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Actualizado el 29 de abril de 2013 a las 12:00 am

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Hoy por hoy, se llama “daño colateral” a la matanza de civiles y de niños; “amante de lo ajeno”, al ladrón; “gatillo fácil”, al policía que asesina rápido y sin causa; “limpieza étnica”, al genocidio; “reajuste”, a cada nuevo aumento de precios; “en estudio”, a los proyectos archivados'

Esta manera de hablar recibe el nombre de eufemismo (de eu: bien; femí: decir) y el diccionario lo define como aquella “manifestación suave o decorosa de ideas cuya expresión directa sería dura y malsonante”.

Pues, amigos, Costa Rica, la de ahora y aquí, es un país alfombrado de eufemismos. Abundan los ejemplos y ni siquiera es necesario avisar que esta es nuestra producción estrella. Las palabras –del Gobierno, legisladores, instituciones públicas y privadas o ciudadanos ariscos– no palabran del todo, sea porque no nos gusta lo que vemos, sea para defendernos de lo que ocurre. La vieja función del verbo, esto es, la unión de los hablantes parece haber caído en desuso.

Si, al contrario (y es mi sugerencia), dejamos que las palabras digan lo suyo, desde su barro podríamos descubrir quizá algo básico, desencadenante. Como le sucedió a Ortega y Gasset en la España de otra época, cuando maduró la idea, modesta y reveladora: “No sabemos lo que nos pasa, y eso es lo que nos pasa”. Nosotros no llegamos aún a este punto. Pero ¿no vale intentarlo?

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