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Página Negra María Callas: La sacerdotisa del bel canto

Actualizado el 05 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Cambió su enrevesado apellido griego por el alado María Callas y se encumbró al cielo de la ópera, para caer con sus alas derretidas por el sol de las adicciones, el amor frustrado y una infancia rota.

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Era una diosa en la vida cotidiana, una dama, un mito, una voz. La suya fue una tempestad, un torbellino, un florilegio de notas dominadas por una voluntad inquebrantable.

La Divina, sin ser bella, poseía una expresión dramática que embrujaba a los espectadores; le bastaba mirarlos, mover las manos, agitar con levedad su chal y conjuraba a Carmen , a Cio Cio San en Madame Butterfly , a Violetta en La Traviata , a Floria en Tosca , Medea o Norma , la sacerdotisa druida del templo de Irminsul. ¡Nunca habrá una Norma igual!, nadie ha interpretado Casta Diva con tanto vigor, dolor y resignación ante el infortunio y la traición.

Ana María Cecilia Sofía Kalogeropoulou, en el escenario María Callas, fue una mujer acomplejada, solitaria e infeliz. Niña prodigio de la ópera, esquilmada por su madre; a los 15 años pesaba 200 libras, era miope y se consideraba fea; amó con pasión a un ser despreciable que la tiró al caño por una manirrota.

Su vida fue un drama, una encrucijada trágica de todas las mujeres bravas de la historia humana; interpretó los personajes más diversos de la ópera clásica y fue una mina inagotable de libros biográficos, discos, videos y un festín diario para la piara periodística.

Escuchar a María Callas es de los pocos placeres que aún le quedan al sibarita, pese a que sus detractores la consideraban limitada vocalmente y la comparaban malignamente con su némesis Renata Tebaldi. Pero no fue ella quien la hundió en el Tártaro de la depresión, sino el despecho de Aristóteles Onassis, su más grande y único amor.

Onassis era chiquitillo, cobrizo, más feo que Picio, pero con una billetera abultada que le abría el corazón de las mujeres más bellas. Tenía el aspecto de un mafioso de los años 20 y lo excitaba hasta el palo de una escoba. Vestía con ropa oscura, anteojos gruesos y opacos, chupaba un puro y tenía un magnetismo mefistofélico sobre las mujeres. Le rompió el corazón a la Callas y hundió su carrera artística.

Se conocieron en 1956 y se juntó un roto con un descosido, sobrevivientes de una infancia difícil y acostumbrados a superar dificultades; los dos hicieron yunta.

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Adonde iban los dos griegos más famosos del mundo, después de Sócrates y Platón, los seguía una nube de paparazzi que nos los dejaban ni ir al baño en paz.

“Ignoraba lo que era el amor hasta que conocí a Onassis” confesó María a una amiga, citada por Cristina Morató en Divas Rebeldes . Según ella, el naviero la amaba como una mujer y no por su voz. Ya se daría cuenta de la clase de bicho malo que era el tal Ari.

Por el naviero María dejó a su marido, Battista Meneghini, que humillado y herido reclamó: “ Yo creé a la Callas. Cuando la conocí era una gorda y mal vestida, una refugiada, una gitana. No tenía ni un céntimo ni la menor posibilidad de hacer carrera”.

Tragedia griega

Cuando María interpretó Medea , en la Scala de Milán –el 11 de diciembre de 1961– el público casi la abuchea. De pronto se detuvo, los miró y con el puño cerrado cantó ¡Cruel!...¡Cruel! –refiriéndose a Jasón, quien la enamoró y la abandonó– “Te lo he dado todo”. La galería estalló en una ovación cerrada.

Años después, en la vida real, probaría el amargo sabor de la traición cuando se enteró –por los periódicos– que Onassis la engañaba con Jackie Kennedy, la viuda alegre. Ambos tenían dos cosas en común: a ella le encantaba el dinero de Aristóteles, y a este las conexiones de la norteamericana.

Tras uno de sus incontables conflictos con Battista, la Callas aceptó la invitación del griego de oro a un crucero por el Mediterráneo, en su yate Christina, en el verano de 1959.

Cada uno se esmeró por deslumbrar al otro. Él con una nave que era lo “último en opulencia”. El yate tenía nueve camarotes de lujo, baño privado, grifería enchapada en oro, antiguedades, cine, bar con sillones forrados con escrotos de ballena, jacuzzi, peluquería, chimenea de lapislázuli, piscina climatizada y un ejército de 42 lacayos. Ella, encargó a su diseñadora Biki –nieta de Puccini– una colección de vestidos; gastó varios millones de liras en bikinis, atuendos de playa y ropa interior. Esas vacaciones fueron una tormenta perfecta.

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Que los dos estuvieran casados era una fruslería, el fuego de sus miradas los devoraba y solo deseaban aparearse como fieras.

María se abrió como un nenúfar al sol y le contó sus penurias al sátiro; este le propuso manejar sus negocios, crearle su propia compañía operística y le ofreció el oro y el moro. Los dos eran supersticiosos, creían en el destino y al final del periplo se convirtieron en amantes; María se contuvo para no tirar por la borda al lastre de Meneghini.

Pero, ante todo, Ari era un hombre de negocios y por nada del mundo quería echarse un pulso con su poderoso y millonario suegro, Stavros Livanos, y evitaba verse en público con la soprano para reconquistar el corazón de Tina, su legítima esposa.

La Callas dejó tirada su carrera y solo vivía para ser “la otra”; eso la alejó de su tiránica madre Evangelia, que le ocasionó una sinusitis crónica y terribles dolores de cabeza.

Aunque a sus 36 años deseaba formar una familia, Aristóteles ya tenía dos hijos, Alexander y Christina. En el libro Fuego Sagrado , del novelista Nicholas Cage, el autor relató que en 1960 María alumbró un niño que solo vivió dos horas, descartando el rumor de que la diva abortó por presiones de su amante.

El paraíso de Onassis se transformó en un purgatorio. Los hijos del magnate la llamaban “la fea”; descuidó su voz, engordó, el exmarido la dejó en “la tuza”; la madre la demandó por dejarla en la indigencia; desarrolló una dependencia enfermiza con Aristóteles.

Ari ya no quería exhibir a su concubina y ella paliaba su amargura con tranquilizantes y vitaminas; peleaban con frecuencia hasta que Onassis la sacó a patadas de su vida para casarse, el 20 de octubre de 1968, con Jackie Kennedy.

Fracasada, sin hogar, sin hijos, sin contratos artísticos y sin amor propio aceptó –otra vez– ser el “plato de segunda mesa” de Aristóteles hasta el día en que este murió, el 15 de marzo de 1975. Cuando se enteró dijo: “De repente, me he quedado viuda”.

Un día volverá

Cuándo cerramos la puerta del cuarto y quedamos solos, sobre la cama, ¿Qué ocurre?, ¿En qué pensamos? ¡Qué noche tan grande!. Así se sentía María, según confesó al periodista John Ardoin.

Nunca quedó bien con nadie, ni cuando nació; porque sus padres Georges y Evangelia esperaban –aquel 2 de diciembre de 1923– que viniera al mundo un hombre para sustituir al hermanito muerto a los tres años.

Al contrario, la enfermera les entregó una niña mofletuda, cegata, morena, de once libras; la madre la rechazó y durante “cuatro días se negó a verla, tampoco quiso darle un nombre”, contó Morató.

Evangelia era una mujer amargada y triste; una aristócrata griega venida a menos que tuvo que emigrar a Nueva York y más tarde regresar, con María y su hija favorita: Jackie. Obsesionada con la ópera y la actuación, sin tener ni pizca de talento, obligó a la futura diva a recibir lecciones de canto en el Conservatorio de Atenas, apuntó Tim Hill en Inolvidables .

A los 15 años María era un ropero de tres puertas; nariz enorme; brazos larguísimos; muslos generosos; pechos desbordantes; cejas selváticas; dientes de sable; pesaba 220 libras; medía 1,67 cm; pero tenía una voz, ¡gigantesca!, ¡sideral!, que encerraba todos los sonidos del universo.

De la mano de Elvira Hidalgo, la famosa soprano española, modeló su voz, adquirió confianza, adelgazó y el patito feo se transformó en un cisne, que debutó con Tosca , en la Ópera de Atenas en 1942. Vinieron los contratos, los hoteles, los viajes, la vida agitada de una estrella en ciernes y el amor.

A los 24 años conoció a Meneghini, a quien confundían con su padre por ser 30 años mayor. Fue su mentor y marido; la pulió como una joya y la llevó al Monte Parnaso, donde refulgió entre las musas.

En una gira por México se encontró con su madre y le reclamó haberle destruido la infancia; juró sobre la Laguna Estigia nunca hablarle y lo cumplió.

Agobiada por el sobrepeso, que le causaba jaquecas, mareos y dolores, decidió imitar a la lánguida Audrey Hepburn y en un año bajó 80 libras.

Entre 1950 y 1956 cobraba $30 mil por actuación; se convirtió en una belleza exótica, cambió de peinados y de vestidos; lucía diamantes y esmeraldas con el aire de una emperatriz.

Tras ese oropel era una mujer tímida, acosada, presa de los somníferos, de los delirios, de las convulsiones y de los complejos.

La muerte de Aristóteles la sepultó; vivió prisionera en su casa de París. Gastaba las horas con su fiel empleada Bruna; jugaba a las cartas con la servidumbre, veía viejas películas de vaqueros; nunca respondía el teléfono y decía: “Cada día de más, gracias a Dios, es un día de menos”.

Así llegó a su fin el 16 de setiembre de 1977. Tal vez murió, como Cio Cio San, cantando esperanzada “Un bello día veremos” –el aria de Madame Butterfly –: “Pequeñita, mi pequeña esposa, perfume de verbena' guárdate tus temores, ¡Yo con segura fe lo espero!”

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