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Página Negra Audrey Hepburn: La eterna adolescente

Actualizado el 02 de junio de 2013 a las 12:00 am

La legendaria actriz padeció las miserias de la guerra; olvidada por su padre, se sentía fea y flaca, sobrevivió al holocausto nazi pero nunca superó la soledad del abandono.

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Página Negra Audrey Hepburn: La eterna adolescente

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Nació en Bruselas y casi murió cinco días después. Frágil y esbelta como un junco, su imagen estilizada era lo opuesto a las pulposas féminas que poblaban el zoológico cinematográfico de los años 50 y 60.

Los anteojos oscuros y los finos trajes de Givenchy apenas ocultaban las tristezas de una infancia truncada por la pesadilla del nazismo. Uno de sus hermanos pasó en un campo de concentración, otro estuvo desaparecido y vio como fusilaban a su tío y a un primo.

Nació con el rimbombante nombre de Edda Kathleen van Heemstra Hepburn–Rustom, hija de un cazafortunas y una aristócrata holandesa. Sin proponérselo encarnó a la perfección la esencia de la mujer elegante y bella, y reinó –con el aire de un nenúfar– en el barro de Hollywood como Audrey Hepburn.

Llegó al cine por casualidad; nadie la conocía y era una inexperta. Trabajó mucho para enfrentar sus complejos, hasta que liberó una actriz incatalogable, con un rostro angelical, una sonrisa cautivante y una fresca belleza espiritual.

La escritora Colette la vio una tarde en el vestíbulo del Hotel de París, en Mónaco, y de inmediato la escogió para representar a su Gigi, la precoz cortesana finisecular de la novela que escribió en 1944.

Esa obra teatral le abrió las puertas del estrellato, cuando el ojo avezado del director William Wyler la escogió para interpretar a la princesa Anne, junto a Gregory Peck, en Vacaciones en Roma – de 1953– que la llevó a ganar el Óscar como mejor actriz.

A partir de ahí demostró un extraordinario talento en 24 producciones memorables, entre ellas: Sabrina ; Una cara con ángel ; Desayuno con Diamantes ; Mi bella dama ; Guerra y Paz y la película que consideró la mejor de su carrera: Historia de una monja .

Con solo 24 años rompió el molde de las actrices de ese tiempo y creó un personaje natural, una joven cosmopolita, dulce, leve, desenfadada, elegante, con un sentido especial para el buen vestir y el saber estar.

Incapaz de adaptarse a las superficialidades de la farándula dejó el cine para criar a sus dos hijos Sean y Luca; dedicó sus últimos años a recorrer Africa y consolar a los olvidados del mundo. Consumida por el dolor de los niños desnutridos de Somalia, murió de cáncer de colon el 20 de enero de 1993.

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Cuando Audrey –como embajadora de UNICEF– llegó a las “puertas del infierno” africano se dio cuenta que el abandono de su padre, la dureza de una madre calvinista, las privaciones de la guerra, sus cinco abortos y dos divorcios, fueron un lecho de rosas comparado con las desgracias de aquellos niños esqueléticos, muertos en vida, que acudían a ella con una sonrisa en los labios.

Antes de morir se despidió así de su amigo Gregory Peck: “A tu generosidad le debo mi carrera. Por tu amistad, bondad y humor, todo mi amor”. El actor le envió todos los días un ramo de flores rojas y blancas, los colores favoritos de la Dama de las Camelias.

Sola en la oscuridad

Vivió atemorizada por el abandono. La gelidez de su madre, Ella Van Heemstra; el desprecio de su padre, el vago y depresivo Joseph Hepburn Rustom, tiñeron su existencia.

Una grave tos ferina, a los cinco días de nacida el 4 de mayo de 1929 en Bélgica, estuvo a punto de arrancarle de cuajo la vida; la mamá era una fanática calvinista y consideraba que a punta de oraciones y nalgadas se curaría.

La prosapia familiar le venía a Audrey por parte de su abuelo, el barón Aernoud Van Heemstra, un rico aristócrata que llegó a ser gobernador de la Guyana holandesa y “habitué” en los salones reales.

El primer matrimonio de su madre, con el petrolero Hendrik Van Ufford, le heredó dos hermanitos, Ian y Alexander; pero tras cinco años de soledad Ella decidió casarse otra vez con Joseph –su padre– un supuesto banquero que en realidad era un oportunista, un vividor y un pésimo marido.

“Mi madre no era una persona cariñosa. Era muy estricta, muy exigente”, confesó una vez la actriz. El padre nunca paraba en la casa, apenas se ocupaba de la familia y a los cinco años la inscribieron en un internado. Nunca se adaptó a la disciplina escolar, a vivir entre desconocidos y mientras estaba ahí Joseph dejó el hogar y se largó sin decir ni gracias, contó el biógrafo de las estrellas Daniel Spoto.

Esto marcó a la niña. “Cuando me enamoré y casé, siempre viví con el miedo a que me abandonaran. Mi padre me volvió insegura”, recordó Hepburn.

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Deprimida por la soledad, Audrey encontró consuelo en los libros, la música, los paseos campestres y el baile; sus esperanzas de estudiar danza se acabaron en setiembre de 1939 cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. La familia Heemstra huyó a Holanda pero los alemanes la ocuparon en 1940 y comenzaron para Audrey cinco años de penurias, miserias, hambre, miedo y enfermedades .

Fue tal el horror de ver en acción la maquinaria del holocausto judío y aquellos vagones repletos de inocentes, enviados como reses a los campos de exterminio, que rechazó años después el papel de Ana Frank porque deseaba evitar esos recuerdos y regresar al teatro de la guerra.

Pasó días enteros comiendo bulbos de tulipán, acabó anémica, con las piernas inflamadas y pesaba solo 90 libras.

A los 16 años, cuando acabó el conflicto, regresó con su madre a Londres, y Ella hizo todo tipo de trabajos para que Audrey estudiara ballet. Laboró en una floristería, fue cocinera, niñera, vendedora de cosméticos y finalmente portera en un lujoso barrio londinense, señaló Cristina Morató en Divas Rebeldes .

Con tal de arrimar algunos centavos al hogar, Audrey consiguió empleos ocasionales como modelo en anuncios de jabones y champúes.

Las penalidades pulieron su carácter. En Hollywood era un bicho extraño por su dicción particular mezcla de los cinco idiomas que hablaba, por su belleza andrógina y un estilo directo, sencillo, íntimo, sin los aires galácticos de las estrellas fugaces.

Río de luna

Para conseguir trabajo cambió su augusto nombre por el prosaico Audrey Hepburn. Así obtuvo el rol de corista en la comedia musical High Button Shoes y ahí conoció a Cecil Landeu, quien la conectó para otro papel en Sauce Tartare .

Aprendió locución y coreografía; en las fotos promocionales lucía alta, con un rostro de ángel y unos ojos luminosos. Del vodevil pasó al cine con papeles para el olvido. Hizo de cigarrillera en Risas en el Paraíso ; de recepcionista hotelera en One Wild Oat y cinco filmes que sumados no daban más de un minuto en escena.

Su fulgor apenas despuntaba y conoció a James Hanson, su primer amor. Este era una monada de hombre; maneras finas, trato suave y bien colocado, pero la naciente carrera actoral de Audrey dio al traste las promesas de matrimonio.

El éxito de Gigi la llevó a Nueva York; después le cayó del cielo Vacaciones en Roma y las candilejas la deslumbraron. En una fiesta vio a Mel Ferrer y recordó: “Lo conocí, me gustó, lo amé y me casé con él”. Mel era un actor de segunda fila que encontró en Audrey la oportunidad para relanzar su escuálida fama.

Ferrer intentó controlar la vida de Audrey, se creía su manejador, nunca pudo aceptar ser el marido de una luminaria y vivía celoso de todos los hombres que la rodeaban, hasta del modisto Hubert du Givenchy.

Ni el ansiado hijo, Sean, nacido tras dos abortos naturales logró sacar del agujero el matrimonio, que terminó en 1967. Según Sean, sus padres solo se dirigieron la palabras dos veces en 23 años.

Superado el drama, en 1969, volvió al altar con el psiquiatra italiano Andrea Dotti, con quien tuvo a su segundo hijo Luca. Dotti se reveló como un casanova y la engañaba hasta con el plumero.

Audrey se alejó del cine para cuidar a sus hijos y regresó en 1967 con Robin y Marian por la que cobró un millón de dólares.

El matrimonio naufragó. Sean dijo de su padrastro: “Era un mal tipo. No sabía ser fiel. No era una buena elección como marido para quien buscaba estabilidad”.

Frustrada por esos dos fracasos, en 1980 conoció al actor holandés Robert Wolders. La relación se mantuvo en el plano de la amistad, aunque vivían juntos. “Fue un enamoramiento tan solo amistoso, una comprensión sincera” donde Audrey encontró el afecto y la seguridad que buscó tanto.

Los últimos años de vida los pasó como embajadora de UNICEF; peregrinó como un ángel custodio por las zonas más lúgubres del planeta, llevando consuelo y ayuda a los niños hambrientos de Etiopía, Sudán, Bangladesh, Vietnam, Somalia, Yugoslavia y Centroamérica.

Sean, en su biografía , relató como él le dijo a su madre que padecía un cáncer incurable extendido por todo el estómago. “¡Que desilusión!” atinó a decir la actriz.

El cielo, según ella, era estar con su compañero Robert, sus dos hijos, sus cuatro perros y una buena película.

Como en la letra de Moon River , la canción que hizo popular en Desayuno con Diamantes , al final de la curva la esperaba su fiel amigo, el río y la luna.

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