Página negra Farrah Fawcett: Ángel vestido de rojo

Sin retoques de silicona, ni ser una extraordinaria actriz, impuso un nuevo estilo en las series de televisión de los años 70, interrumpido por sus desórdenes sentimentales, sinsabores familiares y una cruel enfermedad que la tumbó.

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¡Todas querían lucir como ella! Así', arrebatadora, con aquella cabellera dorada que le caía en cascada, la sonrisa deslumbrante y el cuerpo esculpido en aquel traje de baño rojo que fue el fetiche húmedo de millones de adolescentes, beatos fervorosos del primer símbolo sexual pop.

Como todo en la vida, lo que menos se planea es lo que mejor sale. Una mañana de 1976, el fotógrafo Bruce McBroom lidiaba con una atolondrada treintañera, más preocupada por llegar al entrenamiento de tenis que por unas ocasionales imágenes publicitarias.

La modelo se maquilló a la carrera y pidió a Bruce que le exprimiera un limón en el cabello para que le brillara. Mientras ella se aplicaba un poco de hielo en los pezones para resaltarlos, McBroom corrió y sacó del carro un viejo sarape mexicano. Un par de clics, y los duendes hicieron el resto.

El cartel llegó a manos de Aaron Spelling, el más grande fabricante de caramelos mentales del siglo XX, quien buscaba una rubia para su nueva serie televisiva: Los Angeles de Charlie .

Ese póster, y el papel de Jill Munroe, convirtieron a Farrah Leni Fawcett –¡en un solo año!– en la nueva diosa catódica que arrodilló ante su imagen a millones de telespectadores en todo el planeta, enamorados de sus insípidas aventuras detectivescas en compañía de otras dos mosqueteras: Kelly Garret –interpretada por Jaclyn Smith– y Sabrina Duncan –Kate Jackson–, adláteres del invisible jefe Charlie Townsend.

Los Ángeles de Charlie fue producida por ABC entre 1976 y 1981. Fue un fenómeno catalogado por los críticos como “T & A TV”, una abreviatura inglesa para “televisión de tetas y culos”.

“Cuando éramos número tres pensé que era por nuestras actuaciones. Cuando llegamos al número uno decidí que era porque no llevábamos sostén”, reconoció Fawcett ante la revista TVGuide .

La chica no vino al mundo en una caja de cereales, sino en Corpus Christie, Texas, el 2 de febrero de 1947. Sus católicos padres Pauline Alice, ama de casa, y James William Fawcett, ejecutivo en una petrolera, fomentaron las cualidades mímicas y atléticas de la niña.

Como suele ocurrir en la mitología de Hollywood, la joven creció entre anuncios de pastas dentales y champús merced a sus infartantes curvas, dientes perfectos y desbordante cabellera.

Aunque el cine le fue esquivo al principio, hizo algunos breves papeles en películas reconocidas: Myra Breckinridge (1970) y Fuga en el siglo 23 (1976), en el papel de Holly 13. Igual le ocurrió en la televisión, con modestas apariciones en Mi bella genio y Tres son multitud , en 1969; así como cuatro episodios en El hombre nuclear , protagonizado por su marido Lee Majors.

Así estuvo varios años hasta que “la pegó con tubo” en su rol angelical. La serie y el cartel ocasionaron una reacción en cadena que alteró el pulso de los espectadores.

Fueron impresos 12 millones de afiches a un precio de 10 dólares; los originales se venden hoy en 200. La serie se proyectó en 100 países y todas las mujeres –de todas las edades– querían lucir el “Farrah hair”. Muchas madres bautizaron a sus hijas como la actriz y ella, como no podía ser de otra manera, se forró en billetes y llegó a cobrar la alucinante cifra de 10 mil dólares por capítulo.

La nueva diva posó tres veces para Playboy : en diciembre de 1978 y de 1995, y en julio de 1997, cuando tenía 50 años pero lucía un cuerpo esplendoroso bañado en oro. La edición del 95 fue la más vendida de la década, con cuatro millones de ejemplares. A pocos meses de su muerte, Playboy incluyó un especial de seis páginas, en noviembre del 2009, con las mejores fotos de la estrella.

Un guiño, una oración

A las nueve de la mañana del jueves 25 de junio del 2009, Farrah sucumbió a un devastador cáncer anal, que se extendió al colón y al hígado. “Sé que todos tenemos que morir algún día, pero no quiero morir de esta enfermedad. Quiero vivir. Por eso le pido a Dios, porque el final está en sus manos: es tiempo de un milagro.” rogó en el video autobiográfico Farrah’s Story .

A su lado estaba su confidente Alana Stewart y quien fuera su pareja sentimental durante 17 años, Ryan O’Neal, el venido a menos símbolo sexual de los años 70 por su papel de Oliver en Love Story , considerada la cinta más romántica del siglo. El actor había padecido leucemia y planeaba casarse con Farrah una vez que ella se recuperase lo suficiente para asentir con la cabeza para dar el “sí”, confesó O’Neal a la periodista Bárbara Walters.

La relación entre ellos fue intermitente a partir de 1982. Vivieron juntos unos años, se distanciaron y volvieron a reunirse. Tuvieron un hijo, Redmond, que al momento de morir la madre estaba preso por posesión de drogas y por evadir su libertad condicional.

Ryan ha tenido una vida sentimental tormentosa, agravada por la mala relación que ha mantenido con sus cuatro hijos, especialmente con Griffin y Tatum O’Neill.

Griffin comentó a In Touch Weekly que Alana Stewart y su padre eran amantes, y que intensificaron su amorío en los meses previos a la muerte de Farrah. Reveló además que ambos fueron sorprendidos “tête-à-tête” por su abuelo en una cama cercana a la habitación donde agonizaba la actriz.

En el mismo sepelio de la Fawcett, el contrito Ryan intentó “ligar” con su propia hija Tatum cuando la confundió con una “sueca”, según él mismo reveló a Vanity Fair . Ambos tenían años sin verse. Ella lo trató de “mujeriego vividor”, y él, de “puta”.

Farrah enfrentó con entereza la enfermedad y reveló a Los Angeles Times : “Yo estaba aterrada de llegar a la quimioterapia. La radiación no es placentera. Se convierte en tu vida”. Con inaudito valor aceptó desprenderse del signo que la identificó: su dorada melena.

Pasado imperfecto

Ser como Farrah Fawcett se volvió una obligación. Hasta las morenas querían ser rubias, y estas, que el pelo les brillara como a la diva. Cuando estuvo en la cresta de la ola, ella dio un golpe de timón y quiso ser una actriz de verdad con papeles desgarradores e intensos.

Tiró por la borda el papel de Jill y probó suerte en 1977 con A lguien mató a su marido , pero el crítico el crítico de la Revista Time aseguró: “No es una actriz. Se metía en problemas serios cada vez que abría su boca para hablar”.

Hizo otro intento con Cannonball , en 1981, pero fue con Acorralada , de 1986, en la que demostró que podía protagonizar un drama, el de una mujer que, aunque escapó de una violación, no es protegida por el sistema judicial y policíaco. The Wilmington Star se refirió así sobre ella: “Farrah está electrizante, dispuesta a despeinarse, sucia, violenta, humana y profana”.

Esa y otras películas le valieron seis nominaciones al Globo de Oro y tres al Emmy. Por ejemplo interpretó a una esposa agredida en La cama ardiente , también fue actriz invitada en la serie The Guardian .

Tal vez su rol más memorable fue el documental producido por NBC sobre su enfermedad. Ella usó una cámara de video para aficionados y relató las visitas médicas en Alemania y Estados Unidos, el trato con los amigos y sus días finales. Según Farrah “el cáncer es una enfermedad misteriosa, testaruda y que no tiene reglas”.

Tras su muerte, la editorial Random House compró a O’Neal los derechos para publicar las memorias de Fawcett, inspirada en los diarios del actor, las cartas cruzadas entre ambos, e incluso las facturas de las compras de Farrah.

Alana Stewart escribió Mi viaje con Farrah: una historia de vida, amor y amistad , relato en primera persona sobre los últimos años de la estrella. Las ganancias serán destinadas a una organización fundada por Fawcett para apoyar las investigaciones sobre el cáncer.

La misma actriz escribió una carta de despedida que fue leída en el funeral. Dirigió palabras muy tiernas al amor de su vida, a su hijo: “El mayor regalo de mi vida ha sido ser tu madre”. También se refirió a su padre, James: “Me diste la vida y fuiste el mejor padre del mundo.”

Le oficiaron misa en la Catedral de Los Ángeles. El féretro, cubierto de flores amarillas y anaranjadas, fue escoltado por diez oficiales de tránsito. Fue sepultada en la más estricta intimidad y la prensa apenas se enteró, cegada por la cobertura mediática de una nefasta coincidencia: murió el mismo día que Michael Jackson.

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