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Página negra Sarah Bernhardt: La voz de oro

Actualizado el 14 de octubre de 2012 a las 12:00 am

La madre la educó para que fuera una prostituta fina pero ella siguió su pasión por el teatro, donde encandiló al público con su imponente voz y una vida tan dramática como sus actuaciones.

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Estatua, esfinge, mala, virtuosa, indomable, apasionada, atractiva e inaccesible, padecía de miedo escénico, pero reinó en los teatros franceses durante medio siglo y sacó a las actrices del mundo de las cortesanas.

Solía viajar con un séquito de perros, gatos, aves, tortugas, monos, leopardos, leones y lagartos, sin contar los príncipes, potentados, actores y hombres de toda jaez, que la amaron y la idolatraron.

Sarah Bernhardt, La Divina , fue la primera megaestrella mundial, que sometió multitudes en Europa y América, rendidas ante el hechizante embeleso de su voz. “Hay cinco clases de actrices –dijo Mark Twain–: las malas, las regulares, las buenas, las grandes y'Sarah Bernhardt.”

En vida la llamaron “La escandalosa” o “La voz de oro” y lamieron sus pies celebridades como Marcel Proust, Bernard Shaw, Sigmund Freud y Henry James, quién escribió que su papel de Camille era “todo champán y lágrimas, fresca perversidad, fresca credulidad, fresca pasión.”

Además de eso La Divina era una excéntrica que dormía en un féretro de palisandro, tapizado en terciopelo violeta, desde que en la adolescencia los médicos le vaticinaron a su madre –Julie– que le quedaba poco tiempo de vida, según cuentan en Vidas íntimas de gente famosa , Irving y Amy Wallace.

Odiaba a los periodistas, a los que trataba de sanguijuelas y víboras. Contra ellos blandió sus últimas palabras antes de morir, el 23 de marzo de 1923 en brazos de su hijo Maurice.

Sus escenas mortuorias fueron famosas y era una experta en toda clase de triquiñuelas: estertores, pataleos, toses y quejidos agónicos, producto de sus observaciones psicológicas, comentó Arthur Gold en La divina Sarah.

Su carrera teatral comenzó en 1862 con Iphigénie , de Racine; alcanzó la fama con Le passant , de Francois Coppée, e interpretaba con la misma facilidad a Camille que a Hamlet; también fue de las primeras actrices cinematográficas en una decena de películas, entre 1908 y 1923.

Sarah combinó su profesión de actriz con la escultura, la pintura y la literatura. Escribió Mi doble vida , su autobiografía; Pequeño ídolo y El arte del teatro : la voz, los gestos y la pronunciación.

Espigada, rubia, de ojos azul cobalto; combinada su belleza con unas pasiones desbordadas, una personalidad compleja y una promiscuidad que sedujo por igual a hombres y mujeres.

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Con el más absoluto desparpajo declaró haber sido una de las más grandes amantes del siglo XIX, ya que tuvo innumerables admiradores, amigos y favoritos. Entre ellos se cuentan los artistas Gustave Doré y Alphonse Mucha; los escritores Víctor Hugo y Oscar Wilde; y el oficial de caballería griego Jacques Damala, con quien se casó en 1883.

Otro gran amor fue Louise Abbéma, pintora y retratista oficial de la artista. Vivieron y viajaron juntas 48 años, desde que se conocieron en 1875. El poeta Robert de Montesquiou aseguró que Abbéma era una lesbiana que ignoraba a los hombres, usaba el cabello a la garçon y lucía una imagen masculina.

Vida galante

Joule, o Julie, la madre de Sarah era una costurera que emigró de Amsterdan a París, donde asistió a los bailes públicos nocturnos con la esperanza de encontrar un hombre que la mantuviera a ella y a su pequeña hija.

Con mucho esfuerzo, apunta Susan Griffin en Las cortesanas , Joule estableció un salón; ahí y en su cama recibía la visita de sus amantes: Alejandro Dumas, padre; el compositor Rossini y el duque de Morny –medio hermano de Napoleón III– entre los más connotados “habitué”.

Sarah nació el 23 de octubre de 1844 y muy pequeña fue enviada a la región de Bretaña, bajo el cuidado de una nana de crianza que la trataba a las patadas. Por eso, durante la visita de una de sus tías, la niña se lanzó por una ventana y se partió la rótula derecha, desgracia que le produjo una cojera y terminó con la amputación de la pierna a los 71 años.

Fiel a su estilo, un circo norteamericano ofreció $100 mil por la augusta extremidad, oferta que Sarah rechazó y hoy día se desconoce el paradero de la pata.

En sus memorias la Bernhardt contó que su madre era una mujer dura y con aires de nobleza; sentía predilección por su hermana Jeanne y Sarah volcó su afecto en la pequeña Régine. Julie involucró a las tres hijas en el mundo de la prostitución fina; por esos años una actriz debía buscar un protector –especie de amante y patrocinador– para costearse el pago del vestuario.

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Interesada en formar a Sarah como una cortesana de altos vuelos, a los siete años la matricularon en el Instituto Fressard, donde aprendió a leer, a escribir, a bordar y las buenas maneras de una mujer de alcurnia. A los nueve años ingresó a Grandchamps, una escuela de monjas.

De ahí salió a los 15 años y Alejandro Dumas tuvo la feliz idea de llevarla, a ella y a su madre, a una función de la Comédie-Francaise. “Cuando se alzó el telón pensé que iba a desmayarme. Ante mí, se levantaba el telón de mi vida”, escribió la futura diva.

El duque de Morny medió para que Sarah se inscribiera –en 1859– en el Conservatorio de Música y Declamación; tras dos años de estudios demostró su talento y ganó un premio por sus interpretaciones trágicas.

Sarah suspiró un tiempo por la vida conventual, pero privó más su naciente pasión por el teatro, aunque en la plenitud de su fama en París y el éxito económico en las giras norteamericanas, complementaba sus ingresos con los aportes de un selecto séquito de acólitos, relató Griffin.

Uno de ellos, Oscar Wilde, dijo de ambos: “Creo que no deberíamos morirnos nunca. Eso sería lo que realmente les dejaría con la boca abierta”. Para ella escribió Salomé y le rogó – con un ramo de flores en una mano y el libreto en la otra– que – lo interpretara, pero la censura británica lo impidió por considerarla obscena.

Pata de palo

Aunque Julie había tenido tres hijas de igual cantidad de hombres, cuando se enteró que Sarah estaba embarazada le entró un ataque de honestidad y la tiró a la calle para que pariera al bastardo, a la larga su único hijo Maurice. Este vivió a la sombra de su mamá, dilapidó varias fortunas en casinos y llevó una vida regalada.

Libre de la madre comenzó a construir una carrera teatral y creó la imagen de una mujer insólita, extravagante, libérrima y en extremo individualista. Corrió el rumor de que vestía como un hombre, vivía rodeada de animales, organizaba orgías, se paseaba desnuda por su elegante casa y dormía en un ataúd, de acuerdo con la actriz Marie Colombier.

Consolidada su fama en Francia aceptó la oferta de su amigo y protector, el empresario norteamericano Edward Jarret, para que realizara una gira por Estados Unidos en 1880, aunque la Bernhardt no hablaba ni jota de inglés.

En el viaje a bordo de L’Amerique conoció a Mary Tood, la viuda del Presidente Abraham Lincoln, y cuando llegó a Nueva York fue recibida cual una reina, como el desembarco de María de Médici en el puerto de Marsella el 3 de noviembre de 1600.

Regresó a Europa para una gira por Grecia, Hungría, Inglaterra, España, Portugal y Suiza. Al final su hermana Régine le presentó a Jacques Damala, adicto a la morfina como ella y con dos divorcios a la espalda. Se casaron en 1883 y Sarah intentó –sin éxito– convertirlo en actor. El matrimonio duró menos de un año y en 1889 Damala murió víctima de las drogas.

Durante una función en Río de Janeiro tuvo un accidente que le afectó de nuevo la rodilla; volvió a Francia con un gato montés y una boa constrictor, que según ella compró para apoyar los pies.

Aunque rondaba los 60 años seguía en los escenarios con el ímpetu de la juventud y disimulaba su renquera, si bien la edad comenzó a pasarle la factura.

Cerca de los 70 años conoció a un tal Lou Tellegen, un grecoholandés de envidiable apostura y un bellaco conquistador de mujeres que la enamoró. Sarah lo consentía y lo chineaba pero antes de partir a su tercera y última gran gira por Estados Unidos decidió dejarlo en tierra firme.

La Gran Guerra fue su escenario final; actuó para los soldados, declamó piezas patrióticas y desplegó un postrer activismo político.

Su salud empeoraba. En 1915 le cortaron la pierna y usó una de palo. Una insuficiencia renal la carcomía y la noticia de su agonía corrió por todo el mundo.

En su lecho de moribunda preguntó si había periodistas frente a su puerta y le dijeron que muchos. Entonces pronunció sus últimas palabras: “durante toda mi vida los reporteros me atormentaron sin descanso. Ahora puedo atormentarlos yo un poco, haciéndoles esperar mi muerte.”

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