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Página negra Montgomery Clift: El más hermoso perdedor

Actualizado el 07 de agosto de 2011 a las 12:00 am

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Página negra Montgomery Clift: El más hermoso perdedor

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Frágil y bello como una porcelana. Era un alma en pena. Protagonizó el más largo suicidio de Hollywood. Un accidente vial lo dejó con la nariz rota, los pómulos partidos, la mandíbula colgando, los dientes entre la garganta y una fractura de hombro y cráneo. Tardó un año en recuperarse y perdió su belleza en una orgía de alcohol, dolor y decepción que lo mandó de aquí a la eternidad.

Montgomery Clift fue un aristócrata del cine; por su porte, estilo y elegancia solo tenía un gemelo: Marlon Brando. Eran Cástor y Pólux, los dióscuros de la pantalla; uno mortal, el otro un dios. En Hombres rebeldes, Graham McCann propone a los dos, y a James Dean, como prototipos de la masculinidad americana.

Con Dean mantuvo una relación muy especial y fue su protector. Cuando le contaron que había muerto “vomitó literalmente y cayó en la depresión, se emborrachó y nunca más fue el mismo” según un artículo publicado en la Revista Leyendas del Cine.

La corta vida de Monty estuvo tejida con hilos de oro y humo. Nació en Omaha, en 1920, pasó una niñez acomodada, viajó mucho por Europa, recibió una educación esmerada y mostró pronto una sensibilidad particular, capaz de ser cínico, ambicioso, arrogante y egoísta con pasmosa versatilidad. Así lo retrata Robert Laguardia en Monty, una biografía que incluye entrevistas con familiares, amigos y colegas del actor.

Desde los 13 años actuó en Broadway y a los 28 saltó al cine en Río Rojo –1948–, un épico western donde encarnó a Matthew Garth, hijo adoptivo de Tom Dumson –interpretado por John Wayne–. Ambos llevarán 10 mil reses desde Texas hasta Misouri, entre polvo, aventuras, indios salvajes y cambiantes relaciones humanas. Wayne y Clift se despreciaron mutuamente a causa del ultraconservadurismo del primero y la homosexualidad del segundo.

La carrera de Clift apenas alcanzó 17 filmes y obtuvo cuatro nominaciones al Óscar. Era un intelectual que vivía intensamente cada personaje.

Con el filme La búsqueda creó al tipo de hombre que toda mujer desearía cuidar: sensible, emocional y ensimismado. Estableció un nuevo parámetro romántico tras sus escenas amorosas con Elizabeth Taylor en Un lugar en el sol. Pero serán De aquí a la eternidad y El baile de los malditos las películas que lo inmortalizarían.

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Llevó una doble vida. Michelangelo Capua, uno de sus biógrafos, afirma que ocultó sus desviaciones y pasó por un calvario de amores, aventuras, drogas, alcohol, tratamientos para desintoxicarse, consultas siquiátricas y la destrucción progresiva de su cuerpo.

“Dormía con hombres y mujeres en la búsqueda de sus propias preferencias y eso le causaba grandes conflictos. Su hermana lo consideraba bisexual y embarazó a dos jóvenes que fueron obligadas a abortar” asegura Capua.

La extraña vida de su madre Ethel Fogg selló su niñez. Ella se enteró, a los 18 años que había sido adoptada y sus verdaderos padres eran Woodbury Blair y María Anderson, dos apellidos vinculados con los más conspicuos políticos y militares norteamericanos.

Ethel siempre luchó porque sus hijos fueran reconocidos y disfrutaran del abolengo de sus abuelos; por eso los educó con esmero, estilo y clase. La obsesión maternal por controlar la vida de Monty generó muchos de los problemas mentales que aquejaron al actor en su madurez.

Además de ella, María Rostova –su manager por muchos años– y Libby Holman, ejercieron una notable influencia en las decisiones personales de Clift.

Ángel perdido

Atormentado e introvertido. Su mirada perdida, su aspecto vulnerable y sensible castigaron a sus fanáticas y señalaron la senda a James Dean y Paul Newman, dos actores que imitaron ese nuevo tipo de hombre, en las antípodas del macho americano. Apenas se estrenó Los ángeles perdidos, 1948, la Revista Life lo nombró “el soltero más codiciado de Estados Unidos.”

Eran los años de la post-guerra. Estados Unidos recuperó su prosperidad y emergió una cultura de adolescentes y adultos jóvenes que encontraron en la televisión un medio para divertirse. “Con su apariencia juvenil Montgomery Clift calzó a la perfección en ese nuevo mercado” apunta Mary Kakfatovic en Montgomery Clift: una bio-bibliografía.

La Taylor quiso casarse con él, pero se dio cuenta que a este le gustaban los hombres y mantuvieron una “amistad amorosa” sin escarceos carnales. Esos apetitos, en un Hollywood machista, llevaron al actor a castigarse para superarlos, según Patricia Bosworth.

Con la diva actuó en De repente, el último verano y el director Joseph Mankiewicz dijo que “Clift era un inseguro patológico. Tomaba pastillas continuamente y decía que eran para el dolor. Su cuerpo era una masa de tics y espasmos. Llegaba siempre tarde'y, naturalmente, consiguió sacarme de quicio un par de veces.”

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Bromas del diablo. Filmó Rebeldes, en 1961, con otras dos leyendas del cine: Clark Gable y Marilyn Monroe. Fue la primera, y tal vez, la única ocasión en que los astros se alinearon en Hollywood. Hoy son muertos inolvidables porque ninguno llegó a viejo.

Apenas acabado el rodaje Gable tuvo un infarto y murió diez días después. Nunca superó la muerte de su primera esposa, Carole Lombard, y buscó en el whisky la compañía que nunca encontró.

La Monroe tenía 35 años y debía acudir varios días a la semana a consulta con el psiquiatra, porque vivía dando tumbos emocionales. Falleció en 1962 por una sobredosis de barbitúricos.

Y en ¿Vencedores o vencidos? mostró su lenta debacle física y moral. En esa película solo actuaba cerca de siete minutos y debía decir unas cuantas líneas, pero era incapaz de recordarlas. Interpretó a un débil mental víctima de un proceso de esterilización nazi que debía declarar en Nuremberg. Los expertos aseguran que esos minutos valieron por toda su carrera.

En uno de sus postreros filmes, Pasiones Secretas, interpretó a Sigmund Freud y reveló sus frustraciones y el piélago de su sombrío inconsciente. Dicen que solía cargar una carterita negra con unas 200 pastillas diferentes para saldar sus penas y dolencias.

Debido a sus constantes ausencias los Estudios Universal lo demandaron, y aunque el caso llegó a los tribunales la cinta fue un éxito de taquilla y esto acabó con el pleito.

El inadaptado

Clift usó a rajatabla el método actoral desarrollado por Constantin Stanislavski y rebuscó en sus experiencias personales para reflejar las entrañas de sus personajes: seres desarraigados y –como él– torturados por sus propios miedos.

Monty tenía unos ojos inacabables. Su mirada estaba a mitad de camino entre la locura y la razón; sus ojos se abrían a la realidad, solo para comprobar que esta era un sueño.

La pesadilla de su existencia cobró vida la noche del 12 de mayo de 1956 después de una fiesta en casa de Taylor. Clift estaba en el cenit de su carrera, vivía en Nueva York porque detestaba el star system y su vacuidad.

Rechazaba los guiones por su neurosis perfeccionista, pero se había embarcado en el rodaje de El Arbol de la vida, una mala secuela de Lo que el viento se llevó.

Su amiga Liz insistió para que fuera a su casa y conociera a un sacerdote, quien estaba impresionado por su actuación en Yo confieso. De mala gana aceptó y manejó hasta la mansión las colinas de Coldwater Cayon. Recién había despedido a su chofer y era un mal conductor.

La velada fue aburrida. El matrimonio de Taylor y Michael Wilding hacía aguas; Rock Hudson andaba con su secretaria Phyllis Gate, solo para ocultar su homosexualidad.

Un invitado, Kevin McCarthy, recordó a Clift “sin afeitar, desaliñado, anteojos de pasta dura negra, taciturno, deprimido y sentado en el suelo.”

A la medianoche regresó y en una de las curvas del camino derrapó y chocó contra un poste; su cuerpo quedó aprisionado entre el metal y el rostro hecho una masa sanguinolenta. Solo el valor de Taylor, que acudió como un rayo, lo salvó de morir ahogado en su propia sangre, apuntó Rafael Dalmau, autor de Los pecados capitales del cine.

Meses de duras curaciones le dejaron medio rostro paralizado y jamás recuperó la lozanía de la juventud. Sufría dolores intensos y se inyectaba codeína para aliviarlos. Aunado a lo anterior tenía la presión del rodaje, sus quejas por el guion, el acoso de la prensa y sus demonios internos.

El licor, las drogas, la depresión minaron su cuerpo que apenas pesaba 50 kilos. John Huston escribió sobre esos días: “cuando lo volví a ver se había desmejorado a un grado alarmante; olvidaba las líneas, jamás memorizaba y luego hablaba incoherencias; teníamos que escribir los diálogos donde él pudiera leerlos, en las etiquetas de las botellas, en los marcos de las puertas, en los objetos diseminados por el set.”

Vivió diez años más. Lentamente su figura se fue desdibujando y tuvo cuerda para ocho películas, la última El desertor, en 1966.

Pasó sus últimos días con Lorenzo James, su amante-secretario-confidente, quien lo halló muerto –desnudo y con anteojos– boca arriba sobre la cama. Era el 23 de julio de 1966. Tenía 45 años. Los hados quisieron volver a reunirlo con su gemelo de oro, Marlon Brando, ya que este lo sustituyó en Reflejos en un ojo dorado.

En la quieta penumbra del cine quedará brillando la belleza sensual y vulnerable de Montgomery Clift, pero más aún sus ojos, ¡aquellos ojos! que eran como dos pozos de agua, en la profundidad de una caverna.

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