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Página negra E. R. Burroughs: Yo Edgar, tú Tarzán

Actualizado el 21 de octubre de 2012 a las 12:00 am

Escritor prolífico, fracasó en todos los trabajos que intentó, por miedo a ser rechazado envió su primera novela con un nombre falso hasta que inventó al legendario hombre de la selva.

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Había intentado el éxito en otros empleos, cada uno peor que el anterior. Fue soldado. Persiguió apaches. Arrió ganado. Buscó oro. Trabajó como policía ferroviario. Vendedor puerta a puerta en un almacén. Publicista y taquígrafo. A los 37 años vendía lápices y tajadores, pero tenía un don: soñar.

De niño, escribía poemas y cuentos cortos para sus sobrinos. En sus ratos libres, para evadir la modorra cotidiana, leía folletines con héroes imaginarios en mundos exóticos.

–¿Yo podría escribir algo así? – pensó Edgar Rice Burroughs. Repasó sus lecturas de H.G Wells, La guerra de los mundos ; Arthur Conan Doyle, Un mundo perdido ; Julio Verne, Viajes extraordinarios ; y Rudyard Kipling, El libro de la selva ; sin dejar su afición a los “pulps magazines”. Estas eran revistas impresas en papel barato, que costaban diez centavos de dólar, explotaban temas sensacionalistas y florecieron entre 1896 y 1950.

Sus primeros relatos los publicó en All-Story Magazine . Uno de ellos fue Bajo las lunas de Marte y creó el personaje de John Carter, por el que ganó $400. Hace poco, la película realizada por los Studios Disney – inspirada en esa obra– perdió más de $200 millones.

En 1912 concibió una historia singular. Se trataba de un simio blanco criado por una mona –Kala– , álter ego de un chimpancé – Chita– , justiciero en taparrabos y rodeado de una corte de bestias convocadas al grito de ¡Aaauaúaaa..! ¡Aaauaúaaa..!

Hace 100 años publicó Tarzán de los monos y le pagaron $700, pero fue la punta de lanza para una serie de 22 novelas más, decenas de películas, millones de historietas y el héroe de quienes soñaban con aventuras, mujeres bellísimas urgidas de rescate, animales salvajes y villanos despreciables.

Edgar, cuya única aventura fue casarse con una novia de la infancia, llevó a sus lectores a las selvas africanas, infestadas de pigmeos, caníbales y traficantes de marfil. Saltaron con Tarzán de bejuco en bejuco, le rajaron la panza a cocodrilos antidiluvianos, nadaron casi desnudos en una idílica laguna con el “mujerómetro” de Jane, comían y dormían cuando se les pegaba la gana.

Por supuesto que Rice Burroughs no era Gabriel García Márquez ni Mario Vargas Llosa; según Kipling su obra fue un experimento porque escribió de la peor manera posible y aún así tuvo éxito.

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En dos años acumuló suficiente plata para comprarse un rancho en Los Ángeles y lo llamó, como no podía ser de otra manera, Tarzana. El lugar pronto reunió 35 mil habitantes y en Texas una ciudad decidió apropiarse del nombre.

Desde 1912 se produjeron 89 películas; 57 programas de televisión; la compañía Marvel Comics edita 450 mil ejemplares mensuales de esas historietas y casi tres millones de libros inspirados en las 44 obras que escribió Edgar, algunos traducidos a idiomas como el bantú. Las tiras cómicas de United Press se publicaron en 200 periódicos.

¡Nkawa'nkawa!

Curiosidades de la vida. Edgar nació el 1 de setiembre de 1875 en Chicago, y dos años más tarde el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli descubrió los canales de Marte.

Los padres del escritor, el veterano de la guerra civil George Tyler y Mary Evaline, se establecieron en aquella ciudad porque Tyler trabajaba en una destilería de whisky y le iba bastante bien. Dos hermanos de Ed murieron en la infancia y solo sobrevivieron George, Harry y Frank según la cronología del autor escrita por Bill Hilman.

Una seguidilla de enfermedades infantiles ocasionó que Ed deambulara por varias escuelas; aún así se interesó por aprender de la cultura grecolatina, la mitología clásica y comenzó a escribir, cartas y poemas, a sus hermanos quienes estudiaban en la Universidad de Yale.

Muchas personas murieron durante una epidemia de gripe en Chicago, en 1891, y los padres decidieron enviarlo a un rancho familiar en Idaho y este cambio en la vida citadina marcó el destino del futuro novelista.

Idaho era la frontera, el salvaje oeste, golpizas y balazos en la cantina, mujeres licenciosas que bailaban el can-can, popularizado por Jacques Offenbach, leyes permisivas y un ambiente que encantó al adolescente; pero no a la horrorizada madre que lo manoteó cuando lo vio vestido de “cowboy”: sombrero Stetson, chaleco negro, botas con espuelas y una Colt 45 colgada al cinto. De inmediato lo fletaron a la Academia Militar Phillips, en Andover, Massachusetts.

En el primer año de estudios lució por su indisciplina, aunque demostró una habilidad inusual como jinete, tirador y hasta jugó en el equipo de fútbol americano, explicó el sitio web del escritor.

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A los empujones terminó su formación en 1895; perdió los exámenes de ingreso a West Point. Se enroló en el famoso Séptimo de Caballería, tristemente célebre por los desmanes del General George A. Custer y su fatal suerte en la batalla de Litle Big Horn, en 1876, a manos de Caballo Loco y sus huestes.

Aventurero apasionado intentó enlistarse en la guerra contra España, en 1898, y antes de lo que mandaran otra vez al cuartel mejor renunció. Volvió a la vida civil y ayudó a su padre y hermanos en la American Batery Co, una empresa fundada por el patriarca familiar tras el incendio de la destilería de whisky. Le pagaban $15 semanales como contador.

Ya estaba grandecito y pensó en sentar cabeza. Desde los 14 años tenía una novia –Emma Hulbert– hija de un coronel del ejército y dueño de algunos hoteles en Chicago.

Este matrimonio duraría 34 años; tendrían tres hijos: Joan, Hulbert y John Coleman. Vale señalar que Joan se casaría con el tercer Tarzán del cine, James Pierce, y juntos produjeron varias series radiofónicas sobre el hombre mono.

Mientras filmaba Las nuevas aventuras de Tarzán , en Guatemala, conoció a la actriz Florence Gilbert Dearholt, en 1933. El tenía 60 años y ella 30 cuando se casaron en 1935.

Se fueron a vivir a Hawaii pero la felicidad les duró poco. Edgar era dipsómano y le decía groserías al hijo menor de Florence, pero era muy dispendioso con Joan. El matrimonio acabó en 1942, año en que fue corresponsal de guerra –el más viejo– para L os Angeles Times .

¡Yúyu, bwana, yúyu..!

Escribir era lo único que hacía bien. Recién casado y con una familia que mantener Edgar dejó su venta de tajadores y creó Dejah Thoris: Princesa de Marte. Para evitar que en All-Story Magazine pensaran que estaba loco, lo mandó con el pseudónimo de Norman Bean.

Philip Farmer, el biógrafo de Burroughs, apuntó que a Thomas Metcalf, el editor, le pareció atractiva la historia y pidió que le cambiara el nombre por Bajo las lunas de Marte y lo publicó en varias entregas, a partir de febrero de 1912.

La segunda novela L os proscritos de Torn fue rechazada por Metcalf y Edgar le envió el manuscrito de Tarzán de los monos . Al principio quería llamar a su personaje Zantar o Tublat Zan, pero prefirió Tarzán porque eso significaba “hombre blanco” en el lenguaje de los monos mangani, una raza inexistente de simios.

Los lectores agotaron la primera revista con la historia completa de Tarzán, illustrada por Clinton Pette. Al menos cuatro editoriales rechazaron imprimir el libro de aventuras; pero, entre el 6 de enero y el 27 de febrero de 1913, el Evening Daily Magazine lo publicó por entregas.

Al fin, la fama y la fortuna sonrieron a Edgar. Para 1914 Tarzán era un best-seller ; en 1918 Elmo Lincoln lo encarnó en el cine mudo, Enid Markey fue la primera Jane y la cinta fue una de las primeras en superar el millón de dólares en las taquillas del séptimo arte.

Inventó historias, como Julio Verne, sin apenas salir de su oficina; jamás conoció África, ni vio enanos salvajes, hombres león, los gaboni, los hymandi, los zambele, los ubardi o los joconi.

Hacía unas mezclas descabelladas para los eruditos, pero creíbles para sus lectores. Hindúes, árabes y egipcios convivían en la ciudad de Palandrya; Touranga era un reino hindú y Aquatania de polinesios.

En vida lo acusaron de racista, colonialista, misógino y negrero pero sus obras transportaron a los lectores a mundos irreales: Pellucidar , en el centro de la Tierra; Caspak , en la era prehistórica; Amtor , en Venus; Barsoom , en Marte.

El final de sus días no llegó a manos de enanos salvajes o de una horda de hombres leopardo, ni devorado por plantas carnívoras o ahogado en arenas movedizas; tampoco destripado por Numa, el león, o pisoteado por Tantor, el elefante. El 19 de marzo de 1950, a los 74 años, un simple ataque al corazón se llevó a Edgar Rice Burroughs, el simio blanco, más allá de las Montañas de la Luna

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