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Página negra Andy Warhol: El genio de las latas

Actualizado el 30 de septiembre de 2012 a las 12:00 am

Fue el motor del arte pop y elevó a la categoría de arte la vida cotidiana; pintor, dibujante, artista gráfico, fotógrafo, cineasta y empresario, sobrevivió a un atentado y se convirtió en un fetiche de sí mismo.

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                A sus 20 años,  Warhol consiguió su primer empleo  como decorador de vitrinas.
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A sus 20 años, Warhol consiguió su primer empleo como decorador de vitrinas.

Hierofante de lo mundano. Avatar de lo superfluo, atisbó un rebaño sin pastor y lo condujo por el valle de lo intrascendente, a la tierra prometida del consumismo.

Aunque profetizó que todo el mundo tendría 15 minutos de fama, la suya ya dura 25 años y cada día agrega una página más a las mil historias del hombre que terminó convirtiéndose en una copia de sí mismo: Andy Warhol.

Algunos expertos debaten si el artista más relevante del siglo XX fue Pablo Picasso o Warhol; lo cierto es que este fue una especie de renacentista que merodeó por muchos territorios –unos más artísticos que otros–: cine, música, fotografía, video, publicidad, libros o revistas.

Como un sacerdote pagano conjuró objetos, hechos y personas de la sociedad industrial, los sacó del olvido y de la miseria cotidiana para “revelar su inesperada belleza”, parafraseando a Umberto Eco en Historia de la belleza.

En los años 60 del siglo XX descubrió que “vivimos revolcaos'en el mismo lodo todos manoseados'” y que gracias al consumismo “da lo mismo un burro que un gran profesor”, según el tango Cambalache.

“Estados Unidos ha iniciado una tradición en la que los consumidores más ricos compran esencialmente las mismas cosas que los más pobres” apuntó en su libro La filosofía de Andy Warhol. Todos son iguales porque todos pueden comprar el mismo “chunche”.

Warhol construyó su propio Olimpo estético con las divinidades del use y bote producidos por los medios de comunicación; sus temas pictóricos incluyeron al ratón Mickey, Marilyn Monroe, el líder comunista Mao Zedong, billetes de un dólar y hasta las célebres latas de Coca-Cola y sopas Campbell’s.

En vida supo convertir el arte en dinero y el dinero en arte; tras su muerte el 22 de febrero de 1987, su legado cada vez genera más plata. En el 2010 la revista The Economist aseguró que las obras del artista pop produjeron $232 millones, eso sin contar la venta de copias falsas.

Tras la aparente banalidad de sus creaciones Warhol fue un visionario que intuyó los “reality shows” y el poder de la prensa como espectáculo, en un mundo ficticio donde lo válido sería ver y ser visto, en un coctel de aristócratas, celebridades hollywoodenses, adictos, trasnochados y toda la fauna urbana.

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Vale decir que Andy no inventó el arte pop, pero sí le dio el empuje necesario para sacarlo del costurero en que lo tenían metido sus fundadores. Fue el primero en captar la fama como el símbolo cultural de su época y comprendió cómo esta destruye al individuo y lo desaparece en la multiplicidad. Así lo expresa el Díptico de Marilyn, de 1962, el retrato serializado de la malograda actriz, que al principio es toda luz y belleza, hasta que se va desdibujando en tonos grises irreconocibles.

Antes de ser pintor Warhol trabajó como publicista y aprendió los mecanismos de promoción para producir su propio estrellato; unió obra y vida en un engranaje perfecto para afirmar: “Yo soy mi mejor obra de arte”.

Máquina y estrella

Andy llevó la niñez de un proscrito y tal vez por eso desarrolló una obsesión por la fama, el estrellato y la imagen pública, patente en el retrato Double Elvis, que este año la casa Sotheby’s vendió en $37 millones. Esa suma es una broma en comparación con los $71.7 millones pagados en el 2007 por Green car crash, Green burning car , de 1963.

Tras evadir el servicio militar en la vieja Checoslovaquia, el padre del artista, Adrei Warhola, emigró a Estados Unidos en 1912 y consiguió trabajo en una mina de carbón en Pittsburg. Cuando se estabilizó mandó por su mujer, Julia, y los dos hijos mayores.

En 1928 nació Andy y padeció las miserias de La Gran Depresión norteamericana, agravada en la adolescencia cuando le diagnosticaron el “baile de san Vito” o mejor dicho “corea de Sydenham”, una enfermedad del sistema nervioso central que le producía movimientos involuntarios en piernas y brazos, así como desórdenes en el color de la piel.

Debió abandonar el colegio ante las bromas pesadas de sus compañeros; tuvo que recibir incontables tratamientos médicos y su madre lo sobreprotegió, al punto que se convirtió en un hipocondríaco y adquirió una fobia particular hacia los médicos y los hospitales.

Para apagar el aburrimiento leía historietas de superhéroes y revistas faranduleras; escuchaba los programas radiofónicos de chismes y coleccionaba y dibujaba las fotos de las estrellas cinematográficas.

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Apenas salió de la convalecencia ingresó al Instituto de Tecnología Carnegie donde perfeccionó su habilidad para el dibujo; a los 20 años consiguió su primer empleo como decorador de vitrinas en los almacenes Joseph Hornee. De ahí pasó como diseñador publicitario en las revistas Harper’s Bazaar, New Yorker, Glamour y redondeaba los ingresos con trabajos adicionales como dibujante de zapatos en las tiendas Tiffany y Bergdor & Goodman.

Estando en esos menesteres le llegó la iluminación –como al Budha– y comprendió que las latas de Coca-Cola o las de sopas Campbell’s, la silla eléctrica; los billetes; las cajas de detergente Brillo; los rostros de las estrellas y toda la vorágine cotidiana regurgitada por el cine, la televisión y los medios impresos tenía que ingresar al parnaso de las artes.

En una entrevista, publicada por el periódico El Mundo , confesó que durante 20 años consumió sopa y que nunca la compañía Campbell’s le regaló una lata.

Con el apoyo paterno viajó por Europa y a finales de 1956 presentó Locas Zapatillas Doradas , su primera exposición como artista independiente que lo convirtió en la brújula de la modernidad y reunió a su alrededor una tribu de seguidores y aves de paso que buscaban sus “15 minutos de fama”.

Por esos años le quitó la “a” final al apellido, porque así sonaba más gringo y declaró en Andy Warhol, Entrevistas . “Preferiría seguir siendo un misterio. Nunca me ha gustado hablar de mi pasado. Además, cada vez que me preguntan me invento una historia distinta”, reveló en los Diarios, de su amiga Pat Hackett.

La fábrica

Andy se dio cuenta de que él mismo era un ícono mediático y en 1963 fundó The factory , una especie de taller experimental que reunió a una pléyade de personajes, procedentes de todas las latitudes artísticas y humanas.

En la calle 47 Este, de Nueva York, convivían gais, lesbianas, travestis, heterosexuales, judíos, católicos, ateos, bohemios, adictos, desadaptados, niñas ricas y feministas, como Valerie Solanas, la misma que el 3 de junio de 1968 le descerrajó seis tiros al artista, enojada porque este perdió el guion de su película Mételo por el culo.

Desde los 15 años Valerie vagó como pordiosera por las calles de Manhattan; el padre la había violado y halló refugio en The factory, pero descargó su furia contra Warhol porque “tenía demasiado control sobre mi vida” dijo al juez que la condenó a tres años de prisión. Andy sobrevivió tras cinco horas en el quirófano y más tarde hizo un cartel con las cicatrices de los plomazos.

Warhol perdió el impulso y el grupo se disolvió; algunos asiduos siguieron el camino trágico como Edie Sedgwick, hija de un millonario californiano que vivía en un apartamento de 14 habitaciones en Park Avenue, donde la encontraron fría y atiborrada de barbitúricos.

El balance final del experimento contempló la fundación del grupo Velvet Underground , centenares de proyectos en pintura, serigrafía, fotografía y más de 500 películas y docudramas.

Con el paso de los años Warhol se tornó una rareza; acumuló cientos de objetos triviales en sus “cápsulas del tiempo”, decenas de cajas de cartón que llenaba con facturas, cartas, mensajes telefónicos, botellas de Shalimar –su perfume favorito–, retratos fotográficos, ejemplares de su revista Interview, ropa y enseres de su madre.

El dinero no le quitaba el sueño; tampoco tenía vicios; apenas se conoce algo de su vida sexual. Era un creyente del rito bizantino de la Iglesia Católica y asistía a misa casi a diario.

A pesar de su desconfianza con los médicos el 20 de febrero de 1987 le sacaron la vesícula y dos días después murió, a causa de una afección cardíaca.

El genio de lo trivial, árbitro de lo mundano y el maestro de la frivolidad fue sepultado a su estilo: traje negro de cachemira, una corbata estampada, una peluca plateada y anteojos contra el sol. En sus manos colocaron un breviario, una rosa roja, un ejemplar de Interview y una botellita de perfume.

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