Archivo

Página Negra Margaret Thatcher: El mejor ‘hombre’ de Europa

Actualizado el 19 de mayo de 2013 a las 12:00 am

Controló la política inglesa durante 11 años como Primer Ministro; sobrevivió a todos sus enemigos pero fue derrotada por la demencia senil y la pérdida de la memoria.

Archivo

Página Negra Margaret Thatcher: El mejor ‘hombre’ de Europa

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Como Diógenes, el cínico griego, ella solo sabía mandar. Por eso sus enemigos la tildaron de “bruja” o de “esa maldita mujer”; para sus admiradores, como Ronald Reagan: “era el mejor hombre de Europa”.

Tenía los ojos de Calígula y los labios de Marilyn Monroe; asustaba con el cuero del tigre y los hombres, como ratones, solo atinaban a burlarse de ella. Los guionistas de Spitting Image –el satírico programa de la televisión inglesa– la presentaban orinando de pie en el mingitorio masculino.

Margaret Hilda Roberts, la Thatcher, fue Primer Ministro del Reino Unido durante 11 años; amada y temida –como aconsejaba Maquiavelo– basó su filosofía política en “un día de trabajo honesto por un salario honesto, vivir dentro de tus posibilidades y pagar tus facturas a tiempo”. Así lo recordó Charles Moore, exdirector de The Daily Telegraph y su biógrafo oficial, en Margaret Thatcher: la biografía autorizada .

Las feministas la odiaban porque no les debía nada. “Ya nos habíamos liberado antes de que a ellas se les hubiera ocurrido pensar en nosotras” sentenció. La diputada laborista y exactriz Glenda Jackson consideraba que tenía los atributos de un hombre. Thatcher las flagelaba con esta frase: “En la política, cuando quieras que alguien diga algo, pídeselo a un hombre. Pero si quieres que alguien haga algo, pídeselo a una mujer”. Nadie la quería, ni como hombre ni como mujer.

Desde joven fue una incómoda; tenía el perfil de un ave de rapiña; ojos claros y gélidos; manos largas como cuchillos; una boca vivaz y punzante. Recién graduada como química solicitó empleo en la empresa ICI y en la solicitud de trabajo anotaron: “testaruda, obstinada y peligrosamente terca”.

Mujer de convicciones y no de concesiones, no le importaba lo que sus ministros hablaran, mientras hicieran lo que ella decía. Estos hombres, educados en aristocráticos colegios y en universidades ancestrales, apenas toleraban que una “vieja” los mandara y a sus espaldas decían: “¿Qué hay de verdad en el rumor de que el primer ministro es mujer?”. Las bromas son el refugio de los perdedores.

Los escuchaba con la cabeza de medio lado; los auscultaba con sus ojos azules, después caía sobre ellos como una Erinia; los callaba sin remilgos y les imponía sus criterios.

PUBLICIDAD

En los tres mandatos que presidió, de 1979 a 1990, desplegó un vasto programa que sacó al Reino Unido de un socialismo cavernario que tenía a la nación agarrada de un clavo ardiente; abrió las fronteras al comercio y la inversión; promovió el capitalismo popular; convirtió a los ingleses en propietarios; obligó a las empresas a ser más competitivas ; desmanteló el estado burocrático; arrinconó a los sindicalistas y regresó el orgullo a los ingleses.

Maggie poseía una voz cálida, fuerte; podía dominar un tumulto sin griterío ni estridencias. Le gustaba cantar alrededor del piano en el hotel Ritz, tomar whisky y hasta gastar algunas chanzas.

Solía decir: “Si una mujer como Eva Perón, sin ideales, pudo llegar tan lejos, imaginen lo lejos que puedo llegar yo, con todos los ideales que tengo”.

Margaret creció en el segundo piso de una tienda de comestibles y murió en un hotel de cinco estrellas, el Ritz, a los 87 años el pasado 8 de abril.

Corazón valiente

Evitaba la compañía de las mujeres, porque prefería la de los hombres. Entre ese rebaño hubo dos a los que realmente quiso: Alfred Roberts, su padre, y Denis Thatcher, su marido.

Si bien Margaret siempre fue muy celosa con su vida privada y muy rara vez expresó sus sentimientos en público, el periodista Moore reveló esa faceta humana en su biografía. El la entrevistó, ella le permitió leer su archivo; amigos y familiares se expresaron sin ambages con la condición de que Maggie nunca leería el libro y este se publicaría después de muerta.

El amor no fue una de las prioridades de Maggie; aún así reconoció que “nunca podría haber sido Primer Ministro sin Denis a mi lado”. Estuvo casada con él 52 años; además de marido fue su mentor político y compañero de batallas hasta que la senilidad y las enfermedades acabaron con su lucidez y olvidó quién era.

Denis vivió con Margaret Kempson, de 1942 a 1948 y se divorció cuando regresó de la guerra en Francia e Italia; conoció a la futura líder mundial en una reunión del Partido Conservador en 1949. Era un hombre solvente, sin ningún atractivo físico, reservado pero muy agradable. Se casaron el 13 de diciembre de 1951 en Londres y tuvieron a los gemelos Carol y Mark.

PUBLICIDAD

Además del apellido Thatcher aportó a la relación el dinero suficiente para financiar la carrera política de su mujer. Margaret estudió derecho y aprendió las leyes que regían el mundo de hombres hacia el que se dirigía. Denis puso la plata; ella, el tesón y el carácter.

Algunos le atribuyen al consorte manejar el poder en la sombra, manipular a su esposa y de influir en la caída de al menos tres ministros. El soportaba a los periodistas, nunca les concedió una entrevista y pensaba que “pasar inadvertido y conseguir que nadie escriba una línea de uno es la mejor manera de evitar problemas”.

El brillo de Thatcher eclipsó al marido; fue el cónyuge perfecto como consejero y apoyo principal a las ambiciones de su mujer. “Creo que lo más maravilloso es que Denis me da un sentido de perspectiva. Si estoy molesta o he hecho alguna tontería, hablamos de ello y me hace entrar en razón”, comentó Margaret.

Antes que él hubo otros según la biografía de Moore. Primero un joven cadete, bajito, feo, llamado Tony Bray. Este, pronto se dio cuenta que Maggie era demasiado pieza para él. Le siguió Willie Cullen, con quien tuvo intenciones de casarse pero desechó la idea porque no deseaba ser una ama como sus amigas. Más tarde apareció el doctor Robert Henderson, que le doblaba la edad. El romance con el médico fue intenso y a punto estuvo de casarse, pero apareció Denis y se le adelantó.

En el funeral de su marido, el 3 de julio del 2003, Margaret lo recordó así: “Con él nunca estuve sola. Qué hombre. Qué marido. Qué amigo”.

Murió la bruja

Era la hija de Alfred Roberts, un “pulpero” que oficiaba de pastor metodista y también regidor en el pueblito de Grantham, donde ella pasó su infancia con su hermana Muriel. De su madre Beatrice Ethel guardaba escasos recuerdos.

El padre moldeó la personalidad de la niña y la “educó para creer en todas las cosas en que creo” aseguró Thatcher. Estudiosa, tocaba el piano, jugaba al hockey sobre césped, participaba en recitales poéticos, nadaba y hacía extensas caminatas, describió en un artículo Clare Beckett. Mostró su precoz liderazgo como delegada colegial a los 17 años.

Se matriculó en Oxford debido a que una becaria rechazó el cupo y obtuvo, sin mayores luces, un bachillerato en química. Ahí destacó como presidenta de la Asociación de Conservadores de esa universidad, donde estudió el libro de Friedrich von Hayek, Camino de servidumbre , que consideraba la intervención económica del estado como una forma de autoritarismo.

Apuntaló su carrera política mientras trabajaba en la prosaica tarea de elaborar aditivos alimentarios para helados; por dicha la comprensión y el dinero de Denis la sacaron de esa labor para enrumbarla hacia su verdadera vocación: el poder.

En la década de los 50 perdió varias elecciones pero llamó la atención de la prensa por su juventud y vehemencia electoral. Finalmente, fue electa al Parlamento británico en 1959 y ocupó el cargo de Primer Ministro desde el 4 de mayo de 1979 hasta el 22 de noviembre de 1990. Ese año renunció y manifestó: “Tu casa es el sitio adonde vas cuando no tienes nada mejor que hacer”.

Si como decía Stendhal el valor de una persona se mide por el número de enemigos, Margaret era inapreciable. Solo los que tenía entre sus colegas conservadores le dieron bastante guerra, sobre todo cuando se enfrascó en el conflicto de Las Malvinas –en 1982– y el ultraderechista Enoch Powell le espetó: ¨Vamos a comprobar ahora de verdad de qué metal está hecha”. De titanio, porque ella dirigió personalmente las operaciones militares y presidió el “war room” con sus generales y almirantes.

Así honró el apodo de Dama de Hierro, que según unos le impuso el periódico comunista Estrella Roja , en 1976; otros se lo atribuyen al Daily Mirror que la apodaba “Iron Lady”.

Pragmática y cínica nunca admitía nada a menos que no tuviera más remedio, y aún así, solo dentro de sus propios límites. Despiadada con sus ministros, devolvía sus informes marcados en rojo como si fueran tareas escolares.

Aplastó a los sindicatos mineros; recuperó el brillo a la iniciativa privada; combatió a los comunistas; devolvió la fe a los ingleses y cumplió su deber como una superheroína, que solo la demencia senil y la pérdida de la memoria pudieron oxidar.

  • Comparta este artículo
Archivo

Página Negra Margaret Thatcher: El mejor ‘hombre’ de Europa

Rellene los campos para enviar el contenido por correo electrónico.

Ver comentarios
Regresar a la nota