Página negra Garrincha: El ídolo con alma de pájaro

Amado por la hinchada del Botafogo; idolatrado por la torcida brasileña, fue el demonio de las piernas torcidas que encumbró a Brasil a dos campeonatos mundiales, pero su personalidad sombría le sacó tarjeta roja.

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El cuerpo lucía envejecido; depauperado por dentro: cerebro, corazón, pulmones, páncreas, hígado, intestinos y riñones carcomidos por el licor. Sin reconocerlo, el forense escribió: desconocido.

En vida fue el más feo de todos; con las piernas torcidas –una más corta que otra–, famélico, medio tonto, vicioso, pero, si en el más allá hay canchas, seguro que aún corre endiablado por la banda derecha, regatea, amaga, esquiva, acelera y se detiene, desborda adversarios y se ríe, mientras “la torcida” (la barra) grita enardecida: ¡Maané, Maané, Maané, Maané!

Tenía cuatro años cuando cazó un pájaro y se lo llevó a su hermana mayor Rosa: “Es igualito a ti, es un garrincha.” Desde ese día dejó de ser Manuel Francisco dos Santos, para convertirse en aquel bicho feo que “no es nada, no hace nada. No es un pájaro fino' más bien es uno maluco, un pájaro pobre que es más veloz que todos los otros pájaros”, como el mismo contó en una entrevista.

De Pau Grande, un pueblucho infestado de favelas y perdonavidas donde nació y creció, voló al Club Botafogo y marcó dos goles en su debut; de ahí al Mundial de Futbol de 1958 en Suecia, para ganar con Brasil por primera vez la Copa Jules Rimet; siguió al de Chile en 1962, para el bicampeonato mundial, y paró en 1966 en Inglaterra, donde su luz comenzó a menguar.

Garrincha vivió con mucha rapidez. Vistió la casaca de seis clubes diferentes, pero, de 20 años de carrera futbolística, 13 los pasó con el Botafogo y anotó 249 goles, según los registros de la FIFA. En el Mundial de Chile, fue goleador y mejor jugador del torneo.

Su existencia, de dios del balón caído en desgracia, fue llevada al cine en el 2003 en la película Estrella Solitaria , homónima del libro de Rui Castro, sobre la vida de Mané.

Quienes vieron sus filigranas sobre el césped lo consideraron superior a Pelé, el Rey del Futbol, y lo llamaron: “Ángel de las piernas torcidas”, “Alegría del pueblo” o el “Chaplin del futbol”, porque era un showman del estadio, un torero de sangre fría que inventó el “¡olé!” en las graderías.

Engañado por el carnaval del mundo murió el 20 de enero de 1983 y el poeta Carlos Drumond de Andrade dijo: “fue un pobre y pequeño mortal que ayudó a un país entero a suspender las tristezas. Lo peor es que las tristezas vuelven y no hay otro Garrincha disponible' que nos alimente el sueño”.

El sepelio de Mané fue una comparsa que serpenteó por todas las calles de Río de Janeiro; los fanáticos se colgaban de los árboles, de los puentes y se empujaban para rendir homenaje al carro fúnebre que llevaba al “extraterrestre” en su viaje al cementerio de Raiz da Serra, en Pau Grande.

Ahí reposan los huesos de Garrincha, octavo futbolista más grande del siglo XX, quien murió a los 49 años y fue, según dice el escritor Eduardo Galeano, “un perdedor con buena suerte, que murió de su muerte: pobre, borracho y solo”.

Cojo y feo

A los 10 años, Garrincha fumaba y tomaba licor, pero eso no era nada extraordinario; lo increíble era que caminaba, corría y jugaba al futbol como un poseído.

Cuando nació, el 28 de octubre de 1933, los médicos le vaticinaron a su padre Amaro dos Santos que el niño nunca andaría normal porque era patizambo, tenía los pies metidos 80 grados hacia adentro; la pierna derecha era seis centímetros más larga que la otra; tenía las rodillas volteadas y la columna vertebral torcida. Para “enderezarlo”, lo operaron y quedó peor. Por si fuera poco, lo atacó la poliomielitis.

Tras enclenque y deforme, lo consideraban “medio burro”. Años más tarde, estuvo a punto de no ir al Mundial de Suecia porque en las pruebas psicológicas obtuvo 38 puntos, por debajo de los 123 básicos para integrar la Selección brasileña. El especialista anotó en el informe: “Lo de Garrincha es irremediable, no hay ningún asomo de inteligencia.

Nilton dos Santos, mítico lateral izquierdo brasileño, dijo de su amigo: “cuando le agarraba la cabeza y se la sacudía sonaba a vidrios rotos, cuando alguien tenga estas mismas características, habrá nacido otro genio del futbol”.

El jovencito desacreditó a todos los expertos y mataba las tardes en los partidos de futbol que se montaban en la playa, en el potrero, en la calle, en el barrial. Sentía la urgencia fisiológica de jugar, de acariciar la pelota con sus pies torcidos y gambetear rivales con la desfachatez de un payaso.

Mané fue el quinto hijo de Amaro y fue criado por Rosa. De su padre heredó la pobreza, el espíritu indómito de los indígenas y su gusto por el alcohol.

Pronto le buscaron trabajo en una fábrica de telas donde cosía mangas de camisa de seis de la mañana a cuatro de la tarde; después a gastar la bola hasta que oscurecía y, a partir de las siete de la noche, recibía lecciones en la escuela de la empresa. Terminaba a las nueve y, en la entrada, se topaba con su padre, que era el vigilante nocturno, según le contó al periodista Álvaro Cepeda Samudio, de El Heraldo de Barranquilla.

“Tanta pobreza y tanto trabajo no me dejaron campo para ser vanidoso ahora cuando, gracias al futbol, lo tengo todo. En Pau Grande, aprendí tres cosas: a ser humilde, a coser y a jugar futbol. En ese mismo orden”, confesó a Cepeda.

Garrincha era el as del equipo fabril y fue contratado por el Serrano de Petrópolis, que le pagaba a destajo. Su tío Manoel Caieira lo llevó al Vasco, al San Cristóbal, al Flamengo y al Fluminense, pero sin mayor éxito.

El 10 de junio de 1953 hizo una prueba con el Botafogo y demostró rapidez, malicia, picardía y lo contrataron por $27, gracias al consejo de Nilton dos Santos, quien sufrió una bailada en la prueba. De Garrincha dijo en su biografía Mi bola, mi vida : “Vino a enseñarnos la simplicidad, donarse, ser amado y apreciado. Es así que prefiero verlo y sentirlo”.

En 1966 se marchó del equipo peleado con los dirigentes, quienes se negaron a pagarle los $50 de diferencia que cobraba el médico particular de Mané, para operarlo de una lesión en la rodilla. “Así son siempre, en todas partes: les interesa la empresa, los hombres que la hacen posible no valen nada para ellos”.

La criolla

Adicto al sexo y al licor, solo quedaba tiempo para el futbol. Garrincha tuvo tres esposas, 14 hijos reconocidos y casi una treintena con infinidad de amantes y novias de ocasión.

Con su primera esposa, Nair, una operaria textil, engendró ocho hijas. La abandonó por Elza Soares y con ella tuvo una pareja; en una escapada durante el Mundial de Suecia, conoció a una mesera y la dejó embarazada de Ulf Lindberg; dos más con Iraci, su amante mientras jugaba con Botafogo; y uno con Vanderlaia, la última mujer.

Su alma gemela fue Elza, considerada por la BBC como la mejor cantante del milenio. Ella nació en la favela carioca Agua Santa y fue madrina del seleccionado verdeamarela en Chile, donde conoció a Garrincha, con quien vivió 15 años.

En su biografía, Soares contó que sus padres, un operario y una lavandera, la casaron a los 12 años porque no la podían mantener; a los 13 fue mamá y a los 15 vio morir de hambre a su segundo hijo. A los 20, tuvo el quinto y a los 22 enviudó de un marido para el que todas las cantantes eran putas.

Su idilio con Mané sacudió al país y la tacharon de atrapar a su ídolo y engatusarlo, apuntó Martín Pérez en un artículo publicado en Página 12 . “Elza es parte de mi vida e interviene en todas mis decisiones”, le reconoció a Cepeda, mientras jugó en Barranquilla (Colombia).

Él la llamaba Criolla. En un monólogo imaginario, recreado por el periodista Andrés Salcedo a partir de diferentes declaraciones de Elza, ella dijo: “fui mujer de Mané sin exigirle nada, al contrario, ayudándolo económicamente siempre que pude. Mané no tenía ni donde caerse muerto. Nunca le pregunté cuanto tenía en el banco. Solo contaba con lo que me daba la música, que era más que suficiente, nunca me faltaron los contratos.”

La prensa brasileña opinaba diferente. Según ellos, Elza era una oscura cantante de cabaret que se aprovechó de la fama de Garrincha para subir su cotización, siempre que el jugador fuera a sus espectáculos.

Nunca paró de sufrir y se volvió irreverente, borracho, más mujeriego, bailaba en los carnavales, jugaba partidos sin importancia y vivía pegado a las cantinas donde le fiaban cerveza y también cachaza.

La gloria pasó y solo quedó la miseria. Como un garrincha voló desde la copa de un árbol hasta las selvas del Matto Grosso. Cantó y nunca más lo atraparon.

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