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Página Negra: Sarita Montiel La vida es un cuplé

Actualizado el 14 de abril de 2013 a las 12:00 am

Abandonó Hollywood porque estaba condenada a interpretar papeles de india; vivió como le roncó la máquina, tuvo 11 abortos y perdió la cuenta de sus novios y amantes.

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Hizo de su capa un sayo. Nació pobre, pero bella. Su madre intentó abortarla, pero fracasó. Estaba condenada a vivir'y ¡qué vida! Era llena de gracia, como el Ave María.

Solía dormir “con el culo al aire”, desnuda entre sedas blancas. Aunque prometió a sus padres nunca ser borracha ni prostituta, “borracha no he sido, pero un poquito casquivana sí”, decía.

Sara Montiel, la Saritísima, exprimió la vida hasta el tuétano; la víspera de su muerte, a los 85 años, dio sus buenas caladas a un puro; con su boca de fresa y su voz grave, sensual, susurrante y pícara desgranaba su retahíla de amores, matrimonios, películas y canciones.

Todas querían ser como ella, en especial los gais. “Después de mis estrenos, me iba a la Dirección General de Seguridad a sacar de allí a todos los gais que habían sido detenidos por ir vestidos y peinados como yo”, les contó la diva a los periodistas.

Sara fue una de las estrellas más longevas del cine español, que apretó sus recuerdos en dos biografías: Toda una vida y Vivir es un placer , escritas por Pedro Manuel Villora. A ello, agregó el documental Sara, una estrella .

Si su morena belleza cortaba la respiración, aún más su nombre de pila: María Antonia Alejandra Vicenta Elpidia Isidora Abad Fernández. Abrevió el largo apelativo cuando filmó Empezó en boda , en 1944. Pensó en su bisabuela Sarita y en los campos manchegos de Montiel. Así la llamaron, por primera vez, en la revista Primer Plano . Tenía 16 años, no sabía leer ni escribir, solo cantar, pero era endemoniadamente bella y seductora.

Cansada del paupérrimo cine español se fue a México, recomendada por su amante Miguel Mihura. Según Montiel, ese fue “mi primer amor, el hombre que me hizo mujer y al que volvía loco en la cama y lo dejaba como un trapo”.

En la Ciudad de los Palacios brilló junto a las luminarias aztecas de los años 50: Dolores del Río, María Félix, Kathy Jurado, Arturo de Córdoba y Pedro Infante. Intelectuales y artistas le hicieron ronda; el poeta León Felipe le enseñó a leer y a escribir; comadreó con Diego Rivera y Frida Khalo; entabló tertulias con Alfonso Reyes y Pablo Neruda. Hasta tuvo tiempo para fumarse unos habanos con Ernest Hemingway.

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Sin hablar ni jota de inglés cruzó la frontera y conquistó Hollywood en 1954 con el western Veracruz , al lado de Gary Cooper y Burt Lancaster. Rechazó un contrato en el cine norteamericano por miedo a que la encasillarán en papeles de india.

Regresó a Barcelona y con mil penurias grabó El último cuplé , una película que nadie quiso financiar y en la que fue la única que aceptó cantar de “a fiado”.

La cinta, destinada al fracaso, fue un éxito y la Montiel saltó a la inmortalidad. Le llovieron contratos para filmar melodramas musicales y exigía las condiciones de una emperatriz del cine: un millón de dólares por película, elegía el vestuario, seleccionaba las canciones y llegaba al plató cuando le daba su real gana.

La mujer perdida

Lenta, pipiriciega y media sorda, en el anochecer de sus días Sarita rebobinaba sus 85 años hasta el 10 de marzo de 1928, cuando a regañadientes la parió su madre doña María Vicenta Fernández, una peinadora a domicilio que antes del alba le hacía los rulos y los moños a las vecinas de Campo Criptana.

Su padre, Isidoro Abad, era un destripaterrones que se quedó viudo, sin trabajo, con tres hijos y enamoró a doña María. Contra las admoniciones de su abuela Angela, de evitar los niños porque no había plata para darles comida, y del frustrado aborto fraguado por el gañán paterno, Sarita vino al mundo –de nalgas– en un despeñadero, pesó siete kilos y ya era guapa.

La Montiel destejió la trama de su vida, entremezclando la realidad y la fantasía de aquellos años de infancia, en que se fue a Orihuela, Alicante, para estudiar en un colegio de monjas, donde la buena de sor Leocadia le enseñó a entonar saetas, unas canciones tradicionales flamencas con que animaban las procesiones de Semana Santa.

Sarita soñaba con ser actriz, por lo menos como Ingrid Bergman o –casi nada– Rita Hayworth; por eso se fue a México a finales de los años 40 y filmó 19 películas hasta llegar a ser la mujer más deseada. “Lo mío fue un boom que no se había conocido jamás en Europa” reveló en una entrevista al periódico El Mundo .

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Y siempre sin control, siempre viajando, la Montiel azotó Hollywood con su donaire, su forma de vestir, de caminar, de hablar y de mirar. Tenía 23 años y la tierra de los sueños quiso atraparla mediante un contrato esclavista con la Warner Bros; pero no quiso firmar. “En esos siete años no podía casarme, no podía viajar, no podía salir del país sin permiso, yo era una mente libre y a mi siete años me parecían siete siglos. Hoy pienso que se me habrían pasado volando”, recordó la luminaria.

Como Soledad, en La violetera de 1958, enamoró al mundo y quedaría en el imaginario colectivo como una joven bonita y soñadora que cantaba para espantar sus penas y, de paso, pescar un aristócrata para salir de pobre.

Abrumada por el destape español, aunque nunca tuvo nada de mojigata, decidió retirarse del cine en 1975 y seguir su carrera musical, donde brilló aún más que en la pantalla. Rescató el cuplé, rejuveneció los boleros y hasta los tangos. Todavía a los 84 años ofrecía conciertos con los balcones llenos.

Se dejaba ver poco para mantener un aire misterioso; su casa –en el exclusivo barrio madrileño de Salamanca– parecía un museo saturado de cuadros, fotos en marcos dorados y plateados, figuras de cristal, piezas de cerámica y esculturas de mármol. El santuario onírico lo presidía una pintura de Sarita, cubierta apenas por un velo que insinuaba sus tentadoras formas.

Quizás, quizás, quizás

Tuvo todos los hombres que quiso, pero no quiso a todos los hombres que tuvo. “No puedo decir quién ha sido el hombre de mi vida, pero sí el que más me llenó. Ese fue Seve”. La estrella se refería a Severo Ochoa, Premio Nobel de Fisiología de 1959.

Como a Charito, en La Reina de Chantecler, a Sara le sobraban los querendengues, pero a todos los despachaba con un beso y un adiós. Ella siempre fue de amores maduros –más bien sazones–. “El hombre joven no me va. Me gusta mirarlo y ser su amiga, pero no me atrae” confesó en una entrevista a El Mundo .

Inició sus escarceos amatorios con Miguel Mihura, un discreto solterón y director teatral que le llevaba 24 años y fue su pigmalión; siguió con Ochoa, ella de 23 y él de 46. Apasionada, soñadora y vital, los cascos flojos de Sarita sacudían la moral franquista, arisca a esos lances juveniles con señores que se santiguaban hasta para ir al excusado. Severo era un discreto casado, reacio a dejar su laboratorio –y menos a su mujer– por esa caderafloja.

Oficialmente tuvo cuatro maridos. Con Anthony Mann, el cineasta norteamericano, se casó dos veces. La primera, en 1957, cuando el pobre estaba a punto de morir; como se recuperó fue al altar por segunda vez y se divorciaron a los seis años.

Atrás quedaron los desayunos con Marlon Brando, los cotilleos de jardín con Greta Garbo y Audrey Hepburn; la amistad con John Wayne; los flirteos con James Dean que “se mató porque no veía ni torta y ese día no se puso los anteojos para conducir”.

Aumentó la cuenta en 1964 con el industrial José Vicente García-Olalla, un error que duró dos meses y del cual escapó por los pelos; “Chente”, como le decía, “se apropió de mi dinero” y a punto estuvo de descarrilar su carrera. Tardó 14 años en obtener el divorcio.

El gran compañero de su vida fue el empresario y periodista José Tous Barberán, Pepe Tous, con el cual se casó tras 10 años de estar “amancebada”. Vivieron juntos 27 años; él impulsó su faceta de cantante y crió a sus dos hijos adoptivos Thais y Zeus; una abogada y el otro artista.

Lo intentó una y otra vez pero no pudo concebir. A los 31 años casi lo logra pero “me caí al salir del estudio con mi marido. De culo, sentada. A las cuatro horas empecé a sangrar como un cochinillo al que le rajan el cuello” mencionó al diario El Mundo . Tuvo 11 abortos, el último a los 51 años.

Pepe murió en 1992 y pasó diez años solita hasta que su corazón tocó a rebato; se enamoró del cubano Tony Hernández –40 años más joven– y la prensa canalla lo acusó de vividor, mantenido y pendejo. El lance con ese amante sarnoso le duró un año.

Sara perdió la cuenta de los novios, los amigos con derecho a cosquillas y los amantes de turno. Le hizo guiños a Marlon Brando y según ella no le apeteció acostarse con Gary Cooper; pero sí con el actor Maurice Ronet. Sostuvo dos relaciones tormentosas, una con el fotógrafo Mario Montuori y otra con Giancarlo Viola; este cayó desfallecido sobre el ataúd de la difunta, con el corazón traspasado por una espada.

Una mañana se apagaron los ojos alegres y la faz risueña de Sarita Montiel; su alma partió como un ave precursora de primavera; y en la Calle de Alcalá fumando espera al hombre que ella quiera' ¡La Violetera!

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