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Página Negra Mark Felt: El traidor en las sombras

Actualizado el 26 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Acosó hampones, persiguió espías en la Guerra Segunda Mundial, investigó a sus propios compañeros, pero algo se torció en sus entrañas para convertirlo en un soplón y llevar a su propio país al precipicio.

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Nunca hay que patear un perro sin saber quién es el dueño. Cuando el presidente norteamericano Richard Nixon nombró jefe de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI) a Patrick Gray, pateó al “zaguate” equivocado y soltó uno que le hincaría los colmillos en la nuca.

Aunque Dios no juega a los dados, el diablo es un tahúr. En 1972, con cinco días de diferencia, ocurrieron dos hechos inconexos que sacudirían aquella sociedad. Uno fue el domingo 12 de junio: el estreno en 300 cines de la película porno Garganta Profunda . El otro, el sábado 17, un extraño robo en la sede del Partido Demócrata, en el edificio Watergate de Washington.

En medio de ambos estaba William Mark Felt, un oscuro agente del FBI a punto de llegar al retiro, que creyó en lo imposible cuando la madrugada del 2 de mayo de 1972 se alinearon los planetas, con la muerte de J. Edgar Hoover, sempiterno director de esa oficina investigadora.

Felt era el tercero a bordo de esa nave de intrigas, medias verdades, espionajes, operaciones encubiertas y escorpiones de vestido entero y puñal al cinto. Nixon prefirió a Gray y Felt quedó como un murciélago recién salido del infierno.

La sierra de la venganza partió el corazón de Mark que recibió un inapreciable regalo póstumo de su mentor: 167 cajas y 17.750 páginas de archivos secretos sensibles que Helen Gandy, la secretaria por 50 años de Hoover, no quiso quemar como se lo ordenó su amo.

Así fue como Felt tuvo en sus manos la espoleta que detonaría el futuro caso Watergate, para deshacerse con elegancia –en el anonimato de las sombras– de quien le había pateado su augusto trasero.

Y Felt se convirtió en un antihéroe, en el peor de todos los pecadores según Dante: un traidor. Delató a Nixon y reveló a los periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein, de The Washington Post , los entresijos de una trama que estuvo a punto de traerse abajo el sistema político norteamericano.

A inicios de los años 70 Woodward fue mensajero del Almirante Thomas H. Moorer; en una de sus visitas a la Casa Blanca conoció a Felt y trabaron una amistad que con los años devino en consejería casi paternal.

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“Me mantuve en contacto con Felt mediante llamadas telefónicas a su oficina y a su casa. Nos fuimos haciendo amigos, por así decir. El era mi mentor'yo le pedía consejo sin parar. Un fin de semana fui a visitarle a su casa de Virginia y conocí a su mujer, Audrey”. relató el periodista.

En sus memorias La pirámide del FBI, desde el interior , Felt mostró su admiración por Hoover, el puño de hierro con que dirigía la organización y las presiones políticas de Nixon para que esa agencia estuviera al servicio de su megalomanía.

Por esos días la sucesión al trono del FBI se debatía entre Clyde Tolson, amante de Hoover, y Felt; pero, a la muerte del jefe apareció Gray como el convidado de piedra, que ocupó la silla vacante y destapó la caja de Pandora.

El hombre quieto

Unos cardan la lana y otros se llevan la fama. Mientras Felt se retiró con una exigua pensión, Woodward ganó todos los premios por las investigaciones del caso Watergate, amasó una fortuna con libros y películas y se convirtió en el paradigma del periodismo mundial. A Bernstein le fue bien, pero no tanto como a Bob.

Felt era hijo de Mark Earl, un carpintero, y de Rose Dygert. Llegó a este mundo el 17 de agosto de 1913 y llevó en Idaho la vida de un buen ciudadano. Estudió leyes en la Universidad George Washington, se casó con Audrey Robinson –su novia de colegio– y tuvieron dos hijos Joan y Mark.

Recién graduado, en 1941, consiguió trabajo en la Comisión Federal de Comercio y ahí realizó una sagaz indagación que cambió su vida. Resulta que una empresa vendía papel sanitario marca “Cruz Roja” y le encargaron estudiar si los consumidores podían confundir ese producto con la homónima benemérita organización de socorro.

En su biografía contó que tras muchos días de viajes por todo el país; entrevistar a centenares de clientes y analizar con sesuda intensidad los datos llegó a dos conclusiones: la mayoría de personas sí usan papel higiénico y a nadie le gusta que le pregunten.

Fue así como buscó un empleo más digno de sus estudios y de su genio, recalando en el FBI donde inició actividades el 26 de enero de 1942. Ahí medró entre los laberintos del secretismo hasta convertirse en el tercer hombre de confianza de Hoover, algo así como asistente de Darth Vader.

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Una de sus peleas más celebradas fue contra la mafia de Nevada, Las Vegas y Reno. Un artículo del periódico ABC señaló que su “estilo sucinto cautivó al director del FBI” quien facilitó su ascenso a diferentes puestos, hasta llegar a ser su correveidile en el interior de la organización.

Vanity Fair describió a Felt como un “hombre extrovertido y ambicioso, de origen modesto”; en Todos los hombres del Presidente –de Woodward y Bernstein– lo presentan como alguien “dispuesto a reconocer sus debilidades, consciente de sus errores y malo disimulando sus sentimientos”.

El portazo que le dio Nixon en las narices, cuando nombró a Gray en la jefatura del FBI, le cortó las alas al gavilán y su carrera declinó. En 1980 lo condenaron por autorizar sin permiso nueve allanamientos de morada en los años 70, contra el grupo ultraizquierdsta Weather Underground. Tiempo después el Presidente Ronald Reagan lo indultó.

Durante varias décadas estuvo en las tinieblas del retiro hasta que la pobreza le volvió a desatar la lengua y reveló lo que Woodward y Bernstein prometieron anunciar el día de su muerte: que él, Mark Felt, era Garganta Profunda; el soplón que pasó a The Washington Post todos los documentos incriminatorios contra Richard Nixon y que lo obligaron a renunciar, el 8 de agosto de 1974, como Presidente de los Estados Unidos de América.

El precio el silencio

Los traidores están condenados a vivir en una llanura de hielo. Tras abandonar el FBI Felt pasó sus días en Santa Bárbara, California, con su esposa e hija. Todo lo había perdido, hasta la paz hogareña porque Audrey sufrió severas crisis de ansiedad y para peores Joan se volvió hippie.

Como no hay peor cuña que la el mismo palo; Joan fue madre soltera y vivía en una comuna con su hijo Ludi. Hasta ahí llegaba Mark con traje y corbata para convencerla de que abandonara esa vida, cosa que logró después de varios años de soportar mechudos desnudos, fumando yerba y dilapidando la vida, según sus cánones morales.

El apodo Garganta Profunda, endilgado por los periodistas para proteger a Felt, fue tomado de esa película porno que estuvo en la mira del FBI, más preocupado por encarcelar a Linda Lovelace –la actriz– que por investigar las verdades fuentes de corrupción norteamericana.

Por tres décadas se especuló sobre la identidad del delator. John Dean, el exasesor de la Casa Blanca, mencionó a Henry Kissinger y Pat Buchanan como los soplones; otros apuntaron a siete consejeros políticos y el biógrafo de Woodward, Adrián Havill, llegó a decir que era George Bush padre.

Incluso Robert Smith, experiodista del New York Times , publicó en ese diario que durante un almuerzo Gray mismo le reveló el escándalo que se avecinaba y aunque se lo contó a su editor, Robert Phelps, este desechó la primicia. Tal vez ese sea el caso más grave de estupidez en la historia de ese oficio.

La muerte de Audrey, la senilidad y las necesidades económicas apuraron a Mark, para que en el 2005 abriera de nuevo la boca y admitiera –por $10 mil– en Vanity Fair su identidad, tres años antes de morir el 18 de diciembre.

Felt se desbordó como una cabeza de agua y Woodward contó –más tarde– cómo se aprovechó del viejo amigo; utilizó sus frustraciones para sacarle información clave de Watergate y alimentar sus reportajes diarios.

Parodiando a la Dama de las Camelias, cuando el periodista quería obtener información debía sacar al balcón de su apartamento una maceta con una banderola roja y esperar a que Felt le avisara que sí, mediante un círculo rojo en la página 20 del New York Times .

Joan consideró injusto que su padre, a los 92 años no hubiera recibido ni un centavo de los millonarios ingresos de Woodward, quien ya había firmado con la editorial Simon & Schuster, un jugoso contrato para publicar un libro sobre el tema. Pero la hija hippie se le adelantó al célebre periodista y le tumbó el negocio. Cuando se cumplieron 25 años del caso Watergate Woodward visitó a Felt, para asegurarse que nadie sabía nada y que este no estaba en condiciones de hablar en público.

El libro biográfico de Felt costaba $8 dólares y fue un fracaso de ventas. Tras el anuncio los pocos ejemplares se vendieron en casi $3 mil y se estimó que la familia ganaría $30 millones adicionales por los derechos de autor.

¿Qué llevó a Mark Felt a traicionar a su comandante en jefe? ¿Había alguien más tras su sombra? Aquel agente callado solo necesitó nueve palabras para romper los Siete Sellos del Apocalipsis: “Yo soy el tipo al que llaman Garganta Profunda”.

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