes del cuadrado y lo mirara “desde arriba” -no dijo “perpendicularmente” posiblemente porque no podía pronunciar bien esa palabra- y sin perder el aplomo explicó: “Tícher, esa es una pirámide, una pirámide de Egipto y usted la está viendo desde un globo suspendido derechito encima de ella. Si no se ve la sombra de la pirámide es porque en El Cairo son las 12 en punto de un día de verano”.

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Entusiasmado de admiración ante la creatividad y la imaginación del joven, le dije a la educadora: “Y por supuesto le pusiste un 10 por su ingenio”. A lo que ella respondió: “¡Cómo se te ocurre, lo que él quería era tirárselas de vivo conmigo!”.

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Fernando Durán Ayanegui

Doctor en Química de la Universidad de Lovaina. Realizó otros estudios en Holanda en la universidad de Lovaina, Bélgica y Harvard. En Costa Rica se dedicó a trabajar en la política académica y llegó a ocupar el cargo de rector (1981).

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