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Pasamos demasiado tiempo concentrados en lo malo

Actualizado el 15 de junio de 2012 a las 12:00 am

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Pasamos demasiado tiempo concentrados en lo malo

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Venezuela (El Nacional, GDA). Cuando ocurrió el accidente que dejó atrapados a 33 mineros chilenos a más de 700 metros de profundidad, en octubre de 2010, el desierto de Atacama, uno de los más áridos del mundo, estaba a punto de florecer.

Es un fenómeno raro, que no ocurre siempre. Una vez cada tanto, dice Claudio Ibáñez, director ejecutivo del Instituto Chileno de Psicología Positiva. Para el especialista, la coincidencia entre el derrumbe de la mina y el florecimiento del desierto de Atacama es una metáfora de cómo se puede manejar exitosamente una situación de alta tensión emocional.

La tragedia de los mineros no impactó sólo a los chilenos, sino también a todo el mundo. Por eso es un excelente caso para el estudio de la psicología positiva, explicó Ibáñez, quien fue parte del grupo de expertos que participó en el rescate de los 33 trabajadores.

Pasaron 17 días antes de que pudiéramos recibir una señal de que estaban vivos. Finalmente, llegó el testimonio que conmovió al mundo, la nota que decía “Estamos bien en el refugio los 33”.

Hasta ese momento, los cálculos más esperanzadores decían que había 2% de probabilidades de encontrarlos con vida.

Ibáñez contó que cuando confirmaron que habían sobrevivido, la gente que se había mostrado pesimista, en lugar de cambiar de actitud construía un nuevo argumento: “Deben estar muy mal” o “No creo que puedan aguantar hasta que los rescaten”.

Contrariamente, cuando se estableció el primer contacto telefónico con los mineros, estos se mostraron increíblemente felices y esperanzados.

El equipo de rescatistas y psicólogos documentaron, incluso, una buena cantidad de chistes que los mineros escribían en cartas para sus familias.

Su ánimo y el foco que mantuvieron en el hecho de que no sólo habían sobrevivido, sino que además estaban sanos y sin heridas de consideración, fue lo que los ayudó a aguantar la espera.

A eso se llama “resiliencia”, la capacidad de afrontar una situación difícil con emociones positivas, explicó Ibáñez, quien agregó otros ejemplos similares, como el llamado Milagro de los Andes, el grupo de deportistas uruguayos cuyo avión se estrelló en la cordillera de los Andes en 1972.

La búsqueda fue suspendida tan solo 10 días después del accidente. Esto obligó a los sobrevivientes a tomar medidas extremas para evitar la muerte.

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“Todos tenemos la habilidad de la resiliencia, pero tenemos que ejercitarla”, dijo Ibáñez.

Cuando se atraviesa una situación traumática, sólo 10% de la gente atraviesa una crisis de estrés después, y 90% “florece” emocionalmente recobrando su sentido de la vida y orientando sus acciones para ser más feliz.

“Curiosamente, la mayoría de la gente ha oído más del primer término que del segundo. Pasamos demasiado tiempo concentrándonos en lo malo y eso es lo que debemos cambiar”, expresó el psicólogo.

Ibáñez dijo que vemos el trabajo como un castigo porque esas son las referencias que nos han heredado. ¿Qué pasaría si empezáramos a disfrutar lo que hacemos?

En realidad, las relaciones laborales son importantes porque nos permiten establecer conexiones sociales con personas que también son importantes para la vida. “Por eso es primordial disfrutar lo que uno hace. Uno debe trabajar para vivir, no vivir para trabajar”.

Para vencer el pesimismo colectivo, Ibáñez explicó que los medios tienen un papel fundamental en la construcción de una sociedad mucho más equilibrada en el ámbito emocional. “Estamos acostumbrados a prender el televisor o la radio y a leer el periódico sólo para recibir malas noticias, pero olvidamos ponerlas en contexto”, afirmó. “No podemos generalizar las cosas ni exagerarlas, porque eso genera en la gente una gran sensación de estrés, que en este caso viene dada por el miedo a ser víctima de la inseguridad”.

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